**Spanish**
Después de mucho, logré no sólo volver a escribir sino, también, avanzar la historia de Romav.
Espero que las personas que estaban interesadas en saber más de ese cínico arrogante disfruten estos dos pequeños capítulos de cuando era un mocoso y sus aventuras con rata(-chan).
(Ngh, cómo antes tenía la fuerza para postear fics)
- Vamos Roró, suéltame la mano, debo ir a hacer cosas a la casa.
Romav le miraba atentamente mientras apretaba con más fuerza su agarre en la falda de su madre y seguía los pasos que ella daba. Tatiana, mirando sobre su hombro, suspiró para luego hacer una sonrisa y se detuvo. Se giró y acuclilló para ponerse a la altura de su hijo y, acercando una mano lenta y cariñosa la posó sobre las hebras doradas y despeinadas que caían como cascadas de la cabeza del pequeño. Le dio unas palmaditas mientras intentaba establecer nuevamente contacto visual con Romav, ya que este había desviado su mirada hacia el suelo.
Fallando, Tatiana acomodó sus propios cabellos rubios y canosos detrás de su oreja después de darle las últimas palmaditas en la cabeza a Roró. Sacudió su larga falda parchada con telas de colores, le dio la espalda y se alejó.
No esperaba una súplica del pequeño Roró de que se quedara o, mejor aún, que lo llevara con ella. Hablaba en tan contadas ocasiones y tan poco comunes que era imposible que lo hiciera ahora y, aunque lo hiciera, quizás no lo reconocería. Hasta ella, como madre, no recordaba bien como era la voz de su hijo.
Romav no se movió de su lugar por lo menos una hora hasta que una asistente de la escuela lo halló y obligó a entrar al edificio arrastrándolo del brazo. Seguía por inercia los tironeos en su muñeca y cuando le hablaban sólo escuchaba voces en tono bajo, distorsionado y lento. No entendía y tampoco se empeñaba en esforzarse por ello, asumía que no era algo de gran importancia.
Mirar las líneas de la madera del mueble, el mismo punto, sin mover ni un milímetro la pupila para ver con exactitud cómo el polvo se encajonaba dentro era mucho más cautivante.
- Nuevo alumno, llega tarde y mírelo, ¡No reacciona! ¿Está segura que no le ocurrió nada en el tiempo que estuvo perdido?
- No señora, lo encontré ahí para'o, sin nadie cerca. 'ara esa hora ya todos los chiquillos esta'an en clase.
- Mmm. Esto es un problema. Su madre me advirtió que no era muy comunicativo, pero esto es... es una situación completamente nueva.
La directora bajó sus lentes y se llevó una mano al puente de la nariz, acariciándolo para luego volver a colocarlos donde correspondían.
- ¿Piensa deja'lo fuera de la escuela señora?
- Como híbridos, esa sería una opción más que viable, sería lo obvio... - Se acercó a la ventana, la luz que entraba por ella daba cuenta de que aún no eran más de las doce de la tarde. - Mas, mi política como educadora y además, como herbívoro, me impiden seguir aquellas leyes consuetudinarias.
- Por ende, no puedo permitirme rechazar a este alumno aunque sea... - Se giró un poco, hacia la derecha para ver mejor al chivo sentado frente a su escritorio del cual no despegaba la vista. - Bueno, no puedo. No tendremos los suficientes medios, pero si hemos hecho excepciones antes, podremos con él.
- Entonces, eso significa que--
- Por favor, llévalo al aula C y dile al profesor en turno que no despegue sus ojos de él pero que en términos académicos lo ignore, al menos por ahora. Estudiándolo un poco podremos ver que procedimiento seguir con él, en mi escuela nadie será una excepción.
La muñeca de Romav era nuevamente encerrada en una mano, una mano rasposa, no le gustaba. Las escamas se sentían raro en contra de su piel. Eran frías, y miraba sus pies mientras pensaba, frías y duras y rasposas, y sus pies se iban a tropezar con su túnica si seguían tirándolo tan rápido. ¿Y que era eso? Parecía que eran medias viscosas también, no, definitivamente no le gustaban las escamas y sus pies se detuvieron de pronto haciendo que chocaran sus deditos contra su talón, cosa que le dolió, pero nuevamente volvieron a tirarlo muñeca así que no pudo concentrarse en las hormiguitas que empezaban a rondar sus dedos hasta que se dio cuenta que estaba sentado en una silla y frente a otro escritorio, más pequeñito y rayado con tinta y lleno de arañazos.
Examinó las líneas de todas direcciones durante la hora de lengua, y la de matemáticas, también en el recreo, y en geografía. Incluso se quedó ahí cuando era pasada la hora de salida y su madre llegó a la esquina, al final del salón, a buscarle. Lo tomó en brazos y emprendieron camino a casa.
Parte 02: Guisado con zanahoria.
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El otoño con sus ráfagas refrescantes se lucía al derribar las últimas hojas de los árboles. El suelo estaba tapizado de ellas, formando una alfombra de tonos cafés, rojos y amarillos perfectos para que un híbrido de chivo se escondiera en ellas. Sólo sus cuernitos se lograban divisar fuera de la montaña de cadáveres otoñales que él mismo había construido.
Tenía cerrados los ojos, ya que la tierra que caía de las hojas se había acumulado demasiado en sus párpados como para abrirlos, aunque tampoco había necesidad de hacerlo. No deseaba mover ni un músculo, si pudiera evitar respirar estaba seguro que lo haría. Lamentablemente, hace unos días había aprendido que aquello no era posible debido a que al intentarlo, perdió el equilibrio al marearse por falta de oxígeno cayendo y aterrizando de faz contra la pata de la mesa de la cocina.
Un parche curita ocultaba ahora el raspón que se hizo.
Al avanzar la tarde, el viento corría con más fuerza moviendo así de su lugar correspondiente algunas hojas que cubrían su cuerpecito. Empezaba a helar también. Pero las ganas de no moverse eran superiores incluso a los escalofríos que comenzaban a invadirle.
- ¡Uno dos tres! ¡Te eeeeencontré!
Unos pasos veloces y pesados se acercaban en su dirección. Pasos que conoció por primera vez hace dos años. No hubo respuesta.
- Creí que nunca lo haría, eres demasiado bueno en esto eh.
La respiración era entre cortada y si bien, se notaba un esfuerzo en que la voz se proyectara de una manera sólida y segura, se notaba un tinte nervioso que no era provocado por la carrera a la que había estado expuesta.
- Ehhh, estás lleno de tierra. Yo no voy a explicarle a la madre sobre esto ¿Va? Ya, vamos. - Extendió la mano y agarró en ella la de Romav. Con un pequeño tirón hizo que se levantara y luego la soltó. - Es hora de cenar y no te imaginas que hay.
Romav se sacudió su túnica y la siguió con paso lento desde atrás. Tragó saliva, dudosa de romper el silencio nuevamente.
- ...Hay guisado, y esta vez tiene zanahorias, lo puedo confirmar porque yo ayudé hoy. - Rió. - ¿Te gustaban las zanahorias no? ¿O era la lechuga? Ungh...Creo que no hay hasta dos días más, pero al menos estará fresca.
Se detuvo y giró para ver al chivo, ladeando inevitablemente su cabeza hacia la izquierda y pestañeó dos veces marcadamente como siempre lo hacía cada vez que estaba procesando algo inexplicable.
Una sonrisa se dibujó en su rostro al tiempo que su cabeza volvía a su posición normal.
- Hoy me toca cerca de la ventana, ¿Comemos juntos?
La mirada del chivo se desvió hacia el suelo, rompiendo cualquier contacto visual que hubiese ocurrido y asintió con un pequeño movimiento.
Ella le volvió a dar la espalda al tiempo que ambos reanudaban su paso en dirección al casino de la escuela. A paso algo rápido cabe decir, después de todo, estaban apunto ya de cerrar las puertas al comedor y comenzar a servir.
Ya caída la noche Romav miraba el oscuro techo de su habitación común. Saboreando aún los restos del guisado en su boca al pasar la lengua por sus encías pensaba en lo beneficioso y agradable que sería tener la edad de su amiga puesto que a los quince los estudiantes tenían derecho a una habitación privada debido a que al menos la mitad de ellos abandonaba los estudios.
La vida exige mucho, y perteneciendo la gran mayoría a los grupos con menores ingresos del poblado (porque estaba a unos cuantos kilómetros lejos de la ciudad principal), no había más remedio que dejar de perder tiempo en aprender las letras y nombres de figuras ilustres que nunca levantaron más que un dedo por gente como ellos.
Los campos los llamaban como el cobre al minero y el salmón al pescador.
Romav hubiera tenido un futuro no muy distinto al de sus ex compañeros que con sólo diez años ya habían sido tragados por los eternos mares dorados de maíz. Mas, lo que lo salvó fue su innata incapacidad para el trabajo físico y que era menos dañino tenerlo encerrado en la escuela que en los campos manejando guadañas al ser considerado retrasado mental.
Pero debía ser paciente, sólo cinco años más. Quizás menos, incluso. Se medio levantó de la cama para echar un vistazo a la habitación y confirmar que doce de las treinta camas estaban vacías sin esperanza de ser utilizadas prontamente.
Por eso, se le ocurrió, mañana le preguntaría a su amiga que posibilidad había de obtener una habitación privada antes de los quince. Lo más probable es que ella no supiera, pero sabía que por esa misma razón, ella averiguaría por todas partes hasta obtener una respuesta y estaba seguro, también, que cuando se la fuera a dar le invitaría algunas galletitas de avena que la cocinera le regaló por ayudarle sin ser su día de hacerlo o lo llevaría a su taller de costura (que encontraba estúpido, por cierto, pero le gustaba estudiar los diseños de las telas)para charlar mientras ella terminaba de coser unos chales para el invierno que se anunciaba abrumadoramente frío. Y, obviamente, nadie se le ocurriría hacer un comentario preguntándo por qué él estaba ahí ya que, gracias a que en escuelas como aquella nunca sucede mucho, las noticias se expanden como plagas y cuando a alguien le daban la condición de tonto, como a Romav al cual ni el abecedario habían enseñado por creer que sería una pérdida de tiempo, estaba marcado para siempre.
Tan marcados quedaban que nadie hacía nada para ayudarlos, simplemente los ignoraban dejándolos ser. A menos, claro, que fueran un peligro para los demás.