El individuo X despierta media hora tarde, al sonido de disparos y su día inicia más abruptamente que de costumbre. Abandona su pequeño apartamento tras inspeccionar el pasillo y asegurar la puerta con tres candados, intercambia saludos rutinarios, lo mismo con el vigilante que con el indigente junto a la reja de entrada. Recorre tres cuadras de enclaves residenciales hasta la parada del autobús, al que ingresa junto con una decena de usuarios, igualmente apresurados.
En el abarrotado interior del vehículo realiza un veloz escaneo y cuida la proximidad entre sus bolsillos y los “sospechosos”, mientras realiza el recorrido incómodo y de pie. Luego transita cinco cuadras, apurando el paso frente a un parque de aspecto lúgubre, hasta la imponente torre empresarial que lo recibe con múltiples cámaras y guardias de seguridad.
A la hora del almuerzo, el sujeto elige la abarrotada feria de comida del Mall adyacente, en lugar de un bocado en el parque antes mencionado y de regreso a su jornada, lo recibe la noticia de que debe trabajar horas extra. Una sola idea invade su mente de inmediato: solas y oscuras calles minadas de peligros nocturnos; al anochecer emprende su caminata enfrentando tales riesgos y cambiando de acera al percatarse de que un sujeto con aspecto “agresivo” caminaba junto a él.
A través de la ventanilla a bordo del autobús, aprecia un paisaje rico en portones, puestos de vigilancia y muros coronados por vidrios rotos y alambre de púas. En la entrada al edificio están congregados los vecinos, el robo perpetrado en el apartamento B como único tema de conversación; la ausencia del vigilante en su puesto en combinación con la tardanza de la policía, incentiva el recelo de los vecinos. A pesar del cansancio, una nueva idea ocupa su mente: el alivio de no haber sido víctima de la agresión.















