No volví a saber nada de él. Ni una llamada, ni siquiera un e-mail o un mensaje en el móvil. Durante semanas me dediqué a esperarlo. Semanas que parecieron lustros y durante las cuales no hice ninguna otra cosa importante. Lo imaginé meticulosamente en las calles del barrio, con ahínco, como quien efectúa una invocación. Buscaba cualquier rasgo parecido, ya fuera físico o de la vestimenta, en los peatones del bulevar y, de tanto encontrarlo a medias en todas las caras anónimas, lo poco que me quedaba de su presencia acabó por esfumarse. En cambio el dolor era persistente. En esas semanas [lo ] perdí y recuperé [...] muchas veces, en una serie infinita de especulaciones a las que me entregaba sin precaución alguna, ignorando aún que la especulación es un ácido corrosivo que destruye la esperanza. En vez de resignarme, me estaba haciendo daño con esa serie de promesas y decepciones imaginadas, de llamadas que no eran las suyas, de cartas que no aparecían nunca en el buzón, de noches solitarias que desperdicié escuchando los ruidos de mis vecinos, solo para comprobar que habían desaparecido los suyos y que de su casa no provenía nada más que un irremediable silencio. Las cosas se transformaban a mi alrededor como si la realidad fuera patrimonio de los otros, de los que no vivían esperando.