La última batalla
El suelo embarrado por las lluvias de anoche no ayudaban en la marcha. El sol castigaba amargamente y sin piedad. No se veía el final de las tropas enemigas pero jamás se plantearon la retirada.
-Maestro, son más de los que nos informó el explorador. -Vriska, ¿Cuántas veces más te tendré que decir que ya no hace falta que me trates de “maestro”? Ya somos Hermanos de la Espada, somos iguales.
Ya hacía 2 años desde que cerraron el portal de los Atlantes, pero la tierra seguía infestada de profundos y la reconquista era lenta y costosa. La coalición de las naciones era firme, pero era más que tangible la desconfianza mutua. Demasiados años de guerra entre ellas habían quebrado cualquier lazo de camaradería que hubiera llegado a existir. Una flecha surcó el aire y se clavó a escasos metros de las tropas. -¡ACOGEROS A LA FE DE VUESTROS DIOSES, NO DAREMOS NI UN PASO ATRÁS! Un rugido surgió de lo más profundo de miles de gargantas, un rugido de rabia, furia y sed de sangre. El enemigo seguía avanzando, sin forma ni orden. Una bola viscosa de un rojo anaranjado vivo surgió de sus filas y derribó a varios aliados. Fue tan rápido que los clérigos no tuvieron tiempo de reaccionar.. -¡FORMAD! La primera fila levantó los escudos más conscientes que nunca de que era inútil contra esa magia. Otro fogonazo surgió del caos y el desorden, pero esta vez los clérigos ya estaban alerta y una pequeña vibración en el aire delató el escudo mágico. Un zumbido sordo y molesto resonó en los cascos de los soldados al extinguirse la bola de fuego.
La luz surgía de las manos de los sanadores y los médicos vendaban tan rápido como podían. Se escuchaba el chasquido de las cuerdas al liberar las flechas del aguante de sus portadores que dibujan una parábola perfecta antes de clavarse en carne, cuero, metal o barro. La magia hacía que el ambiente oliera a azufre y tapaba el olor a sangre.
-Aguantad, aguantad…
Compañeros caían al recibir una flecha y las filas tenían que volver a reorganizarse para tapar las brechas en las defensas. Las demás filas los arrastraban para que recibieran atención medica. El chocar de los escudos resonó en el campo de batalla y los gritos de ambos bandos sonaban como un coro desgarrador de sufrimiento y muerte. Las órdenes de distintos comandantes confundían a los soldados, por mucho que existiera una coalición nunca se habían llegado a entender entre ellas las facciones. Los Estigios luchaban con bravura pero no había camaradería entre ellos ya que consideraban que cualquiera era reemplazable, mientras que los Nemedios no rompían la formación jamás y eran una máquina bien engrasada. La formación se estaba rompiendo, una criatura azul con aspecto insectoide estaba haciendo retroceder el franco izquierdo y causando muchas bajas. Por las brechas que había abierto se colaban más y más Profundos, que cargaban sin el sentido de supervivencia, sedientos de sangre.
-¡Nemedia retroceded, el franco izquierdo esta cayendo!
Pero era demasiado tarde, los arqueros impotentes y sin defensa corrieron en desbandada, el franco izquierdo estaba intentando recuperar la formación, pero los soldados Nemedios estaban aislados y rodeados. De entre ellos surgió un rugido que parecía hacer callar a aquellos que lo escuchaban. Un lobisome salió de entre ellos, apartando a los Profundos como si fueran de trapo, desgarrando cuellos, arrancando extremidades y avanzando a través de los enemigos. -¡Formad al rededor de Rojo, Nemedia no abandona a nadie!
El metal contra metal resonaba, los gritos se ahogaban, y el tiempo no perdonaba, la batalla se alargo, pero como todo inicio tuvo un final.
El cielo se empezaba a oscurecer y tanto el escudo destrozado como la espada pesaban en las manos de su portador. Los gemidos flotaban en el ambiente, los cuerpos pesados e inmóviles se hundían en el barro. Una sonrisa se dibujó en su rostro al ver que sus miradas se cruzaban. El peso de la armadura era insoportable, las manos perdían fuerza y la espada se resbaló de sus dedos empapados. Las rodillas no querían seguir obedeciendo y cedieron. Vriska corrió hacia él antes de ver que 2 astas salían de su cuerpo.
-¡Maestro aguanta! Saldremos de esta como de tantas otras—. Dijo ella mientras rodeaba su cuerpo con los brazos. -Cuantas veces te tendré que decir que ya no soy tu maestro…









