Si tuviera voz y voto en la sociedad, todos se sorprenderían de escuchar que la mayoría de su clientela era masculina. Solían ser los más temerosos del qué dirán, por lo que el burdel siempre recibía alguno pero muy pocas veces ellos dejaban el burdel con sus clientes.
Por ello, la reunión que se estaba llevando en ese bar de categoría era algo tan inusual. Varios hombres de altos cargos en el imperio, junto con sus Samurai, se encontraban festejando en ese sitio de difícil llegada y se habían decidido por contratar a los hombres de más delicada apariencia del prostíbulo donde trabajaba para que les hicieran servicio.
---¿Desea más sake, master? ---Kūkyo iba de cliente en cliente sirviendo el sake, se sentaba en el regazo de quien lo quisiera por un rato o acompañaba afuera a fumar a un poderoso hombre en particular que le había puesto el ojo. Tan solo algo de compañía con sensualidad deshinibida y diferente fue lo que buscaron en ellos; diría que sólo un par se confinaron en las habitaciones para dar un servicio completo. La gran mayoría de los hombres ya dormía a esas altas horas de la madrugada, otros pocos permanecían despiertos aunque un poco abatidos por la cantidad de sake que habían bebido. Kūkyo, que había bebido muy poco entre todo el trabajo que le dio la noche, ahora volvía a recostarse en el balcón con una larga pipa encendida.
---La luna es hermosa... ---Comentó para sí mismo. Sus ojos con párpados caídos y el maquillaje casi intacto miraban el satélite que esa noche se veía tan enorme que podía jurar que era una dama de compañía para él. Se sirvió un poco de sake de una pequeña botella que había sobrado y lo bebió con rapidez, esperando que aquello lo ayudara a conciliar un poco el sueño.