Hacía una genealogía de la lucha de las Zapatistas (5)
Lo que pasa es que el zapatismo es bien cabrón, porque te hace que que quieras ser mejor, pero sin dejar de ser lo que eres. No te dice que te vayas a vivir a una comunidad, ni que aprendas su lengua, ni que te tapes el rostro, ni que dejes tu familia, ni que abandones todo y te subas a la montaña con las insurgentas o donde quiera madres que estén. Te dice y te pregunta: “aquí estamos nosotras haciendo esto aquí, ¿qué estás haciendo tú allá?” Y el zapatismo no anda con mamadas que gorda, que flaca, que alta, que chaparra, que prieta, que güera, que fresa, que reventada, que vieja, que joven, que sabia, que ignorante, que campesina, que ciudadana. Y créeme que no hay amor más cabrón que ése, que te respeta, que te ama justo como eres, pero que te envenena porque al mismo tiempo te hace que quiera ser mejor persona, mejor mujer. No te lo exigen, no te lo dicen. Vaya, ni siquiera te lo insinúan. Y ahí está lo jodido, porque ésas ganas nacen de ti misma. Y no hay nadie a quien reclamarle, ni a quién darle cuentas, si no al pinche espejo. Y no podemos echarle la culpa a los pinches hombres, o al pinche sistema, o a las condiciones, o a la chingada. Estoy bien, pero bien cabrón, porque te avienta encima todo, o sea que te obliga que te hagas responsable de ese amor. No te deja ni un pinche rincón donde esconderte. Pinche zapatismo.










