LA CASA EN RUINAS
Soplaba viento recio tras la candelaria. Las ventanas del sur y levante sonaban por turnos, la puerta batía... La casa destartalada daba un concierto. Mucho frío para marzo, pero no tanto que el calentador no entibiara pronto. Tras el cristal el cielo es un mar brillante con guiñapos de seda. Incluso una existencia bella contada o escrita, es dura vivida en realidad. El trastorno podía acabar siendo sicológico pero entretanto pensó que era tolerable. La casa había envejecido; aunque el viento insuflaba vitalidad a su endeble estructura, nadie se extrañaría si se venía abajo aquella misma noche. La casa temblaba. El dueño, que lee libros de todo tiempo y conoce los males todos de la carne, está echado en la silla, como prisionero del gulag doblado bajo un fardo. En el jardín recrecido el hombre que blande un garrote en el viento es su sosias... Qué lejos está. Todo es remoto. Parece no haber mal en el aire tan claro —se oye el tumbo del mar— pero en la voz del viento, en los susurrantes árboles, aparece y desaparece entre parpadeos el valle de los muertos caídos en guerras y revueltas. Por eso aún tiemblan las manos del prisionero en Solovkí.
Las penalidades de su infancia le hicieron creer en el milagro de las manos. Solía pensar que un verso cambiaría la mente de la gente... Un modesto poema podía revertir la luz. Así que se recluyó en una celda y soportó un largo confinamiento hasta que la casa empezó a claudicar, amontonando libros, ropa, cosas por todas partes, como polvo.
¿Qué objetos inhumaste piadoso? La casa nunca se vendrá abajo mientras viva en ella una persona; el sudor craso del hombre prestará vigor a los maderos. Mientras el humano aliento que escupe sangre en el lecho de agonía siga allí, la casa no se hundirá. Eso se obstinaba en creer, pero de un ángulo de sus ojos gachos corre el reflejo de una lágrima.
Un tiempo el viento sopló recio contra la vieja faz, los muros, la mente, agobiados de hiedra herrumbrosa, reconfortante o atroz. ¡Ah, casa en ruinas del cerro, prisionero de Solovkí, amado pueblo, hasta siempre! Como el tiempo que compartimos alguna vez se acaba, así un sino aciago sobreviene al que nace en este mundo con gemido. Pues el mañana mejor no ha de llegar, todos los libros son sólo un mal incurable royendo la vida, arruinando tu casa. Lo mejor que puedes hacer es expirar limpiamente, despedir con la mano al viento, abrazar una deseada extinción.
Ayukawa Nobuo












