¿Alguien más metido en la droga de estos shorts? Ya cuando vas conociendo a los personajes como a Manolito, el Bling Bling o el tío raro que trafica con diamantes no hace más que mejolal.

seen from Spain

seen from India

seen from El Salvador
seen from China

seen from United States

seen from Italy
seen from Australia
seen from Germany

seen from India

seen from Finland

seen from India

seen from Maldives
seen from Türkiye
seen from China

seen from T1
seen from China
seen from Germany
seen from China
seen from T1
seen from China
¿Alguien más metido en la droga de estos shorts? Ya cuando vas conociendo a los personajes como a Manolito, el Bling Bling o el tío raro que trafica con diamantes no hace más que mejolal.

Anya is live and ready to show you everything. Watch her strip, dance, and perform exclusive shows just for you. Interact in real-time and make your fantasies come true.
Free to watch • No registration required • HD streaming
Excelente estrategia de regateo

Anya is live and ready to show you everything. Watch her strip, dance, and perform exclusive shows just for you. Interact in real-time and make your fantasies come true.
Free to watch • No registration required • HD streaming
Regatear
A inicios de año me quedé sin empleo y entonces me puse a vivir del dinero que tenía y que iba a tener. No le llamo "ahorros" a ese dinero porque no lo era, literal era dinero que tenía, que me habían pagado por honorarios y que en su momento equivalía a varios meses trabajados y a otros tantos meses de gastos indispensables. Estiré ese dinero lo más que pude y durante el tiempo que estuve buscando pude sobrevivir, con ansiedad y mucha angustia por los meses siguientes, pero sobreviví a fin de cuentas.
Encontré en Facebook el anuncio de una editorial independiente en Monterrey que buscaba profesionales de la edición para expandir su equipo. Por lo que entendí cuando me llamaron, eran unas dos o tres personas que vendían servicios editoriales para autopublicación y ya no se daban abasto, así que buscaban a una o dos personas a las que pudieran delegar proyectos eventualmente. Me vendí lo mejor que pude: «¿Que qué tipo de libros edito? Ufff, pues, soy muy versátil. Tengo experiencia haciendo corrección y maquetación de libros educativos, especializados en humanidades y algunas ciencias como la geofísica y la geometría. También he editado literatura, especialmente poesía». Y entonces llegó esa pregunta que se me hizo chocante: «¿Y cuánto cobras a partir de 80 cuartillas?»
Les dije que podía adaptarme a sus tabuladores, por muy chocante que me hubiera parecido la pregunta, tenía la sensación de que no podía hacer algo mejor que aceptar y esperar a que sí me mandaran algún proyecto. Al final Charito, mi entrevistadora me hizo saber que sí les interesaba mi perfil, aunque luego de una funa masiva a su editor ya no espero su llamada.
En esta vida lo único que poseo, además de un puñado de baratijas y una malograda colección de libros, es mi fuerza de trabajo y la experiencia que he ido forjando en la confección de proyectos editoriales. Y está que es mi posesión más valiosa me ha dejado poco más que cansancio y desilusiones.
Pienso en mis tarifas ideales, en los clientes y patrones que he tenido. Me doy cuenta de que he trabajado desde siempre y nunca he tenido un pago digno y remunerador. El regateo ha sido una constante de quienes se benefician con lo que hago:
Desde mis 6 años se me empezó a preparar para el trabajo invisible: aprender a cambiar pañales, a cargar y calmar a un niño, a cuidar que no se lastime, que no pase hambre. A barrer, a lavar ropa, a hacer cosas por los demás.
Si a mis 8 años me hubieran preguntado cuánto iba a cobrar por un fin de semana fertilizando el campo, o quitando abrojos, me habrían ofrecido menos. Directamente, mi abuelo paterno una ocasión no me pagó por ser mujer. Mi pago fue incluirme, y ya con eso tuvo que ser suficiente.
A mis 16, trabajé como secretaria para mi papá en la tenencia. Mi pago fue el privilegio de ocupar mi tiempo en una oficina en vez de cortarme la cara y las manos en la milpa crecida o de quedarme en la casa para continuar con un trabajo cotidiano en invisible.
A mis 19 me contrató un rabo verde que me llevaba 10 años y que me daba un salario que me pareció justo. Él apenas emprendía y yo apenas me incorporaba al mundo de las remuneraciones. Pero al final él insistió en pagar un extra con sus miradas de ojos claros, una que otra adulación, su buena onda y sus mejores intenciones.
A mis 21, una jornada de 40 horas a la semana en una panadería no ameritaba el salario mínimo ni prestaciones de ley. Setecientos a la quincena, y si quieres.
A mis casi 23, trabajaba sin parar, desde que me levantaba hasta que me iba a dormir. Empecé a hacer la típica doble jornada de cualquier mujer que se junta con un weon heterosexual. Mi pago fue desfogar el amor que sentía, darle un cauce. «¿Quieres casarte? ¿Pero para qué, si ya me lavas mi ropita y me haces de comer?»
Me digo que no soy una máquina y trato de ser selectiva con el siguiente sitio que va a explotar algo de mi, pidiendo más, agotando las vetas de mi entusiasmo a cambio de lo menos: un salario y prestaciones truncas. Y sigo recibiendo el trato de una máquina: «¿Me sale más barato si te mando más páginas?» «Cada minuto que tomes me lo tienes que pagar (porque el tiempo es dinero, excepto si el tiempo es tuyo).»
Y sin embargo, cobro lo que me parece justo por lo que entrego de mí, resisto con una remuneración simbólica que se encuentra en la compañía y las risas que encuentro, en los ratos de ocio y chisme entre densos bloques de búsqueda, lectura pesada, redacción, y fina confección de un producto del que nunca voy a percibir regalías o utilidades.
Al final del día, me digo: «Si no quieres problemas, si no quieres que la vida te duela, ¿por qué no solo te apagas y te vuelves a prender?» Y lo hago.
Vas a bacilar?