con ojos agónicos, casi saliendo sin remedio de sus órbitas, con una manos rasgando su indumentaria, llenas de sangre y putrefacción, de donde insectos se alimentan ganosos, corrompiendo la carne y volviéndola violeta, muerta, inservible, en donde millones de esos insectos insaciables se multiplican, para penetrar más piel, para corroer más manos, hasta que sean confundidas con la lepra que se come la piel canela que muta de sol, que adormece a la luna, pero que no adormece a su cuerpo clínicamente muerto, como gangrena que se manifiesta nefasta sobre su cabeza, verdaderamente el humano sin corazón, con coraza de insectos pálidos, enormes que chupan su sangre tóxica, suprimiendo la piel, quebrando huesos para usarlos como la cal que adorna las casas vacías.
“todo muere con el tiempo” exclamó para sí mismo, escondido entre la sombra de la noche insípida vestida de penas, con un rostro figurando calamidades a cada instante, el mundo le parece absurdo y odia tener que compartirlo con las cucarachas a las que les llama “humanidad”, si, cucarachas humanas empapadas de repugnancia y soledad. todos ellos sin rastro de personalidad, hechas unas siluetas asesinadas por sombras psicópatas, envueltas en apatía y silencio profundo. el mundo es un lugar donde a cada instante mueren -de manera colectiva-, almas devastadas por la agonía, por la pérdida y la confusión. “¿qué podremos hacer esta noche? ¿ensuciarnos más el nombre tomando otra vida -ajena indefinidamente- a la mía o dejar que la oscuridad se haga trenza en los brazos agitados por el cansancio?”
una mujer se presenta ante él, con dos ojos saltones, misteriosos, ocultando verdades que probablemente se ha inventado y que repite cada noche en voz alta para creerlo de manera incompleta, con el cabello rizado como ondas espigas de fuego lacerado, con sus senos perfectos que alinean su cuerpo pálido, hondo, lleno de olvido. ella es un cuerpo maldito, envenenado; su lengua contiene tóxico que detiene la sangre. ella seduce indiscreta, su silueta perfectamente alineada con la gramática de las estrellas, se posa en los ojos del desconocido con sed de sangre, con la mirada de desesperada soledad incautada en frascos de cloroformo, donde millones de fetos descansaran por la eternidad. se presenta como dueña del baile, como ama de llaves del cuerpo que nunca ha visto, pero que le interesa, ella desea saber quién es, ¿por qué la observa con esa mirada de lasciva posesión?, cuando las luces de neón que alumbran el oscuro local forman destellos egoístas, efímeros. él se levanta de la mesa, el olor a bestia sudada le enferma el sentido, toma el último trago de vodka y decide marcharse. ella observa absorta la imagen del desconocido que le ha robado el alma desnuda –literalmente- en aquel salón poblado por animales en busca de placer carnal, en sus miradas se puede saber, rozar la piel es un acto arriesgado, inicuo, exagerado, pero real. ella inmóvil espera que regrese la sombra desconocida que en vez de acercarse, se aleja, dejándola de nuevo en el olvido en el que siempre estuvo. no lo piensa de nuevo, debe saber quién es él. la noche cae, con una luna azul embarrando los barrotes de los manicomios, alumbrando las camas vacías de los amantes que se han hecho polvo después de tanto tiempo, empapando de luz los ojos llenos de deseo de maldad. ella persigue la silueta desconocidamente misteriosa que le ha sustraído el alma, desesperada, busca respuestas sin tener antes preguntas, un rastro de perfume cálido ha dejado y ella se guía pacientemente con ello, sin pensar mucho, la noche y ella, como muchas veces, son una, en las que el miedo no es parte, su voz le baila al eco silenciado del desconocido, ella murmura, murmulla misericordia, pero no sabe que es arrastrada a un intervalo de absoluta sensibilidad. bajo un farol de luz mutante, el paso desesperado de ella se detiene bruscamente, el viento le besa la frente y el silencio de canta al oído.
la oscuridad no es buena compañía, ni la sombra, como perra rabiosa, engaña mordiendo las entrañas viscosas. el zumbido constante de un corazón enfermo enciende la coraza mordida de un cuerpo pecador, para encontrarse con los ojos punzantes que se incrustan en los ojos índigo de la ninfómana presa del misterio. él se acerca, fugitivo, sin revelar el rostro de los soles apagados, solo el destello de los ojos destilando el dolor de la pérdida, como el inciencio prendido de los huesos quebrados, sonríe, él sabe lo que ha obtenido y la seduce con paciente delicadeza, ella con la ansiedad en las venas cae como presa agónica de una droga desconocida, como si él le hablara, como si él la tocara, como si él se hace dueño de su inmunda piel, pero él solo observa, analiza y sin haberlo pensado se hace presa de su anestesiante perfume, enlazando su cordura al cabello de fuego que adorna su cabeza, como la corona del averno, él quiere quemarse. Se prensa en los ojos que se han vuelto oscuros, ella lame sus labios y deja caer su cuerpo en los brazos prohibidos, donde él, ahora desesperado, traza un camino en su pecho desnudo, desbordando la sangre que cae en abundancia creando un río maldito, él bebe su sangre y ella se pregunta en dónde se ha metido Dios, pero lo acepta, el dolor le gusta, esbozando una sonrisa, entonces recrea la escena, en la que apuñala como trapo viejo su cuerpo, pero solo sonríe, sin sentir dolor.
"yo no corro, yo no veo, no hablo, no palpo, un demonio me come las entrañas repitiendo el mismo conjuro que ni ella entiende, es medio día, es día entero, ya no es de día, repentinamente el sol cae y me crea siameses, con las vertebras partidas en fracciones desesperadas, que observan las gomorras y sodomas de la ciudades en ruinas, cae la torre de babel y el Cristo huye de su desgracia, el mártir se ha vengado y el justo es preso e incautado, los destellos de las galaxias se reflejan en los mares que se secan a cada segundo, en cada eco de apatía, en cada palabra repetida. temo correr, temo ver, temo hablar, temo palpar al demonio que me ha consumido hasta el más ínfimo deseo de la vida perversa que me doblegó y me traicionó.”
él abre el cuerpo pequeño de la niña de cabello de fuego, como feto la sujeta con delicadeza, cantándole la última canción de cuna que no escuchará porque sus ojos se apagaron antes de terminar su oración al Dios que creyó antes de caer rendida en el sueño que le durará mucho tiempo. él desnuda su cuerpo por completo y mutila con amor la carne del cuerpo que ya no solloza y con la tinta de sangre crea el lienzo perfecto de la impureza, colocando su obra maestra entre cables eléctricos y paredes expuestas a la vida mundana.
por la mañana el mundo entero aplaudirá al artista.















