Lo que distinguía al preppie look de los modelos de club de campo de los años cincuenta era la identidad de sus usuarios. Estas prendas informales las llevaban ahora no sólo los adolescentes de internados y de ciertos centros educativos, sino también personas en torno a los treinta o cuarenta años, muchas de las cuales no habrían sentido el más mínimo interés por este tipo de ropa sólo unos años antes. Por otra parte, el preppie look ya se podía ver en lugares y en ocasiones que en los años cincuenta habrían exigido una vestimenta más formal. Un efecto secundario de esta acumulación de capas de ropa fue que se desdibujó la imagen corporal e incluso las diferencias sexuales, de tal forma que, excepto por la longitud del cabello, con frecuencia no se podía distinguir a un joven preppie de una joven preppie. Cuando proyectaban algún tipo de aureola sexual, ésta era de sano atletismo o de zalamería pre pubescente: una especie de calor de oso de felpa. La otra característica sobresaliente de la moda preppie era el uso que hacía de botonaduras innecesarias. Los zapatos iban adornados con lazos, corchetes y pasadores sin función alguna; los pliegues de las faldas se sujetaban con imperdibles o con hebillas; tiras de cuero o de tela aseguraban innecesariamente los puños de los guantes, las pretinas de faldas y pantalones y los hombros de los impermeables; hasta los picos de los cuellos de las camisas se abotonaban para que no pudieran escaparse.









