ENJOY THE SILENCE.
Un pequeño abanico de mano hacía el amago de refrescar a Yukio, perdido en sus pensamientos mientras miraba el agua correr hacia una pequeña sarteneja que aliviaba la sed de aves pequeñas y otros animalillos. Su presencia no incomodaba a los invitados, sino que parecía que esa calma los atraía. Fue una observación curiosa que llevó a cabo antes de que la memoria fuera más dolorosa que nunca.
No había transcurrido un largo tiempo desde que regresó a Japón, sin embargo, para él se le hacía eterno y difícil; la soledad le atormentaba cada vez que se miraba al espejo y en su habitación notaba su cuerpo ataviado de las prendas tradicionales que su abuela le pedía usar, se distanciaba cada vez más de aquel joven que adoraba tocar el cello en la academia, el que disfrutaba de la música y la modernidad.
Tampoco tenía noticias de sus padres, sin embargo, entendía que la abuela se encargaba de notificar los avances y su estado de salud. Todo parecía en orden, claro, pero la tristeza silenciosa comía cada día un poco más de su ser, haciéndole sentir miserable. Al menos, recibía con frecuencia la correspondencia que su hermanito era capaz de enviar. Un atisbo de luz para él.
Una serie de hojas secas comenzaron a caer y le sacaron del ensimismamiento, haciendo que rebuscara dentro de su bolsillo y encontrara una fotografía maltratada. Ahí estaba él en el centro, junto a Aoki y Yeosang.
Su corazón se sintió pequeño, doloroso y las lágrimas se agolparon en sus luceros mientras acariciaba ese pedacito de papel. Tenía muchas más fotografías en Seúl, pero fue la única que logró tomar. Para mala suerte, el móvil era algo que su abuela no le permitía excepto una vez al mes y entendía por qué tantas restricciones; la familia no deseaba que fuera un mediocre en la música, no querían que tuviera distracciones de ningún tipo y menos mal que sus padres no sabían de la relación que su hijo tenía con esos dos. Ni llevándolo al lugar más sagrado del mundo sus sentimientos cambiarían y sí, se trataba de una unión compleja, extraña, imprevista... Llena de amor.
Para Yukio, esa fotografía, eran el recordatorio constante para seguir bien, para no decaer, pero ¿cómo hacía eso? Ya no podía verlos, el sonido de sus risas se apagaba con los días, quería escuchar las quejas tontas de Aoki y ver la timidez de Yeosang. Añoraba perderse en pláticas tontas o incluso en sugerencias para mejorar interpretaciones futuras.
El sonido del agua que fluía comenzó a hacerse mucho más notorio, aunque su vista también se nubló en cada caricia al papel. No importaba el calor, ni la soledad, deseaba por una vez poder estar con ellos, abrazarlos hasta derrumbarse los tres de sueño. Nunca antes había echado de menos a alguien y ahora, extrañaba a dos brutos al punto de sentirse a morir. Entre el dolor del pecho y la vergüenza por llorar, su cuerpo se hizo un ovillo, apretando las manos, pero cuidando esa foto, su tesoro...
La nostalgia fue algo inadvertido, especialmente ante la memoria de sus peculiares salidas, los encuentros que ambos chicos habían tenido en un ring, las discusiones que tuvieron, las sonrisas cómplices y las palabras que lograron avergonzar a Yukio. Su corazón se estrujó cuando el último recuerdo que hicieron juntos fue aquel desayuno tras una crisis de Aoki, donde hizo lo mejor para darle calma, reconciliándose con Yeosang tras meses de haberlo evitado. ¿No era triste que después de arreglar todo tuviera que marcharse? Ni un trato con su padre para convencerle de cambiar la idea fue suficiente. Había llegado al límite. No más prórrogas para Yukio.
¿Le odiarían por haber dejado todo tan de pronto aún si fue en contra de su propia voluntad? Esa cuestión lograba aterrarlo, porque tenía el pensamiento de que millones de disculpas no arreglarían el vacío que quizá, había creado entre los tres. ¿Alguna vez le perdonarían?
Aún mirando hacia afuera, en el piso de madera, una fresca brisa le acarició la mejilla y aquel mar de lágrimas siguieron su camino. Tendría que demostrar lo que podía hacer, dar buenos resultados y mantener la fe, para poder regresar a donde se sentía feliz, con un par de idiotas que se habían transformado en ese mundo tan brillante que había conocido y abrazado fervientemente.
Debía hacerlo, sin importar cuanto tiempo le lleve, no olvidaría aquel lazo que formó genuinamente, sin importar si ellos en algún punto de la vida, lo olvidaban...


















