Sonrisas (Día 9)
Shunsuke no era la persona más seria del mundo, pero nadie diría que era alguien divertido tampoco. Bromeaba, a veces, se reía, a veces, y tenía esa sonrisa medio tierna al ver a un niño o a una persona querida, aparte, por supuesto, de su sonrisa arrogante, desafiante u orgullosa. Puni, su fiel compañero, a veces ligaba una sonrisita de aprobación. Podía llegar a tener alguna de admiración, si su orgullo no le ganaba. Pero una sonrisa radiante, de alegría pura, o traviesa, o juguetona, o realmente dulce, eso nadie que conociera a Shunsuke Han lo habría visto jamás. Incluso relajado estaba serio, sereno, tranquilo, y siempre se sentía natural. No parecía tener una máscara de honor o de cómo suponía que debía mostrarse. Shun era así, y punto. Incluso a solas. Incluso con su familia.
Pero todo tiene una excepción, y en su caso, era una mujer.
Él notó la diferencia la primera vez que pasó. No fue un momento especial, ni uno particularmente memorable. Competía con su novia, como otras tantas veces, porque desde un comienzo fueron, ante todo, compañeros y rivales, y eso no fue algo que cambió con su relación, ni con el amor que surgió después. La había desafiado a una carrera, y ganó, por poco, pero ganó, algo no muy usual cuando ambos se lo tomaban en serio. Y giró para verla, ella ya a su lado, porque la diferencia había sido de centímetros, y le sonrió, una sonrisa alegre y con cierta picardía.
—Te gané —dijo lo obvio, y aunque no lo hizo, hasta le dieron ganas de sacarle la lengua, en una burla amistosa. Notó la diferencia en su sonrisa sin verla, porque su rostro y sus mejillas se sentían diferentes, pero no le prestó atención.
El segundo momento fue mucho más especial. Akiko había ido en una misión casi de rutina, pero habían llegado reportes y se había enterado de que se había complicado. Se hablaba de varios muertos. Shun no había parado de repetir mentalmente su nombre, los recuerdos que tenía de ella. Mientras los tuviera, ella estaría bien. Y efectivamente, Akiko volvió, viva, sana de hecho, ella en sí no había tenido dificultades, porque era genial, y la mejor de la Academia, y especial, y todo lo que él admiraba. Y apenas pudo ir con ella, la abrazó, posiblemente de la forma más fuerte que lo hubiera hecho hasta el momento, y le dedicó lo que fue la primera sonrisa enamorada que le mostraba.
—Eres perfecta. Nadie puede vencerte —fue su nada romántico comentario, pero su expresión tenía corazones suficientes para compensarlo. Esta vez, Shun no notó lo especial de la sonrisa, porque en la oscuridad de la noche, pensando en Akiko, más de una vez sonreía así.
La tercera vez no fue mucho después de la anterior. Él no era nada posesivo, ni celoso, muy poco romántico, y el afecto se notaba en gestos pequeños, en palabras dichas sin querer, en la forma en la que cambiaba su actitud. Era necesario conocerlo mucho para notarlo. Y ahora, ambos agotados, desnudos en la cama, recuperando el aire, Shun acarició las marcas que había dejado en el cuello de su novia. Eran los únicos momentos en donde la reclamaba como suya, donde se dejaba poseer también, a veces de forma delicada, a veces, como esta, todo lo contrario. Él también tenía sus propias marcas en el cuello y en el pecho, y había sentido las uñas de Akiko clavarse sin piedad alguna en su espalda, y le había encantado llevarla a ello. La miró a los ojos, y la sonrisa esta vez fue totalmente traviesa, pícara y sensual.
—¿Quieres que te las cure? Para mí te ves hermosa así —recuperó el aire por completo antes de continuar—. Me hacen recordar tu rostro lleno de placer, como recién, y tus gemidos. Tus gritos repitiendo mi nombre —y su sonrisa se expandió, traviesa, gustándole intentar sonrojar a su novia, aunque en ese momento en particular, dudaba que lo lograra. La vergüenza, si llegaba, no lo hacía justo después del orgasmo, si no tiempo más tarde.
Y la cuarta vez, y la primera risa, se demoró un tiempo más. Tampoco fue algo particularmente especial. Estaban juntos, en silencio, en el patio de la Academia, sin hacer nada. No era algo incómodo entre ellos, y se sentía bien con eso. Shunsuke alzó la vista, y vio una mariquita en el cabello de su novia. Tendió la mano, quitándola y mostrándosela, caminando en su dedo.
—Mira, dicen que traen buena suerte —comentó. Akiko puso su dedo al final del recorrido que hacía la mariquita, para que pasara a su mano, y el bichito lo esquivó, cambiando de dirección. Volvió a intentarlo, y volvió a ser esquivada. Shun no pudo evitarlo y se echó a reír. La mariquita voló, y se posó, nuevamente, en el cabello de la chica; pero Shunsuke ya estaba riéndose a carcajada limpia, genuinamente divertido. Le dolieron un poco las mandíbulas. ¿Hace cuánto no se reía así? Años, como mínimo. Tomó la mano de su novia mientras su risa disminuía de a poco y desaparecía, quedando el rastro en las comisuras alzadas de sus labios y en sus ojos brillantes.
—Logras que me sienta como nunca antes lo hice —dijo en un arrebato de sinceridad, y sus mejillas se colorearon de un tenue color rosado, otra cosa nada común en él. Ella siempre daba vuelta su mundo, pero para bien. Estaban hechos el uno para el otro. La amaba tanto.













