Esta es una carta sin propósito, de remitente en blanco e intenciones inciertas, y es que no sabes cuanto me cuesta poner mis pensamientos, ideas, en palabras o quizás es precisamente porque lo sabes que no te extrañará que haya hecho esto. Casi podría adivinar que una sonrisa tierna se estaría asomando por esos labios mientras leyeras estas lineas.
Comprenderás que estoy muriendo de vergüenza mientras escribo esto y que intento con todas mis fuerzas que no sea la voz de esta quien hable por mi, quédate hasta el final porque no habrán palabras vacías ni adornos redundantes.
Me di cuenta del daño que habías hecho en mi vida esa mañana en la que me desperté y esperé encontrar tu espalda al darme la vuelta. Cuando empecé a preguntarme si habría lunares en ella, alguna marca, algo que contar mientras deslizara las yemas a través de tu columna. Es tu culpa que me sienta un idiota cada vez que le sonrío al móvil al ver un mensaje tuyo, solo intento cubrir mi cara del azoramiento en cuanto me percato y te maldigo bajito porque esa desconocida se ha percatado de la súbita felicidad que destilo y me responde con una sonrisa condescendiente.
Comencé a cuestionarme las nimiedades más absurdas, como si te gusta el café solo o con azúcar, ¿o quizás prefieras el té?, de qué lado duermes, con cuántas mantas, si tienes malos despertares que pueda endulzar, si te molestaría que aprovechara tu sueño para besarte... En cuantas mariposas habrán aleteado para que tú y yo nos encontremos. Y cuantos aleteos más quedan para que seamos.
Pienso, intento recordar el momento en el que dejé de sentirme solo y al margen y es curioso que lo único que se me venga a la mente sea tu nombre acompañado de tu sonrisa. Me dan ganas de soltarte todas esas frases tan clichés y trilladas pero malditamente certeras.
Estoy terminándome el café mientras escribo esto y he sonreído porque sé que nunca vas a leer esta carta y que va a quedarse guardada en el cajón hasta que algún, ya olvidada, la vuelva a encontrar por casualidad y al leerla pueda reír pensando que ahora ya sé si tienes lunares en la espalda, si te gusta el café y cómo, de qué lado duermes, saber que cada día te robo un par de besos sin que te enteres y que esta carta deje de tener sentido porque ya no es un condicional.