ENJOY THE SILENCE.
En la travesía del automóvil hacia las clases, Yukio deseó plasmar una canción. No era nada de los grandes maestros, sino algo más actual, pues la voz de aquella cantante en la estación de radio que disfrutaba el chófer, le produjo una sensación singular; parecía lo que siempre anhelaba externar en cada melodía.
Bastó con buscarla con ayuda del móvil escribiendo el estribillo que memorizó y así, una vez que fue probando distintos acordes al llegar a la sala de prácticas, encontró el punto perfecto y la satisfacción para presentarla hacia su profesor.
Alta resultaba la probabilidad de escuchar comentarios carentes de modernidad, pero estaba dispuesto a llevar la contraria al menos esa vez. El pobre no sabía las duras consecuencias de sus actos totalmente inocentes traerían...
—Nanami, por favor. Es tu turno. —Escuchó del tutor. Inmediatamente tomó asiento, dejando correr la música cuando inició su presentación, golpeando suavemente la cara del cello para crear el ritmo.
Tomó tiempo. Recordó el piano, la voz, la tristeza en las letras y el momento clave que daba pie a una excelsa mezcolanza. Era una tonada maravillosa de toque lúgubre, pesado, cual bienvenida a la nostalgia que crecía al ser interpretada.
No miró a nadie una vez se concentró, pero supuso que ahí estaban, juzgando, cuchicheando que no fuese una obra clásica. Sin embargo, Yukio probó ser libre, complaciéndose al poder efectuar sus anhelos no obstante… Por alguna razón, recordó la mirada de aquel chico extraño que a veces aparecía de la nada. Sintió arduos deseos de superarse, no quería sentirse intimidado por esos luceros. Pronto, se escuchó nuevamente el retumbar hacia la cara de su instrumento, junto a las caricias a la parte superior con ayuda del bastón.
Sus labios movió discreto, recordando las palabras de la artista. Enfatizando el momento óptimo.
Pero fue detenido abruptamente. El hechizo se había roto. Su corazón se detuvo un instante y pudo darse cuenta de que le miraban con reprobación por su profesor.
—¿Qué acabas de presentar, Yukio?
—Algo diferente.
La negativa y los rostros viejos le hicieron sentir avergonzado, pero ¿por qué? Era un músico. Podía crear y manipular melodías como mejor le pareciera. Sus compañeros disfrazaban algo distinto. Lo sabía. Notó un brillo ambicioso en los ojos jóvenes; volvió la vista aquel superior y su arco fue arrebatado.
—Coloca las manos al frente.
¿Qué fue eso? Escuchó tiempo atrás de aquel castigo, pero jamás en sus años de permanecer en aquel instituto, se imaginó que acabaría siendo víctima de esa situación. La voz ajena repitió la orden y el alumno, abandonado su cello, respiró profundo.
Extendió las manos…
No supo cómo soportó el primer golpe. El ardor fue paulatino, repetitivo, cruel hasta que sus manos comenzaron a sentirse pesadas, demasiado adoloridas. No fue valiente para procesar el acto. Dirigió los ojos a la nada, dejando que la audición diera a entender lo ocurrido.
El fino arco se quedó sobre sus piernas cuando el superior tuvo suficiente. Yukio pensó que ese bastado lo había disfrutado. Para él, tragar saliva fue imposible. No parpadeó y la respiración se tornó complicada…
En el aula, los otros representantes que no movieron un sólo dedo, permitieron su salida con todo e instrumento; el chico sólo siguió una ruta normal, ignorando el dolor.
Refugió el cello donde siempre; el arco descansó a un lado, con un tinte rojizo ensuciandolo. Antes de huir al sanitario.
Compañeros le miraron, Yukio ignoró su alrededor. Pareció advertir al chico del mechón, pero poco interesaba. No tenía cabeza para tonterías.
A solas, el agua corrió sobre sus manos, notando el daño que ardía, mientras un hilo colorado no dejaba de borbotear. Se observó en el espejo buscando comprender...
Nanami mordió su lengua sintiéndose miserable. Era la burla ante sus maestros. Estaba atrapado en aquella maldita correccional disfrazada de escuela donde ni siquiera permitían que disfrutara musicalmente.
Yukio no podía continuar. Era tanto el agobio que al no poder gritar que acabó con las manos empapadas directo a su rostro, resbalando con fuerza hasta sus mejillas. Lo hizo una y otra vez, despeinándose, rasguñando su dermis con la respiración agitada y presente aflicción.
El agua seguía cayendo.
Se sintió inutil.
Con todos los deseos de desaparecer.











