La lastimada anatomía del venezolano reposaba tranquilamente sobre la inmensa camilla hospitalaria como un juguete cuyas baterías habían sido removidas, carente de una consciencia que la trajese a la vida. Ni siquiera las bolsas de aire dispuestas para aminorar el impacto fueron capaces de impedir el desvanecimiento del castaño, quien había salido prácticamente impune del accidente si se lo comparaba con su acompañante. El hemisferio izquierdo de su rostro era un enorme moretón, hinchado y lleno de cortes ya coagulados, mientras que el otro tenía uno que otro cardenal. Sin embargo, las heridas no se detenían ahí, pues un enorme yeso mantenía recogido uno de sus brazos. Debajo de las sábanas, más magulladuras y cortes podían ser encontrados, así como una faja que ayudaba a mantener en su lugar las diversas costillas rotas por el choque contra el volante. Diversos cables se ponían divisar saliendo por los costados de la manta que le proporcionaba la calidez necesaria para su cuerpo, conectándolo con las modernas máquinas que monitoreaban diferentes áreas de su cuerpo, entre ellas su ritmo cardíaco y presión arterial. Otras se encargaban se mantenerlo estable, tal era el caso del aparato respiratorio que proporcionaba oxígeno a sus pulmones o el suero que le era suministrado vía intravenosa. Y de un momento a otro, casi de la nada, el calmado beep de su frecuencia cardíaca aumentó, anunciando el regreso del heredero. Un grito de dolor siendo arrancado de sus labios al sentir el nuevo estado de su cuerpo.