ArchipiΓ©lago
Durante aΓ±os fui un archipiΓ©lago errante, una isla obstinada rodeada por ocΓ©anos de gente y, aun asΓ, voluntariamente incomunicada. Mi mundo cabΓa dentro de un puΓ±ado de nombres y de rostros conocidos: compaΓ±eros universitarios y algunas almas que el azar, ese viejo titiritero caprichoso, habΓa dejado caer en mi camino. Mi universo era una habitaciΓ³n con ventanas abiertas pero cortinas eternamente cerradas; una jaula construida sin barrotes visibles, donde el carcelero y el prisionero compartΓan el mismo rostro.
HabΓa convertido la costumbre en refugio y el refugio en fortaleza. Mientras el tiempo golpeaba mi puerta con nudillos invisibles, yo fingΓa sordera. Afuera existΓan continentes enteros de historias, galaxias humanas desconocidas y constelaciones de posibles encuentros, pero mi miedo era un jardinero silencioso que cultivaba muros donde otros sembraban caminos. Me neguΓ© durante aΓ±os a atravesar puertas nuevas; las veΓa como bocas inmensas capaces de devorarme o espejos donde mis inseguridades podrΓan multiplicarse hasta el infinito.
Pero la vida βesa artesana impredecible que desmonta nuestras certezas con manos delicadas y terremotos simultΓ‘neosβ decidiΓ³ mover las piezas del tablero. Y cuando el alma comienza a agrietarse, uno comprende que a veces sanar exige incendiar los mapas antiguos. Necesitaba abandonar la tibieza de mi pequeΓ±a Γ³rbita y lanzarme, como un cometa desorientado, hacia cielos desconocidos.
Entonces apareciΓ³ una posibilidad: personas nuevas unidas por un mismo lenguaje, un mismo refugio, un mismo pequeΓ±o universo llamado hobby. Y recuerdo el miedo; cΓ³mo olvidarlo si caminaba a mi lado como una sombra con voz propia. Me susurraba al oΓdo profecΓas oscuras: no encajarΓ‘s, serΓ‘s un extranjero entre ellos, serΓ‘s una nota desafinada en una melodΓa ajena. Mi mente se transformΓ³ en un teatro donde los pensamientos mΓ‘s crueles ensayaban tragedias que jamΓ‘s habΓan ocurrido.
Pero hay momentos en que uno comprende que para reparar las ruinas interiores debe firmar una tregua con el vΓ©rtigo. EntendΓ que si querΓa sanar debΓa ofrecerme, casi como sacrificio ritual, al juicio de los demΓ‘s. DebΓa caminar hacia el miedo y atravesarlo, aunque mis piernas fueran ramas temblando bajo una tormenta.
Y me aventurΓ©.
Y entonces ocurriΓ³ algo que aΓΊn hoy me parece una pequeΓ±a conspiraciΓ³n del universo. El desastre que imaginΓ© nunca llegΓ³. Ninguno de aquellos monstruos que mi mente habΓa alimentado apareciΓ³ al otro lado de la puerta. Al contrario: desde el primer dΓa sentΓ algo parecido a regresar a casa sin haber estado antes allΓ. Como si una parte extraviada de mΓ hubiese reconocido un territorio antiguo. Como si mi nombre hubiera estado esperando ser pronunciado por esa tribu desde mucho antes de conocerla.
La incomodidad se evaporΓ³ como niebla rendida ante el amanecer. La ansiedad guardΓ³ silencio. El miedo, por primera vez en mucho tiempo, se quedΓ³ sin palabras.
Hoy puedo decir que estas personas son nuevas amistades; pero llamarlas asΓ parece insuficiente. Porque hay encuentros que no llegan a nuestra vida: irrumpen. Y algunos seres humanos no aparecen para ocupar un espacio, sino para abrir ventanas donde antes solo existΓan paredes.
Y entre ellos he descubierto un regalo inesperado: la posibilidad de apagar el ruido del mundo, silenciar el estruendo de la mente y dejar de interpretar personajes. Porque entre esas risas, conversaciones y momentos compartidos, ocurre algo extraordinariamente simple y extraordinariamente raro:
puedo, por fin, ser ΓΊnicamente Mauricio.



















