Su caminar, siempre calmo y medido, resultaba inquietante, como si cada paso estuviera calculado para no delatar lo que hervía bajo la piel. El semblante dócil, casi frágil, lo volvía invisible ante los ojos ajenos, aunque distaba mucho de ser inofensivo. La cabeza baja ya no ocultaba nada: allí se acumulaban cólera pura, rencor espeso, odio dirigido hacia sí mismo y hacia todo lo que lo había arrastrado a esa posición humillante. Ser el príncipe consorte, avanzar cinco pasos detrás de su reina, era la peor cruz para un ego desmesurado. Cada ceremonia se convertía en un calvario silencioso, donde su existencia se encogía bajo su poder, aun siendo él suyo. Los murmullos y risitas de la corte perforaban su paciencia como agujas lentas. Nadie sospechaba de la oveja mansa que ocultaba un lobo hambriento. En la oscuridad aprendió a esperar. Siempre había sido una criatura rastrera, dispuesta a mancharse para ascender. Más allá de su esposa solo existía la corona, su fe. Esa ambición lo mantenía erguido mientras tragaba la humillación, seguro de que el día del golpe llegaría. Entonces avanzaría los pasos negados, ocuparía el frente y tendría el poder absoluto de someterlos a todos. A Wolf in Royal Silk — from The Chronicles of Tartarus
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