Pez
Llegué a Arequipa antes de que amaneciera, cuando la ciudad todavía respiraba en silencio. Alex se iba a casar y quería despedirse de la soltería. Nunca me gustaron esas despedidas. No eran como en las películas. Con nosotros todo era distinto: licor, riesgo, campo abierto, fuego. Una forma torpe pero honesta de recordarnos que aún éramos hombres en movimiento.
No nos veríamos hasta la noche del jueves, así que el día era mío.
Le escribí a Duana, un recuerdo húmedo y breve de otro tiempo. Aceptó verme, pero el encuentro se disolvió antes de existir. Como muchas cosas.
Caminé por el centro sin prisa, dejándome llevar por calles que ya conocía. Terminé en un bar frente a la Plaza de Armas, con una cerveza en la mano y el mundo desfilando frente a mis ojos. Vi una pelea: un venezolano golpeando a un muchacho, la policía llevándoselo. Todo pasó rápido, como si la ciudad no quisiera detenerse por nadie.
Después hablé con una pareja italiana que regresaba del Cañón del Colca. Sus palabras tenían ese tono ligero de quienes aún están descubriendo el mundo. Yo ya no.
La noche llegó sin anunciarse. Me senté en otro bar y pedí un ceviche sin preguntar demasiado. No sabía qué pescado era, pero tenía ese sabor limpio y preciso del mar, como si alguien hubiera logrado capturar un instante y servirlo en un plato.
Fue entonces cuando la vi.
Tenía problemas para ordenar. Dudaba, preguntaba, se perdía entre palabras. Me acerqué a ayudarla. Era más joven, mucho más joven. Aun así, algo en su manera de habitar el momento me retuvo.
Me hizo preguntas. Su acento era extranjero, firme, curioso. Terminé sentado frente a ella. Le dije que estaba de paso, que venía por la despedida de un amigo. Sonrió.
Eva.
Comía un sudado de trucha frente a mí, concentrada, soplando apenas antes de cada bocado. Hablaba, pero por momentos yo dejaba de escucharla. No por desinterés, sino por una sensación extraña, como si algo en esa escena ya hubiera ocurrido antes.
El pescado.
Siempre el pescado.
Entonces apareció el recuerdo.
Lisa, en Antibes, riéndose mientras llamábamos al chef. El plato ya estaba vacío, apenas quedaban huesos, espinas, restos desordenados. Le preguntamos si podía decirnos qué habíamos comido. Él miró aquello como si fuera una autopsia absurda, reconstruyendo una criatura a partir de sus ruinas.
Nosotros reíamos como si el mundo fuera ligero, como si todo pudiera repetirse.
Volví.
Eva seguía ahí, frente a mí, con la misma luz inquieta en los ojos. Pensé en lo extraño que era todo: cambiar de ciudad, de mujer, de idioma… y aun así terminar en el mismo gesto, en la misma escena, en la misma búsqueda de algo que nunca terminaba de quedarse.
—¿Te gusta? —me preguntó.
Asentí.
No supe si hablaba del pescado o del momento.
Hablamos de viajes, de ciudades, de lo que uno busca cuando se aleja de casa. Le pregunté por qué Perú. Me habló de un hombre.
Un peruano en Holanda. Arequipeño. No lo nombró como pasado; lo nombró como herida abierta. Había venido, de alguna forma, a buscarlo en los lugares, en los gestos, quizás en otros hombres.
Mis amigos escribieron. Querían ir a Cachendo, cerca del mar. Le pregunté si tenía planes. Dudé antes de invitarla, como si supiera que ese gesto abriría algo que no podría cerrar.
Aceptó.
Nos encontramos con los demás a unas cuadras. Éramos siete. La miraron, luego me miraron a mí, y finalmente aceptaron sin hacer preguntas.
El mar nos recibió frío.
La arena era suave, la luna apenas lograba imponerse entre las nubes. Entré al agua. Nadar de noche siempre tiene algo de desafío inútil, como pelear contra algo que no necesita vencerte para recordarte tu lugar.
Nadé más de la cuenta. Sentí la fuerza de la marea empujándome hacia atrás, como si el océano se negara a dejarme avanzar. Volví.
Cuando salí, Eva estaba tensa. No me había visto regresar. Pensó, por un momento, que había desaparecido.
No dije nada. A veces es mejor no explicar ciertas cosas.
Encendimos una fogata. El fuego nos reunió. Eva cantó. Su voz era joven, pero no ingenua. Tenía esa mezcla extraña de quien aún cree en el mundo, pero ya ha visto lo suficiente como para dudar.
La miré y sentí algo incómodo: admiración y preocupación al mismo tiempo.
Le dije que tuviera cuidado.
Me respondió que el mundo estaba lleno de gente buena. Que yo era uno de ellos.
No supe qué decir.
Más tarde llegaron las bailarinas. Risas, alcohol, cuerpos que se mueven como si todo fuera simple. Pero nada era simple.
En algún momento, Eva se acercó a mí. Apoyó su cabeza en mi hombro. No pidió permiso. No lo necesitaba.
Y entonces nos besamos.
Primero con cautela, como si ambos midiéramos el terreno. Luego sin pausa. Como si supiéramos que el tiempo no estaba de nuestro lado.
Esa noche dejamos de hacer preguntas.
Al amanecer, todo volvió a su lugar.
Me dijo que se iría a Puno. Ya tenía planes, un camino trazado. También me dijo que no esperaba nada de mí.
Eso dolió más de lo que debería.
Fuimos a desayunar. Otra vez pescado. Otra vez ese intento inútil de atrapar algo que ya se estaba escapando.
Hablamos, pero no de nosotros. Evitó la noche con una habilidad que solo tienen quienes ya han aprendido a no quedarse.
La acompañé al terminal.
Se fue.
Y luego volvió, pero solo en forma de llamada.
Me preguntó por qué no la detuve. Por qué no insistí. Por qué no fui más.
No tuve respuestas. O quizás sí, pero demasiado tarde.
Su bus ya estaba lejos.
Colgué con la sensación de haber llegado a una escena final sin haber entendido del todo la historia.
Días después volvió a escribirme. Quería verme otra vez. Dijo que se quedaría más tiempo.
No respondí.
Aún no lo hago.
Porque entendí algo, aunque no sé si demasiado tarde:
El pescado con Eva no fue solo una comida.
Fue un espejo.
Uno más en el que volví a ver a Lisa, en Antibes, riendo entre huesos. A Lara, caminando conmigo por Arequipa, desbordados de cariño. A todas las versiones de mí que se quedaron solo el tiempo suficiente para desaparecer.
Todas están lejos ahora.
Algunas casadas. Otras con hijos.
Y yo aquí, con trabajo… pero sin nadie a mi lado.
Quizás el problema nunca fue la distancia, ni el tiempo, ni ellas.
Quizás fue no haber elegido quedarse.
Dejar de perseguir instantes… y aprender, por fin, a construir algo que permanezca.
Algo que no dependa de la casualidad.
Algo que, como la lluvia, no solo llegue…
sino que se quede.














