Cuento que escribi para un concurso hace tiempo x)
DespertĂ© con el temor de  que mi persona se encontrará con el terrible destino que todos mis sirvientes habĂan en encontrado las recientes semanas. Recuerdo el pánico que me invadiĂł aquella mañana cuando un escalofriante grito proveniente del jardĂn trasero me hizo reaccionar de aquella pesadilla que toda la noche acelero mis latidos y paradĂłjicamente helĂł mi sangre, sin embargo, hubiera veces haber permanecido en mi horrible sueño.
 Todo comenzĂł con un mal presentimiento, mi mente jugaba con mis sentidos y me proyectaba mis temores en donde no los habĂa, lo que provocaba exaltarme cada instante,  la paranoia me fue arrebatando lo que me quedaba de cordura. Cuando al fin encontraba en mi lectura cierta calma, caĂa en profundo sueño, en Ă©ste, me fue posible observarme a mi mismo caminando alrededor de mi mansiĂłn, recorrer cada habitaciĂłn, observar minuciosamente que nadie estuviera cerca, de pronto me sentĂa perseguido; el más profundo temor que experimente durante el dĂa parecerĂa un simple suspiro al tratar de explicar el miedo que invadirĂa espontáneamente, sentĂa mis parpados tratar de abrirse con toda mi fuerza, el sudor que recorrĂa por mi frente y manos hasta las piernas, fue lo más cercano a estar en el infierno esa noche; hasta llegar al momento que me fulminaba en la pesadilla e irĂłnicamente me devolvĂa a la realidad fue ver mis manos teñidas de rojo y mi cadáver desangrándose en un arbusto exclamando clemencia con el Ăşltimo aliento de sabor a muerte.
Fue cuando escuche aquel espantoso grito y despertĂ©, salĂ corriendo al balcĂłn de donde mirĂ© hacia el jardĂn, donde se encontraba el cuerpo inerte de una empleada de servicio, quedándome con la impresiĂłn de que el cuerpo estaba en la misma posiciĂłn, en el mismo arbusto y con la misma expresiĂłn de angustia en la que yo desfallecĂa en mi sueño, corrĂ al tocador, alcance a verme en el espejo con una palidez similar a la que tienen los muertos y me desvanecĂ en el suelo.  Pasadas varĂas horas reaccione en el consultorio de mi doctor, extrañándome la presencia de un sujeto llamado Carl Reichenbach, un quĂmico alemán que sorpresivamente acababa de ser aceptado en la Academia de Ciencias,  dĂas posteriores, al estudiar los trabajos de Reichenbach exprese mi rechazo a su incorporaciĂłn al parecerme retrogradas muchas de sus teorĂas. Él me ofreciĂł un remedio a base de Atropa belladona, una planta de la que conocĂa desde mi infancia cuando preparaba en tĂ© al sufrir dolores de cabeza, comentĂł que esta era una especie ausente de Europa y que sus efectos eran sorprendentes ante traumas como los que me  invadĂan desde aquella noche,  el trato para someterme al exĂłtico remedio serĂa aceptar a Reichenbach en mi hogar con el objetivo de permitirle contemplar mi evoluciĂłn.
 El tratamiento fue sensacional, ni siquiera la constante presencia de la policĂa me alterĂł durante cuatro semanas, pero fue en una luna llena cuando el doble asesinato de mis jardineros coincidentes con  nuevas pesadillas en la misma noche, me hizo estremecerme y sugestionarme cayendo en un estado peor al inicial, sospechaba  ahora que un desalmado rufián advertĂa un atentado contra mi persona. Para tranquilizarme, el alemán aumento considerablemente la dosis de Belladona en mis tĂ©s, lo que me mantuvo con tranquilidad l, hasta pasado un mes cuando alucinaba Reichenbach tratando de detenerme y exclamando que la planta y la luna llena tenĂan un efecto delirante que me tenĂan en estado de trance durante mis pesadillas, logrĂ© abrir los ojos y observe mis manos y mi vestimenta llena de sangre frente al cuerpo de la cocinera, aun observándome con ojos de horror.