Manzanitas
A quien era el Ăşltimo de mis hermanos,
ahora la casa paterna ha crecido.
 No hay palabras que describan lo suficiente la rugosidad del tronco de ponsiguĂ© al tacto de nuestras manos infantiles, la luz que se filtraba entre sus hojas en los dĂas de sequĂa y la lluvia que empapaba nuestras almas. Nunca he visto un árbol que uniese tanto a tres hermanos como aquel anciano frondoso que segĂşn papá, habĂa sido cultivado nuestro tĂo-abuelo, pero aĂşn creo que era más viejo que la ciudad misma. Su tronco bifurcaba en dos ramas igual de gruesas, igual de ásperas y rugosas, a la altura suficiente para ser trepadas. Por ellas corrĂan hormigas enormes e inofensivas que más de una vez, debido al ocio y no a la maldad, las reunĂamos en un frasco y les prendĂamos fuego. Una vez acerque el oĂdo porque querĂa saber si gritaban. TambiĂ©n las veĂamos huir en medio del aguacero, y nos preguntábamos cĂłmo hacĂan para sobrevivir tanta agua, cĂłmo no entraba la inundaciĂłn en esos agujeros diminutos. La ciencia detrás de lo absurdo nos reunĂa, hermano, nos daba a presumir que más allá de las cosas que decĂan en la iglesia o en la escuela, habĂa una Naturaleza pagana que nos seducĂa en aquel patio. Tres árboles para tres hermanos, la Trinidad era inequĂvoca cuando los ponsiguĂ©s y el tamarindo florecĂan en verano.
El ponsiguĂ© fue nuestro, y su copito era nuestra aspiraciĂłn máxima, pero su cĂşspide era de ramas tan frágiles y delgadas que no nos atrevĂamos a movernos cuando la brisa mecĂa la rama que nos sostenĂa. Añoraba ver el aeropuerto desde lo más alto de su follaje, y más allá del aeropuerto, ver las dunas del desierto con un cielo despejado como el cristal, y un poco más allá, el cerro Santa Ana, y detrás de la montaña en la penĂnsula, la Aruba que nos parecĂa inaccesible, hasta conseguir las aguas lejanas del Caribe, y sus brisas con anuncios de huracanes, de naufragios románticos que lamĂan nuestras costas en un oleaje sosegado.
Aprendimos a trepar y el gran árbol nos dio acceso a los techos de la casa, desde la cocina se escuchaba nuestro correr sobre el tejado y abuela gritaba molesta para hacernos bajar enseguida, pero hacĂamos silencio y nos escondĂamos. Si una pelota caĂa allĂ arriba, yo subĂa a buscarla, si un volantĂn se habĂa enredado en el árbol, yo estaba allĂ para desenredarlo, incluso una noche intentĂ© ver dĂłnde se escondĂan las ratas, porque sospechábamos que el gato no lograba atraparlas. TambiĂ©n trepĂ© allĂ arriba más de una noche, llorando por algĂşn drama entre nosotros; sĂłlo necesitaba un lugar solitario para entristecer a nuestros papás con mi ausencia, pero mamá no aceptaba chantajes y su ley de hielo era más severa que la mĂa, entonces bajaba derrotado, sin asumir el resultado del duelo. Me reunĂa de nuevo con ustedes, enfrentando a papá con una mirada que fingĂa orgullo y razĂłn inequĂvoca, pero a su vez escondĂa vergĂĽenza por el error cometido. Hoy reconozco lo difĂcil que fui cuando era niño, y la enorme paciencia que Ă©l depositaba en nosotros. Sin duda tĂş fuiste más ejemplar que yo, aunque más terco y rencoroso, insatisfecho con la ejecuciĂłn de la justicia domĂ©stica.
  Sin una arquitectura tangible, el ponsiguĂ© tenĂa una casita del árbol donde fuimos creciendo tan radiantes como sus hojas nuevas, tan frescos como las frutas que acostumbrábamos comer, aunque estuviesen ácidas o desabridas. Manzanitas, les llamaba Esteban en medio de palabras en inglĂ©s que no comprendĂamos en absoluto. Por mucho tiempo pensĂ© que ponsiguĂ© era un vocablo inventado por los habitantes de nuestra regiĂłn, incluso que era una fruta exĂłtica que solo existĂa en algunos patios de la ciudad. Â
Escribo esto con añoranza, con apenas un puñado de recuerdos y ensoñaciones ingenuas que arden en alguna parte de mi memoria, donde el ponsiguĂ© aĂşn florece y se mece altanero contra el estruendo de las tormentas elĂ©ctricas y los monzones. Si hay algo que deseo de la herencia Gauna, es una rama de ese árbol, y hacerlo crecer en algĂşn otro lugar para convertirlo en mi hogar hasta el dĂa de mi muerte, donde tres niños pequeños puedan reĂr, trepar y llorar alrededor de Ă©l. Tres tristes tigres, tres burguesitos o como la familia desee bautizarlos, despuĂ©s de todo aĂşn creo en el tiempo como una enorme burbuja sobre la que estamos obligados a transcurrir en lĂnea recta hasta toparnos con un árbol antiguo y una casa erigida del barro.














