Nunca es como queremos que sea.
No soy como antes solía ser. Ahora soy de las más quietas, más serenas. Que miden circunstancias y apaciguan voluntades. Que detienen pasiones por convicciones.
Aún recuerdo la última vez que me quede parada frente a tu puerta. Ahogándome entre mis propias lágrimas, llenando mi garganta de flemas y el estómago colmándose de jugos gástricos, desgarrando su blanda y rojiza musculatura con el único objetivo, la única intención, de que salieras a verme.
-Vete, no quiero saber más de ti y con decirte eso te debe bastar- dijiste con más frialdad que la que me consumía por dentro.
Siempre imaginé que esta historia sería una de aquellas como las que dejan huella. Que terminaríamos compartiendo no sólo la misma cama, sino la dicha de ver nuestros cuerpos arrugarse mientras se acumulaban años entre cada pliegue de nuestra piel.
No me hubiera importado tener que aguantar tus manías toda la vida. Tu poca habilidad para demostrar un sentimiento, la necesidad de hacer las cosas como sólo tu lo haces, ni tu obsesión con lavarte las manos —cinco (o más) veces al día—, para asegurarte que no había gérmenes corriendo por tu cuerpo; sí, incluso antes y después de tocarme.
Tú no lo quisiste así. Te esmeraste en alejarme, separarme y enfriar cualquier sentimiento que haya nacido a partir de la misma emoción con la que me dijiste alguna vez un te amo.
A veces quisiera retomar cada pedazo de ilusión que tuve en alguna ocasión. Quisiera pegarlos, juntar los trozos y darles nueva forma.
En un cálido tono, tu voz suena entre mis pensamientos. Puedo olerte, tocarte y sentirte como lo hice durante la mayor parte que te tuve a mi lado. La confortable e inagotable emoción acogedora que merodeaba entre nosotros puede sentirse aún en el aire. Pero ya no me ahoga, ya no me atrapa.
Ya no la deseo, no la quiero, no me hace sentir eterna y plena, llena de amor.
Me hiciste entender que la vida nunca es como queremos que sea. Y ese, es el mejor regalo que alguien pudo haberme dado.