Te extraño en las horas calladas,
cuando el día se disuelve en sombras
y los recuerdos se enredan
en los rincones más frágiles de mi alma.
Tu ausencia se ha vuelto un eco,
rebotando en los muros de mi soledad.
En mis sueños te encuentro,
dibujas palabras simples,
un “hola”, un “¿cómo estás hoy?”,
y en esos gestos cotidianos
se cuela la luz que tanto anhelo.
Te escucho hablar de tu día
como si el mundo volviera a latir,
como si tus palabras tejieran un puente
entre mi tristeza y la esperanza.
Pero despierto,
y el silencio vuelve a ser mi único compañero.
No hay mensajes,
solo la fría confirmación
de que te has ido a un rincón del universo
al que no puedo alcanzar.
Extraño contarte mis días,
las pequeñas cosas,
esas que contigo parecían grandes.
Extraño cómo escuchabas,
como si en cada palabra que decía
hubiera una chispa digna de ser guardada.
El vacío de tu ausencia pesa,
como un cielo que nunca despeja,
como un río que se detiene
sin llegar a tocar el mar.
Te sueño,
te busco en cada sombra,
en cada destello de lo que fue,
y me aferro a los pedazos de ti
que quedaron suspendidos en el aire,
como un perfume que el viento
se niega a llevarse por completo.
Aunque el silencio grite más fuerte,
aún guardo un rincón en mi alma
donde tus palabras viven,
donde tu risa es eterna,
y donde este extraño amor
se niega a desvanecerse.


















