—SĂ, sĂ, entiendo —dijo el hombre escribiendo un mensaje a la canguro de Caleb, levantando la mirada de vez en cuando—. Buf… Es que menudo marrĂłn, eh —siguiĂł antes de que la otra persona le arrebatase el telĂ©fono de las manos—. Te juro que te estaba atendiendo, ahora… DevuĂ©lveme el mĂłvil o te prometo que eso será lo Ăşltimo que habrás hecho en vida —exagerĂł el británico extendiendo la mano.















