“Dedicado a las almas inquietas de una ciudad dormida, para la reparación de nuestro futuro, para el caos de nuestro presente, para les que soñamos con poder hacer más, de todo lo que se construye, de todo lo que cae”
Miramos este cielo como una señal, levantar la vista del cemento es asomarse entre la arboleda que nos corta la visión. Siempre le digo a mis amigues viajeres que en esta ciudad hay que mirar hacia arriba, ahí se esconden las cosas importantes. Ver solo hacia adelante también es útil, suele estar ahí la cordillera como un límite inamovible, un recordatorio, para mi, hasta donde puedo llegar, para otrxs hasta donde termina ésto y comienza aquello.
Un texto que hable de todas las vidas que soporta una vida, un texto que cuente todo lo que soporta la materia bajo la presión de la fuerza, una enumeración de la búsqueda.
A lo largo del tiempo intentando entenderme como un obrero cultural he ido reconociendo más esa frase que se nos salía de los ojos en un tiempo a muches, era un mantra a la decepción, como “Que dificil es hacer cosas en esta ciudad de mierda” o una más trágica idea “Nos vamos a morir antes de que podamos lograrlo, nunca es suficiente. ¿Acaso nadie piensa en nosotres? ¿nadie nos escucha? ¿A dónde vamos a parar?”
He pateado durante mucho tiempo esta ciudad, reconociéndo en mis pares, esas ansias casi de niños perdidos, jurábamos orfandad, donde las cinco plazas que rodean el centro nos vieron crecer, enamorarnos, besarnos, odiar, llorar, dormir, sentir deseo y solo poder expresarlo con un cariño, enojarnos con la vida, con lo injusto de la vida, vagabundear buscando identidad, buscando familia, buscando venganza, buscando justicia. Hace unos diez años la vida cultural era distinta, igual de dura pero mucho más selectiva, clasificaba de más -a mi gusto-. Recuerdo las horas sentada en el patio de un amigo, escuchándolos hacer música, escuchándonos estudiar, escribir, sintiendo la insuficiencia, como si no fuéramos lo suficientemente buenos, compartimos nuestro arte como mendigos, prisioneros, puertas adentro soñando en grande, lo mejor era que no teníamos tanta presión y nos sobraba un poco más el tiempo, mirar por horas las nubes, sentarse a ver la gente pasar, inventar historias, que después alimentaban el cotidiano de inspiraciones ajenas.
El circuito cultural siempre ha sido como el arenero de los juegos del Parque Central pero en arenas movedizas, en vez de esas arenas cubiertas de mugre y orines varios. Osea todo cimiento siempre cae o se absorbe a un agujero negro. Se lo adjudico a la cercanía que tenemos con el sismo, los terremotos, a las construcciones de adobe, a las grietas de nuestra tierra. Yo esto no lo sabía, como me cuesta soltar, soy un aferrado a la vida, muy en contra de mi propia voluntad, nada me detiene excepto el derrumbe. Que trágico ver caer la torre.
Lo difícil siempre estuvo en cómo se logra sostener, que nunca supo contenernos. Una ciudad que expulsa a la juventud, que la condena a vivir al margen de la identidad propia, totalmente vintage bajo la sombra de quienes sí vivieron (según ellos) mejores años y así por los tiempos de los tiempos. Algunes crecimos bajo las sombras de los jóvenes trash de los 90tas, otres bajo la idea más glam de los 200miles, y aún hoy en día te van a decir que esta ciudad era mejor en el 2016 rodeado de tribus urbanas más rurales que Malargue. Como si cada cierto tiempo nos resignamos a la vida “adulta” es decir obrera, rutinaria, donde siempre un amigo hace ese chiste de las rodillas, el pelo que se cae, etc.
Y entre aquelles, que empiezan a pensar por sí mismos, terminan o dejan el secundario, empiezan una carrera, o dejan la carrera, quieren formar su banda, su legión de basket, su grupo de volley con poesía y barra libre toda la noche, sus fiestas techno, punk, perreo, marikoteca, anarcotroskobachatero. Entre esos grupos, mientras une se va y otre llega, existen uno dos años donde el territorio se vuelve mas esteril, difícil de habitar. Quizá gracias a esos que critican a otros a conciencia de que solo se aburren, los proyectos caen y la esperanza es lo mínimo, como en no terminar todes bailando en un boliche una canción horrenda que ya no mueve ni al más romántico empedernido del pop.
La auto extinción de la cultura la hemos visto mil veces, lugares que abren empiezan un año con fuerza, todes apoyamos la idea, vamos a sus inauguraciones, apoyamos emocional, económicamente. Otres solo ven competencia, el espacio sigue y sigue un tiempo, y si no se logra desarticula un fenómeno que yo llamo “el talón de aquiles cultural”, todes tenemos una debilidad, la idea no es ocultarlo sino fortalecerlo, los espacios que no prosperan es porque en verdad el desgaste que exige trabajar culturalmente en ciertas condiciones, no se llega a pedir ayuda a tiempo, nos empujan a tal límite, el deseo primordial se extingue y no queda nada por que luchar. Abren, viven, se habitan, cierran, empieza el ciclo nuevamente en otro lugar. No tengo una solucion, me he visto ahí, con las manchas de pintura del techo que arreglaste o de la ventana que acomodaste, o del jardín que levantaste, de la biblioteca armada, de las horas de limpieza a una alfombra que tenía una ciudad de ácaros, de la grasa refregada de la cocina, mirando como se rompe todo por dentro, como pican tu esperanza y vacían de tus recuerdos el living, alguien, algo, en el mejor de los casos se reconoce a tiempo que no hay futuro, se extirpa sin dolor, pero te traen esa noticia, siempre fulminante, un clásico “esto no da para más” que la plata, que el alquiler, que la familia, cualquier razón. Está bien lo nuestro solo era un sueño, para algunos termina cuando despiertan.
Algo que puedo aconsejar es intentar ser lo más trasparente con sus intenciones, algunos hacen desde la necesidad de hacer o de encontrar algo que no existe, de imaginar el lugar al que quieren ir, mientras otres porque desean otras cosas (casi siempre es el clásico, fama, guita y rockanroll). Ojo ambas opciones son válidas, muchas veces con una se llega a otra pero siempre está bueno saber cual es el fin así no chamuyar el medio. Mi consejo como habitante de las ruinas, como el último humano en pie que quedó en cada rincón de esta ciudad bombardeada por el sismo cultural del consumo, la gran boca de saturno que nos engulle la identidad devorando como a sus hijos, nos cala hondo nos recorre el cuerpo, nos deja tirado como una bolsa de hojas secas, nos explota hasta llevarse la última gota de sangre. Soltá, soltá, no te quedes ahí.
De saber irnos antes llegamos temprano a otros lados, re dificil, esto no es una petición, de esas que mandan a grupos de whatsapp donde nos piden una firma así no nos venden las tierras o el agua, ni un poema, ni un ensayo, casi que parece una carta abierta a que no dejen de enfrentarse a la vida, nada más impotente, vivir resignado a habitar un lugar que no tiene lugares, para algunes sí, para otres no, mira que he visto a los más monstruos y las más duras abrir lugares donde hasta el cheto mas cheto vino a llorar cuando le dolía un poquito el hombro “dale pasá aca no juzgamos a nadie” pero no tiren la piedra y escondan la mano, dejen ver todas las hilachas, tiremos de ellas hasta deshacernos en pedazos.
Miramos el cielo, pidiendo ayuda, lo miramos como desafiando algo que existe más allá. La mayor parte de la vida es aprender a no taparse la cara para llorar, o al reírse, estar en paz un rato. Miramos el cielo como quien quiere un milagro en los últimos 4 minutos de partido, como si algo mágico nos rescatara de recibir (por estar con la cara pasmada, mirando a la nada) la cagada de paloma que llega como un mensaje de libertad, nadie está exento, no siempre llegan los mensajes divinos que esperamos. Solo un soplo de realidad que nos advierte dónde estamos parades, hay que saber de dónde viene uno para saber a donde va, no es una cuestión de subir o bajar, es un recurso de orientación poética.
Deseo que puedan entrar a cada espacio sintiendo que es suyo, que puedan ver la noche y el dia y la tarde, que no les falten estaciones, ni paisajes, que siempre tengan un rio cerca, que las montañas les abracen, que puedan perderse por un rato entre medio de la higiene de los bancos, les deseo el caos, les deseo el amor, ojalá nunca les falten las palabras, deseo que se equivoquen, mucho, tanto mas que uno y que otres. Que al final del día no les quede remordimiento. Espero continúen escribiendo de aquí para abajo ustedes, yo voy a seguir intentando que no me traguen los yuyos, no devore la maleza, que no me arranquen del asfalto.










