Vasily Pukirev, The Unequal Marriage (1862)
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Vasily Pukirev, The Unequal Marriage (1862)

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La pedagoga menstrual Erika Irusta nos ha ayudado a hacer esta Biblia para aprender a conocernos mejor y organizarnos segĂşn nuestras necesidades y posibilidades.
Lo que hacemos en las redes sociales con nuestra identidad y nuestra vida no es otra cosa que autoficciĂłn, sobre todo en plataformas narrativas de blogging y microblogging. Somos las historias que contamos en cada momento, y la fluidez que ofrece la red a la hora de crear y difundir estas historias es inaudita. «Dicen que las redes sociales son necias», tuitea Hari Nef, «y sin embargo, Âżen quĂ© otro espacio tienen las mujeres tanto poder para proyectar su imagen o perspectiva sin la supervisiĂłn de los hombres?» Tal vez precisamente por eso se consideran necias; insignificantes y frĂvolas, como todo aquello que se asigna a la esfera femenina. Resulta contraintuitivo que, hasta muy recientemente, la literatura domĂ©stica, femenina, haya sido considerada aburrida por el canon, contrapuesta a las aventuras masculinas. La vida de las mujeres, de principio a fin, está marcada por la violencia. Nacemos, se nos enseña a tener miedo, a ser observadas y objetificadas, sangramos, damos a luz o sufrimos nuestra esterilidad, nos hacemos viejas, somos olvidadas y morimos o nos matan. Nuestros roles –el matrimonio, la crianza, los cuidados– están diseñados para mantenernos dolorosamente quietas. Lo que se nos obliga a soportar es un sufrimiento calculado y malicioso, y no es natural: viene designado por Ă©lites, polĂticas e industrias. En un mundo cada vez más conservador y autoritario, la voz de las mujeres es más necesaria que nunca. Seguiremos entregándonos sin vergĂĽenza y sin miedo, desafiando todas las rigideces y comandos. Nuestras experiencias son comunes, y compartiĂ©ndolas aprenderemos a sortear nuestros obstáculos, y más tarde derribarlos. Seguiremos creando. Seguiremos contándonos.
Clara Lis, “Conteniendo multitudes”
The ever expanding role of therapeutic discourses and tools in our culture points not only to the tremendous stress that the average person faces, but to the eroding ability of an increasingly economically precarious and socially isolated population to access in-person kinship networks capable of providing care or even of health insurance to subsidize affordable psychotherapeutic assistance.[7] In light of these larger social fractures, I argue that the care offered by ASMR serves a legitimately important, though also totally mediated, function, for its users in its capacity to make the embodied presence of the performer palpable for the user. [...] the idea that listening can be an ethical form of attention, has gained significant traction as a counter-practice to the West’s linkage of rational vision and social control. By linking women’s affective labor and ASMR’s experimentation with sound’s embodying qualities, this essay questions whether ASMR can function as one such ethical counter-practice. [...] ASMR practice, with its modest proposition of making the viewer feel good, challenges the traditional devaluation of women’s work and represents a form of reparation for the somatic tax placed on bodies by postmodern regimes of labor, while pushing the very boundaries of mediatic sentience by means of a few simple and widely available technologies. To understand ASMR in its early utopian dimensions helps us remember that technological developments can be driven by values antithetical to capital.
Laura Jaramillo, “ASMR: auratic encounters and women’s affective labor”

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Hablamos de una serie de artistas olvidadas entre la tecnologĂa la ciencia y el arte. Mujeres que llevaron lejos la relaciĂłn entre la imagen y el sonido.
Pere CatalĂ i Pic, Desig de vol (1931).
[...] reivindicamos lo cursi y lo “femenino”, particularmente si se da en forma de hipĂ©rbole casi caricaturesca; nos recreamos en sumergirnos en esa exacerbaciĂłn de los sentimientos ñoños y facilones que tantas veces se nos han negado como ilegĂtimos, como sentimientos “inmaduros”, “femeninos” y, en algunas ocasiones, explĂcitamente “estĂşpidos”. En este sentido, nos oponemos rigurosamente a la aceptaciĂłn social de la brutalidad de otras formas de entretenimiento de masas y, a cambio, abogamos por lo naif y lo sensiblero como forma de resistencia al androcentrismo violento de mucho de la cultura pop más respetada. En la misma lĂnea de resistencia en lugares deslegitimados por parte de los diversos nĂşcleos de poder de la creaciĂłn, gestiĂłn y valoraciĂłn de los productos culturales en general, reivindicamos tambiĂ©n nuestra huida del academicismo elitista que condena la telebasura (sic) al lugar de lo “infantil”, “vulgar”, “popular”, etc. (lĂ©ase todo esto como sinĂłnimo de “inferior”). Nuestra forma de resistirnos al asimilacionismo a las clases burguesas intelectuales, al androcentrismo de las formas legĂtimas de conocimiento y ocio, y al clasismo de las esferas eruditas más poderosas que conocemos, es refugiarnos en el disfrute de este tipo de ocio. Disfrutamos más de OT2017 sabiendo que los lugares legĂtimos “importantes” de producciĂłn de cultura condenan tanto al programa como a las personas espectadoras de Ă©l como inferiores en lo que a desarrollo intelectual se refiere. En tercer lugar, reivindicamos tambiĂ©n el perder el tiempo como una resistencia crucial ante la forma de capitalismo que nos ha tocado vivir. Concretamente, de nuestra edad, clase y formaciĂłn se espera (justo tras terminar una carrera de humanidades “sin salida”), una dedicaciĂłn completa y casi desesperada a colocarnos en un lugar productivo para el sistema, sea este en la academia, en el Carrefour, en el INEM o en otro master. Saboreamos asĂ nuestro tiempo deliberadamente perdido (invertido) en una actividad que no nos reporta ningĂşn beneficio mesurable inmediato.
Belén Liedo Fernández, “Pa’ fuera lo malo: sobre potenciales resistencias en OT 2017″