Lo notarÃas
Sumary: Simon teme ir a la casa de los padres de Baz, desde que son novios.
Simon no aceptó ir a la casa de los padres de Baz.
Eran las primeras vacaciones en su primer año en la universidad y llegado el momento, Baz invitó a su novio a la casa de sus padres. Iba a visitarlos luego de meses sin verlos y pensó que Simon aceptarÃa, básicamente porque no podÃa quedarse sólo en el piso que él y Penny compartÃan. La chica se irÃa con Micah y todos sabÃan que a pesar de la invitación para Simon, la pareja necesitaba estar a solas. Mientras que el nuevo Normal aún llevaba unas alas de dragón que requerÃan ser cubiertas con hechizos, si es que querÃa salir a la calle.
—¿Cómo que no? —preguntó Baz, levantando ambas cejas.
—No creo que sea buena idea —respondió el rubio. Se veÃa incómodo, revolviendo sus risos con una mano, sin siquiera sostenerle la mirada al otro—. Tu padre apenas se acostumbra a que tú tengas novio. No parece justo con él.
—Mi padre ni siquiera acepta en voz alta que soy un vampiro —le recordó, usando un tono que parecÃa llamarlo "idiota" tácitamente. Su argumento apestaba.
—Lo sé… es solo que…
—Si no quieres venir, solo dilo —lo cortó enfadado.
—No es eso… —dudó.
Baz no se molestó en seguir la discusión. Solo se puso de pie y salió del piso, ignorando que Simon lo llamaba a su espalda. No iba a aceptar que su novio hirió sus sentimientos al rechazar la invitación. Le gustaba tener al rubio cerca y pensarse lejos tanto tiempo era dolorosamente irreal para él.
Al dÃa siguiente, Baz se marchó a la casa de sus padres, sólo.
—Creà que el señor Snow te acompañarÃa —comentó su madrastra, luego del abrazo de bienvenida.
—No pudo acompañarme —respondió neutro. Fingió que no le afectaba. Era tan bueno como su padre para no dejar entre ver lo que ocurrÃa realmente en su cabeza.
Baz querÃa practicar violÃn antes de la cena. Necesitaba despejar su mente, antes de sentarse a la mesa y tener cara a cara a sus padres y hermanos pequeños, que querrÃan historias y plática sobre él.
TocarÃa una de esas canciones que su madrastra detestaba, por ser demasiado taciturnas, y luego estarÃa mejor.
"Estúpido Snow" —pensó una sola vez, antes de comenzar.
Pero alguien llamó a la puerta de la biblioteca en la que se encontraba.
—Adelante.
—Basilton —susurró Vera. Ella lo llamaba asà a solas, a pedido de Baz. Lo conocÃa desde niño, le era extraño que lo llamara "señor"—. Alguien lo busca —explicó nerviosa, sin siquiera disculparse por la interrupción.
—No espero a nadie —le aseguró, levantando las cejas extrañado.
—Es el muchacho rubio —soltó en un susurro más bajo, haciendo que Baz contuviera la respiración—. Es el señor Snow.
Baz se puso de pie y salió disparado con un agradecimiento a Vera, cuando pasó junto a ella. Corrió por las escaleras.
Cuando llegó al umbral de la puerta, se halló con una escena familiar: Simon, mojado, de pie en el centro de la alfombra de entrada. Tal y como la primera vÃspera de Navidad en que visitó su hogar, de improvisto.
Baz deseó burlarse de él. Porque era tan tierno y era tan inmensamente tonto por seguir intentando llegar a su casa en taxi, cuando sabÃa que (esta también) estaba embrujada y nadie querÃa entrar.
Al vampiro le hubiera gustado burlarse de él. Pero Simon temblaba. Simon lloraba.
—¿Simon? —masculló conmovido, aún inmóvil en el lugar.
—No atendÃas el teléfono —dijo el otro, con voz temblorosa. Luego sorbió su nariz.
Y algo hizo click en la mente de Baz: Simon no tenÃa magia que lo protegiera.
El moreno se abalanzó sobre su novio, para quitarle el morral que colgaba de su mano.
—Vas a enfermarte —lo regañó, sacando la varita para secarlo.
—Lo siento… —susurró lloroso—. No debÃ…
—Luego hablamos —le pidió, aún preocupado por las mejillas demasiado rojas y la nariz que seguÃa sorbiendo ¿Era el llanto o el frÃo?
—¿Basilton? —llamó la voz de su madrastra, cuando se acercaba a ver qué ocurrÃa.
—Madre, Simon llegó ¿PodrÃas llevar un termómetro a mi recámara, por favor? Creo que está enfermando —se apresuró a decirle, antes de que ella hiciera preguntas que Baz no podrÃa responder.
—De acuerdo —asintió la mujer, aún dubitativa. Luego salió.
—Lo siento —volvió a sollozar Simon. LucÃa terrible.
—Cállate —le pidió con la preocupación tiñendo su voz. Si tan solo hubiera atendido al estúpido teléfono… pero no, él estaba ocupado siendo orgulloso—. Vamos. —Hizo que su novio pasara el brazo por encima de sus hombros para ayudarlo a subir las escaleras. Ya arriba, lo ayudó a ponerse uno de sus pijamas y lo metió en la cama. La piel estaba tomando temperatura, pero no sabÃa si era una buena.
—¿Baz? —preguntó con tono perdido.
—Aquà estoy, Snow —respondió más molesto que preocupado, esta vez. Ya estaba seco y bajo mantas, solo quedaba ver si lo que temÃa era cierto y Simon pescaba un resfriado, porque ya no era pura magia caminando por la nieve, sino solo un Normal.
—Lo siento...
—Ya lo dijiste, pero ¿por qué? —Se acomodó mejor, sentado junto a él en la cama.
—Por no venir contigo. Lo siento.
Baz sonrió desganado. No podÃa decirle que con llamar hubiera bastado y eso lo hacÃa sentir un poco culpable. Porque solo Simon Snow era tan tonto como para tomar un taxi y correr en medio de la nieve para hablar.
—Ok.
—¿Ok? —preguntó. Sus ojos tenÃan algo de inconsciente en ellos. LucÃan algo perdidos bajo los párpados caÃdos. Iba a enfermarse, Baz tenÃa razón.
—SÃ, está bien —le aseguró, tocando su frente con la palma de su mano. NecesitarÃa un termómetro para asegurarse, pero la piel estaba demasiado caliente y el contraste con su piel frÃa lo confundÃa un poco.
—De verdad, lo siento —repitió.
—Lo sé —le aseguró en un suspiro. Se inclinó cerca, recargándose sobre su codo, junto a la almohada de Simon, para mirarlo a los ojos—. ¿Me quieres contar por qué no querÃas venir? —susurró. Simon parecÃa tan frágil en ese momento, que no se sentÃa correcto elevar la voz.
—TenÃa miedo.
—¿De los fantasmas?
—No —negó sin parecer percatarse de que su novio bromeaba con él—. De que lo notaras.
—¿Notara qué?
—De que notaras que soy menos que tú.
—¿De qué hablas? ¿Deliras? —Volvió a llevar la mano a la frente de su novio, comprobando su temperatura, pero Simon se removió, tomando la muñeca ajena para guiar la mano de Baz a su pecho.
—AquÃ, en tu casa —explicó—, con toda la magia. Y el lujo. Y tu bonita familia —su voz tembló. Los ojos se rebalsaban en lágrimas—. Lo podrÃas notar fácilmente. Soy menos que tú. No soy nada en comparación…
—Detente —le ordenó—. No seas idiota.
—Siempre puedes cambiar de parecer —siguió, recordándole lo que dijo en el baile de graduación.
—No lo haré.
—Y si lo haces, yo voy a apartarme —continuó, pareciendo ignorarlo. Las lágrimas rodaban por sus mejillas ahora—. Tal vez me mate. Pero voy a apartarme, si eso quieres. Y aquÃ… aquà es tan fácil que lo entiendas…
—No voy a dejarte —lo cortó, apretando su mano—. Deja de decir eso. Yo no te dejaré. Te esperé demasiado, Simon —lo llamó por su primer nombre, intentando ser suave con el otro muchacho, a pesar de querer sacudirlo por la frustración—. Nunca, nunca creà que habrÃa un final en el que tú tomaras mi mano y no me mataras. Pero lo tengo. Tengo este final contigo. —Besó el lunar de su mejilla, sintiendo la sal de las lágrimas en sus labios—. Y no voy a dejarlo. No me importa la magia. No, si te tengo a ti.
Simon aún lloraba, cuando sus dedos temblorosos se posaron en la nuca de Baz para atraerlo débilmente. Se besaron entre lágrimas y promesas.
Cuando llamaron a la puerta, debieron separarse. Baz secó las lágrimas de Simon con sus dedos. Un fugaz intercambio de sonrisas y Baz invitó a que pasaran. Era su madrastra con una bandeja con té y un termómetro.
—La próxima vez, podrÃa solo venir con Basilton, señor Snow —comentó la mujer amablemente, dejando la bandeja.
—Lamento llegar asà —se disculpó el rubio, mientras Daphne le entregaba el termómetro a Baz.
—No se preocupe. Es bienvenido cuando quiera. Pero parece que pescó un resfriado —señaló.
Baz puso el medidor en la boca de Simon, antes de que este hablara.
—Conoces las reglas, Basilton —le dijo la mujer, mirando hacia el sofá ubicado en un lateral de la habitación.
—Lo prepararé en un momento —murmuró, luciendo avergonzado—. Aún le teme a los fantasmas.
Ella acarició el hombro del chico, como si estuviera orgullosa o solo lo calmara. Simon no podrÃa decidir cuál de las dos era.
—Fiebre —anunció Basil, cuando quitó el termómetro de la boca de Simon y lo examinó—. Felicidades, Snow. Pasarás unas horas en cama.
—¿Unas horas? —cuestionó extrañado. Los resfrÃos no tardaban horas en ser curados. Pero cuando Baz y su madrastra sacaron sus varitas, lo entendió—. No es… —no llegó a terminar la frase, cuando lo golpearon con hechizos de curación.
—Descanse, Simon. Nos veremos en el desayuno —se despidió Daphne, antes de irse.
Simon solo deseaba dormir. Se sentÃa extremadamente cansado. Tal vez por la fiebre. Tal vez por los hechizos.
—¿Duermes aqu� —le preguntó a Baz en un balbuceo adormilado.
—En el sofá —respondió—. Nuevas reglas de la casa, con esto de tener novio. Dicen que no es un motel, como para que traiga a alguien y duerma en mi cama. Iban a obligarte a tener otra habitación, pero les recordé que le temes a los fantasmas.
Simon apenas sonrió, embotado en sueño. Su último recuerdo fueron los frÃos labios de Baz sobre los suyos.
Baz se levantó extremadamente temprano, a la mañana siguiente. QuerÃa ensayar violÃn, antes de que Simon despertara para desayunar. Le dejó una nota, solo por si acaso despertaba antes de que regresara. Creyó que no era necesario, pero de cualquier forma lo hizo.
Se acomodó en la biblioteca, dispuesto a tocar algo que no fuera totalmente deprimente, ya que Simon le quitaba la inspiración para esas canciones; al menos cuando estaban bien. Pero nuevamente, alguien llamó a la puerta. Suspiró pesadamente, antes de invitar a que pasaran. Asà fue que una cabellera rubia se asomó, con una sonrisa traviesa.
—¿Qué haces? —cuestionó en tono de regaño. Simon estaba descalzo, caminando hasta el sofá junto a él. Llevaba una manta sobre los hombros.
—Me asustan los fantasmas —bromeó, acomodándose con los pies sobre el mueble.
—Estás enfermo —lo regañó.
—Lo sé, por eso traigo la manta —replicó tranquilo—. Vera me atrapó cuando me escabullÃa por el pasillo, dijo que al menos debÃa traerla —confesó inocente.
—Voy a golpearte con otro hechizo de curación —le advirtió con enfado.
—¡Pero estoy mejor! —protestó con un puchero en los labios.
—Vuelve a la cama, Snow —le ordenó—. Te llevaré el desayuno —dijo, poniéndose de pie. Estaba claro que no podrÃa ensayar.
—Pero ibas a tocar. —Señaló el violÃn.
—Lo haré luego —le aseguró—. Ve a la cama o te llevaré —advirtió. Simon sabÃa que estaba alardeando sobre su súper fuerza.
—¡Pero quiero oÃrte!
—¿Qué? —Arqueó una ceja.
—Nunca puedo oÃrte. Quiero hacerlo —le explicó.
Baz lo observó con sorpresa. No sabÃa que a su novio le interesaba lo que él pudiera o no tocar en el violÃn. Simon lo distraÃa, por eso no tocaba cuando él lo rondaba. Iba a decirle que lo harÃa más tarde, cuando estuviera seguro de que estaba recuperado, pero volvieron a llamar a la puerta. ParecÃa que las vacaciones estaban destinadas a interrumpirlo en su intento por ensayar. Esta vez, era Vera, quien traÃa una bandeja con té.
—Traté de convencerlo de dormir un poco más —Vera le comentó a Baz, dejando la bandeja en una mesilla—. Espero que usted lo convenza de comer y descansar, señor Pitch —casi fue un pedido. Les dedicó una suave sonrisa y luego salió.
—Gracias, Vera —dijo Baz. Suspiró, sirviendo el té y entregándole una taza a Simon—. Bebe esto y luego vuelve a dormir. Aún no estás recuperado, Snow.
—Solo si tocas para mà —negoció. Bebió un sorbo de té y sonrió ampliamente. Era ridÃculamente lindo cuando sonreÃa asÃ.
—DeberÃa mandarte a dormir con un hechizo —murmuró fingiendo que no habÃa caÃdo con esa treta. El esfuerzo fue en vano cuando su novio tomó su mano y lo miró a los ojos, casi suplicando en silencio.
—Por favor… —susurró—. Nunca tocas para mÃ.
—Me distraes —confesó de sopetón. SentÃa sus mejillas ardiendo. Nunca se lo habÃa dicho y aún le era extraño que Simon le dedicara esas miradas. No fue hace tanto que solo se insultaban y trataban de hacerse la vida imposible, en la escuela.
—Guardaré silencio —prometió.
Baz le sostuvo la mirada un momento. Porque nunca creyó que tendrÃa un final en el que Simon Snow sostuviera su mano. Mucho menos, pidiendo que tocara, prometiendo guardar silencio.
—Desayuna. Yo tocaré —aceptó. Dejó un beso en su mejilla y se acomodó por enésima vez, para tocar. Fue un gran esfuerzo, pues su novio parecÃa entrometerse en cada uno de sus movimientos. Simon Snow era una constante distracción. Por eso falló las primeras notas, cambió de canción varias veces y se reacomodó en la silla como buscando una comodidad que no parecÃa capaz de conseguir. Suspiró, casi rendido.
—Te amo. —Baz dio un respingo, obligándose a mirar al muchacho a su lado—. Lo siento —dijo Simon, sacudiendo la cabeza de lado a lado, pareciendo volverse consciente de lo que habÃa dicho. Agachó la mirada, pareciendo avergonzado de romper la promesa de guardar silencio.
—También te amo —replicó Basil, haciendo sonreÃr al rubio.
Baz quiso reÃrse. Era ridÃculamente gracioso que se hallara en un final feliz con el que fue El Elegido a su lado. Y con ese pensamiento; casi como si fuera magia empujándolo; cerró los ojos, digitó con los dedos sobre las cuerdas del violÃn, deslizando el arco, haciendo que una dulce melodÃa flotara en la habitación.
Simon dejó la taza de té, para acurrucarse en el sofá. Estaba sonriendo bobamente, disfrutando de uno de los muchos talentos que su novio tenÃa. A pesar de sus esfuerzos, se durmió arrullado en la magnÃfica interpretación.
Si debÃan ser sinceros, ninguno habÃa creÃdo posible un final en el que ambos fueran felices. Sin magia y con una melodÃa de violÃn, que no era triste, envolviéndolos.
Simon se enterarÃa, mucho más tarde, que esa canción no pertenecÃa a ningún violinista reconocido. Sino que era una composición propia de Baz. Después de todo, Simon Snow parecÃa interferir en todos sus movimientos.











