La música continuaba sonando y la luz estaba apagada. En la habitación solo nos encontrábamos nosotros compartiendo el momento más íntimo.
Recordé que hacía una semana que no subía a la báscula, lo que significada que quizá no cumpliera con las expectativas de él. Pude sentir como la grasa de mi cuerpo se deslizaba hacia abajo.
"No me mires" le dije mientras me desabrochaba el sujetador.
Y él no me miró. Aunque tampoco podía, yo misma me había encargado de que hubiera la oscuridad necesaria en la habitación.
Me senté sobre la cama y antes de que lo pudiera hacer él, me rocé con las manos mi propia pierna, comprobando entonces que no tenía la piel tan suave como las chicas de las películas.
"No me toques", y él no me tocó. Con ayuda de la penumbra pude imaginarme el momento perfecto: yo llevaba una blusa transparente y era delgada, suave, delicada. Mi pelo olía bien y era largo, no había más que el de mi cabeza.
Imaginé mi cuerpo posándose sobre el suyo como ocurre en las películas. Imaginé que todo era ideal, pero temía que él no estuviera imaginando lo mismo.
No pensé entonces que la perfección, como todo, deja de ser atractiva y que la realidad nunca deja de ser misteriosa.
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