Un ramo de flores rebosante de amor
Antes de quemar la última mariposa de cariño que dejaste en mi habitación y antes de refundir el último recuerdo en el fondo del closet, necesito gritarle al mundo los sentimientos que terminaron desbordándose y llevándome al quiebre, que me hicieron dudar de mi capacidad humana y que me hicieron cuestionar toda base y fundamento.
Porque cada vez que estuve entre tus brazos me destajé y me derretí, me desmoronaba en palabras y pensamientos confusos e indescifrables; y los veía hermosos, cayendo, formando círculos en el aire, como serpentinas de papel que se desenrollan y se estancan cuando llegan al suelo. Heme ahí yo, el ganador del premio más grande, el que la brújula de tu vida haya vuelto a apuntar en mi dirección. Oh querida María, las cosas que llegué a sentir; no me hubiese importado morir si tan solo moría en tus brazos.
Pero en esta tierra donde tan evolucionados están, han logrado ya destilar, separar y satisfacer toda necesidad humana. Y uno pobre, al que la evolución lo dejó atrás y sin la capacidad de entender este desmenuce del amor, me sentí como un simio por recurrir aún al vulgar y vergonzoso deseo de ser amado. Tarado yo, pensando que los besos, los abrazos y las caricias aún significaban algo. ¿Acaso ahora solo son el preámbulo justo y necesario antes de recurrir al complicado acto? Palabras y actos vacíos, partes de un guión que todos se memorizaron, como un disco rayado que se repite y otra vez.
O quizás solo fueron las serpentinas desparramadas que me hicieron ver una fiesta que nunca hubo, una pasión desesperada que me rostizó las neuronas. Después de la fiesta quedaron las serpentinas abandonadas debajo de los muebles, transformándose con el tiempo en ácido, amargura y tristeza.
Porque de otra forma no puedo explicar como era posible que tu existencia me perturbara cada segundo del tiempo y cada metro cuadrado del espacio. Intenté huir de tu pensamiento, intenté buscar la vida que hay más allá de ti, intenté disolverme entre esta gente aún que, me cuesta creer tanto, no siente igual que yo.
Pero no hallé lugar en esta tierra donde pudiera escapar porque dejé de tener los pies sobre la tierra desde el instante en el que te conocí. Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora. Pero debajo del cielo no estuve; yo estuve más arriba de las nubes, yo pude casi tocar las estrellas. Allí donde ya no existe el tiempo, donde sólo existíamos los dos.
Siendo tus brazos agua floté, mar de luz, en el más dulce de los desvelos, acurrucándome en las olas del vaivén de tu respirar, desvaneciéndome en tu calidez y hundiéndome en tu cuerpo. Preguntándome si quizás ha llegado el día en el que la realidad supera a los sueños, si quizás ha llegado la noche en la que los sueños ya no solo sueños son. Sobre la lengua de Leviatán dormimos, aprovechándonos del espontáneo desvarío de la bestia, espontáneo desvarío mío en el que por escasos segundos lograba asimilar tu presencia. Pues hermosos fueron aquellos momentos de extravío y amnesia en los que me olvidaba que existes. Gloriosos fueron cuando sucedían estando junto a ti.