Cuentan que estabas tan guapa, que absolutamente todos creyeron de nuevo en el matrimonio. He repasado nuestras fotos, mi vida lejos de tu piel es como si alguien de repente pusiera de fondo mi voz grabada. No me reconozco sin ti. Imagino a tu madre sonriendo a las mesas, a tu sobrina metiendo los dedos en la tarta, a tu padre borracho buscando un baile con la chica con el vestido más corto. Intuyo que no tiraste el ramo, que la liga te la dejaste arrancar de madrugada, que has elegido Venecia para que se hunda el pasado, mientras un gondolero fornido, te desnuda sin piedad en un rincĂłn de sus sueños. Yo, ya un cualquiera, te acepto a ti como mi mayor fracaso, echarte profundamente de menos en lo prĂłspero y en lo adverso, en la pobreza y en la miseria, en el dolor de tu ausencia y en esta enfermedad de mi nostalgia, todos los dĂas de mi muerte, hasta que la vida nos separe. No te recuerdo de blanco, ni siquiera en lo más intimo de tu piel, tampoco memorizo que alguna vez me dijeras que querĂas ser princesa, no iba contigo tanta elegancia, tanto desfile entre lo pasional y lo pactado. A ti que tenĂa que llamarte puta tres veces para que llegaras al orgasmo. Tres veces, como invocando al diablo para que aparecieras tĂş. He brindado por ti en la terraza, entre macetas que asocian la primavera con tus dedos, al fin y al cabo no puedo reprocharte nada, la vida está llena de caminos y yo para ti solo era una isla en mitad de ellos, un área de descanso, una gasolinera antes de la autopista. TĂş tenĂas hambre y yo sed, tĂş una colecciĂłn de sueños, yo un aval interminable de promesas, tu cosquillas en los besos y yo lágrimas en la lengua. Estábamos hecho el uno para los otros y lo otros siempre eran mejores que yo y las otras nunca han llegado a parecerse un poco a ti. A ti y a ese corazĂłn que no te cabĂa en el pecho y esos pechos que no te cabĂan en las manos y esas manos donde mi vida bailaba y esa vida que ya no aceptaba otro baile. Te imagino aceptando el anillo ante un cura que hubiera cambiado de profesiĂłn por resbalar por tu escote. Jurando fidelidad como si nunca me hubieras conocido. Firmando sin temblar en un libro que jamás hubiera aceptado mi nombre. Recibe ese anillo en señal de tu desamor y mi infidelidad, en el nombre del padre (que no fui), del hijo (que no tendremos), y del espĂritu santo. Supongo que es hora de besar la derrota. Poeta, ya puedes olvidar a la novia.