Aves de colores.
Como de costumbre crucé la calle con precaria disposición a ser atropellado en cualquier segundo. Las vÃas que cruzaban la calle sostenÃan el monumental trozo de metal cargado de almas sin gente, donde reinaban los gritos, empujones y pocas ganas de llegar al destino; cualquiera que fuese. También me dirigÃa al tren. Cruzó la segunda calle con sórdida esperanza a devolverse a la cama. No dormà durante tres dÃas. Abril estaba preguntando muchas cosas. Sin extrañamiento se dio cuenta que era hora de volver a casa y apareció junto a mi en un dÃa lluvioso, justo después de que pasé la tarde pidiendo que no regresara.
    La voz infantil de la menor, curiosa y despreocupada, le transmitÃan un olor a hierba pudriéndose. La primera vez habÃa llegado hace más de cuatro años, cuando la tormenta no dejó el fresco olor a tierra mojada por la mañana. En cambio, se percibÃa el dolor que subÃa al cielo en forma de vapor. Abril siempre estaba preguntando cosas y ella no sabÃa nunca qué responder. TenÃa miedo de ella. De él. Cuando sintió su mano aferrada al suéter de lana casi quiso lanzarse a las vÃas apenas pasara el tren. ¿No se suponÃa que para eso servÃan las pastillas? Sintió que desperdició, de nuevo, su tiempo. Esta vez la niña no preguntó nada y siguió caminando sin decir palabra, sin preguntar sobre su ausencia y sobre su regreso.
    QuerÃa pensar que serÃa como uno de esos monstruos bajo la cama. Si te convencÃas de que no estaba allÃ, simplemente no lo estaba. Como siempre sucede con las cosas del universo: no funcionó. Sentà la presencia de la niña siguiéndome a todas partes, la sentÃa cuando subÃa a la cama, cuando se levantaba por las mañanas, cuando estaba tras de ella sin decir palabra.
     Ese nuevo silencio la angustiaba más que todas las preguntas que solÃa hacer. Quiso gritarle que se largara. Que no era bienvenida. Que no querÃa que él volviera. Pero no dijo nada. TenÃa la firme convicción de que en algún momento se irÃa (como se habÃa ido durante los últimos años). Cosa que no sucedió en semanas. HabÃa dejado de dormir, de comer, de existir. Lo único que me mantenÃa en pie era la ansiedad, el café de las mañanas y el dolor en esa parte del cuerpo que no existe. Lentamente me acostumbré a su presencia.
    Porque uno siempre se acostumbra a lo que le hace daño. Las tormentas por las noches comenzaron a llegar con más truenos. Yo quise fingir que todo seguÃa bien. Como siempre. Las cortinas abiertas y la luz entrando por la ventana la dejaban ver la silueta de la niña, jugando siempre, moviéndose, corriendo por el angosto pasillo junto a la puerta.
     Abrà la ventana para dejar entrar el fresco. Abril saltó un par de veces desde el tercer piso. La sintió tomar su brazo para alcanzar la ventana. Como un ave de colores volvÃa liviana y despreocupada por la puerta. Me convenció de saltar sin decir palabra. La tomó de la mano y ambas emprendieron el vuelo por las ramas de un árbol que nunca estuvo allÃ.
Marzo 16, 2018













