Sembrar el adiós en Taraco: Crónica de una despedida entre dos mundos
Por: Ramiro M. Mezza Requena
El sol sobre el lago Titicaca no calienta, solo brilla. En Taraco, (La Paz - Bolivia) una población boliviana donde el azul del agua se confunde con el cielo, el entierro de una madre no es solo un acto de dolor privado. Es un despliegue de ingeniería social y cosmología andina que desafía las fronteras, llegando incluso hasta Chile, donde la migración ha trazado una distancia que hoy se acorta con rituales.
La moneda del consuelo: Más allá del boliviano
En las ciudades, solemos pensar que la ayuda económica a un doliente debe ser discreta, quizás un sobre con dinero o una corona de flores. Pero en Taraco, la "ayuda" es ruidosa y compartida. Durante el velorio, los comunarios llegan con paquetes de gaseosas de dos litros o mas (con un costo de 80 Bs.), bolsas de coca, cajetillas de cigarros y grandes bolsas de pasancalla.
Lo que a ojos extraños parecería un exceso de productos energéticos, para el hijo que se ha quedado solo a despedir a su madre, es capital de prestigio. En la lógica de la reciprocidad o Ayni, estos bienes no son para que él los guarde en una despensa para luego monetizarlos. Al contrario: el hijo los redistribuye de inmediato y en el acto. Al repartir la gaseosa y la pasancalla, el doliente transforma el objeto material en un vínculo humano. En Taraco, nadie se va con las manos vacías porque nadie debe dejar al doliente con el corazón vacío.
La silla vacía: El peso de la migración
Un elemento late en silencio durante todo el entierro: las hermanas del hijo doliente de la fallecida no están. Viven en Chile. Esta ausencia física genera una presión simbólica sobre el hijo que reside en la comunidad. Él es, en este momento, el rostro de una familia trasnacional.
La redistribución de bienes funciona aquí como un mensaje enviado a través de la frontera. Al invitar a toda la comunidad con los recursos que posiblemente llegaron como remesas desde Chile, la familia reafirma su pertenencia a Taraco. No son "los que se fueron"; son los que, a pesar de la distancia, siguen alimentando el tejido social del pueblo. La generosidad del hijo limpia cualquier mancha de olvido que la migración pudiera haber causado.
Los excavadores: Mediadores entre la vida y la muerte
El momento más sagrado ocurre cuando la comunidad se divide. Siete hombres, liderados por un encargado, se dirigen a la fosa. Han recibido herramientas, cerveza y un pago de 600 Bs. Pero ver su labor como un simple "servicio de excavación" es un error periodístico y antropológico.
Estos hombres son los encargados de negociar con la Pachamama. Mientras cavan y luego aseguran el ataúd, les escuchamos susurrar en aymara: "Vete con calma, mamá", "Ya te estás yendo". No hablan con un objeto; hablan con un alma que está cruzando al Uku Pacha (el mundo de abajo).
Al terminar, este grupo no se mezcla con el resto. Se quedan aparte, en la periferia del cementerio, recibiendo más cerveza y coca de manos del hijo. No es que sean excluidos; es que están en un estado de "limpieza". Han tocado la tierra del muerto, una tierra distinta a la de la siembra, y necesitan el ritual del alcohol y el pijcheo para soltar esa energía pesada. El hijo, al acercarse a ellos con una caja de cerveza, no está pagando un sueldo extra; está agradeciendo a los hombres que tomaron el lugar de los parientes ausentes para entregar a su madre a la tierra.
Conclusión: La siembra final
Al final del día, el cementerio de Taraco queda en silencio, pero la comunidad se dirige a sus domicilios a proseguir con sus labores con el sabor de la coca y el dulce de la pasancalla aún en la boca. La madre ha sido sembrada.
Para el bloguero o el observador casual, podría parecer que el hijo ha "gastado" demasiado o que ha desperdiciado la ayuda de sus vecinos al repartirla de nuevo. Pero en el Altiplano, la verdadera pobreza es la soledad. El hijo termina el día sin los 600 bolivianos y sin las gaseosas, pero con la certeza de que Taraco ha aceptado a su madre en su seno y que, cuando él necesite ayuda, habrá siete excavadores y cien vecinos obligados, por ley de vida, a devolverle el favor.