1991: HOMENAJE A JACQUES LACAN
“Un tĂłrrido domingo de julio, vi desde las ventanas de la sala que en la esquina de la rue des Saint-Pères la policĂa colocaba una barrera: mirĂ© en la direcciĂłn opuesta y comprobĂ© que una barrera idĂ©ntica, guardada por dos agentes, ya impedĂa el acceso en la esquina de la rue de Beaune. Enfrente ante la imponente puerta cochera del nĂşmero 5, el sopor matinal, dominical, estival, apenas se alteraba por los obreros que levantaban un estrado y conectaban altoparlantes. SĂłlo entonces distinguĂ, sobre el muro exterior de ese hĂ´tel particulier, un paño del que colgaba un hilo; comprendĂ que una placa, de las tantas con las que las calles de ParĂs se esfuerzan por recordar un pasado prestigioso, iba a ser descubierta más tarde.
El pĂşblico fue llegando antes que los dignatarios; pero tal vez pĂşblico no sea la palabra apropiada: se trataba, evidentemente, de invitados, de delegaciones, que en grupos iban cubriendo gradualmente la calzada. Estaban, todos, vestidos con estudiada sencillez y los rostros trasuntaban, en distintas entonaciones nacionales, una misma ironĂa, una misma distancia, ese tácito “estoy aquĂ y al mismo tiempo me miro estar aquĂ” que distingue a quienes, a falta de una palabra menos gastada, llamamos intelectuales. Distintos idiomas llegaban a la ventana del primer piso desde donde yo, en short y con el torso desnudo, observaba ese espectáculo buscándole una clave, ignorado por el elenco siempre creciente que ya llenaba el improvisado escenario.
De pronto creĂ escuchar acentos porteños: “se va a poner verde de envidia cuando sepa que estuvimos”, “que se embrome” y otras expresiones de competitividad y desdĂ©s que me eran familiares. Las voces –tardĂ© un momento en detectar su origen- provenĂan de un grupo que se habĂa ubicado en medio de la calzada, no lejos de mi ventana; los hombres parecĂan sabiamente despeinados; las mujeres, sin edad reconocible, lucĂan con la misma complacencia sus rostros ajados y el lino arrugado de su ropa. “Psicoanalistas de Barrio Norte”, me dije y en ese instante recordĂ© que en el nĂşmero 5 de la rue de Lille, donde el estrado aĂşn vacĂo y la placa aĂşn cubierta anunciaban una ceremonia inminente, habĂa vivido, y practicado su arte durante dĂ©cadas, Jacques Lacan.”1
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1 Edgardo Cozarinsky, Tres fronteras, «Las chicas de la rue de Lille», Emecé, 2006.