Nahui era hija de Mondragón cómplice del asesinato de Madero. Se llamaba Carmen. El médico Raoul Fournier quien la tratara hasta el final de su vida siempre la halló con actitud creativa y sorprendente y también Homero Aridjis muy inspirado escribiría bastante sobre ella.
Pero su adorador sería el generoso Tomás Zurián quien coleccionara toda aquella obra poética escrita en francés, y también toda su obra pictórica además de sus ropas y un inventario de objetos personales, fotos, y algunos recuerdos como para organizarle un verdadero altar.
Cualquiera que pretendiera conocer a Nahui Olin debería recurrir al pozo de la sabiduría que es Tomás Zurián. También Adriana Malvido fue biógrafa confiable y excelente. El Doctor Atl es quien rebautizara a Carmen con aquel sobrenombre de Nahui Olin y él la volvió mítica.
Nahui Olin es nombre en el lenguaje náhuatl del cuarto movimiento del sol y que se refiere a aquella renovación de los ciclos del cosmos que resultara ser este tema constante en la vida y dentro de aquellos escritos de esa Nahui según nos fue detallado por Andrés Henestrosa.
Ella predijo viajes interespaciales mucho antes que estos astronautas pisaran la Luna. En 1922 Nahui publicó este libro de poemas 'Óptica Cerebral'. En 1937 aquella editorial Botas publicaría su libro 'Energía Cósmica' con esta singular portada que fue diseñada por ella misma.
En este libro, propondrá ideas de un desgaste molecular del universo y también comenta sobre aquella teoría de la relatividad de Einstein. Dice no estar de acuerdo con detalles de esta teoría sin citar cuáles y duda dando así pruebas de un raro genio matemático para su época.
Nahui y Atl viven en azotea del Convento de la Merced y el amor los haría rodar como bolas de fuego. Para calmar ansias se bañaban en tinacos de la Merced y estos inquilinos protestan. Atl alega ‘si toman píldoras del Doctor Ross pueden beber aquella agua del Doctor Atl’.
Eran fiesteros, Nahui recibirá amigos desnuda con tacos y tostadas, bajo sus senos. Diego y Lupe Rivera, Adolfo Best Maugard, Ricardo Gómez Robelo y Tina Modotti, Edward Weston, con Dalila y Carlos Mérida; bailan, cantan, pintan, se toman fotos y desacralizan Méjico.
En un trozo de cartón Nahui esboza el retrato a lápiz de Ed Weston. Aquellos dibujos de Nahui son como ella, ingeniosos, libres y frescos. Weston le toma los retratos prodigiosos de aquellos ojos misteriosos y aquel cuerpo desnudo de la Nahui Olin que ya han hecho historia.
También Antonio Garduño capturará desnudos de su cuerpo de diosa sin aquel impacto de las fotos de Weston. ¿De dónde provienen estos ojos de sulfato de cobre de algunas mejicanas que las harán aparecer encandiladas, posesas, veladas por la hoja de árbol, o la ola de mar?
De que Nahui Olin tenía el mar en sus ojos a nadie le cabía la menor duda. Era aquella una verde agua salada removiéndose en estas dos cuencas adquiriendo la placidez de un lago sereno o transmutándose furiosa en tormenta verde, o en esta ola tan inmensa y amenazante.
Vivir con aquellas dos olas de mar dentro de la cara no ha de ser una cosa fácil y convivir tampoco. Atl explica ‘caí ante aquel abismo verde instantáneamente, como el que se resbala de una roca y se precipita adentro de un océano’. Así es esa atracción muy extraña e irresistible.
A Alain Paul Mallard encargaron el guion de una película y prefirió hacer el libro que rescatara el paraíso de ambos. ¡Pobre Nahui Olin!, ¡pobre Dr. Atl!, vulcanólogo vulcanizado. Su volcana ruge más que la Iztaccíhuatl esa que no dormía jamás. Sus escurrimientos eran fuego.
¡Ay esta volcana! ¡Pobre Dr. Atl! Según Alain Paul Mallard, la Nahui no sólo es un relámpago verde sino una mujer culta que ama al arte, discute aquella teoría de relatividad que habría alegado con Einstein de serle posible, tocaba bien el piano, compone, y redactaba poesías.
Además pinta, sabía juzgar una obra de arte y creía en Dios. ‘Eres un Dios, ámame como Dios, ámame, como todos esos dioses juntos’, ella le decía. La que sabía todo sobre el placer por tener este mar adentro de estos ojos, era aquella Nahui Olin. Sería por esto Atl así le escribió:
Mi esa mi vieja morada ensombrecida
por estas virtudes de mis antepasados
se ve iluminada con fulgores de pasión.
Nada estorba, ni amigos ni prejuicios.
Ella ha venido a vivir a mi propia casa
Se ha reído del mundo y de su marido.
Su belleza se ha vuelto más luminosa
como sol cuyos fulgores se acrecientan
como en este choque contra otro astro.
Mallard egoísta se encerraría con ella a solas, para mirarla caminar desnuda en la azotea del Convento de La Merced, y es quien más la llega a conocer gracias a la sensibilidad como un escritor y maestro de cine para varias generaciones de esos ansiosos jóvenes europeos.
Cuenta Juan Soriano ‘Atl es chiquito, flaquito, perverso; vivía en esta azotea del Convento de La Merced, y corromperá a Nahui con droga’. Nahui se asume sexualmente en un país de timoratos e hipocritones y así es cómo la contemplara ese célebre cineasta Alain Paul Mallard.
Aquel escritor la haría aparecer como mujer-cuerpo, mujer-cántaro, mujer-ánfora, tan poderosa que libre se desbordaba de sí misma sin muros de contención. En este libro de Mallard toda la piel de Nahui parece estar escribiendo. Sus ojos eran de erotismo brutal y violento.
Estas escenas de Nahui trasquilada que toma Mallard son excelentes, también esos retratos que Diego Rivera le hace a ella en su mural 'La Creación' en el Anfiteatro Bolívar en 1922 y 1923, en este fresco 'Día de Muertos' en esa planta baja de la Secretaría de Educación Pública.
En 1929 el muralista Rivera vuelve a representarla en el muro de esta escalera mayor del Palacio Nacional. En 1953 la colocó este hermoso collar de perlas entre todo aquel contexto de esa burguesía porfiriana del gran mural 'Historia del Teatro en Méjico', del Teatro Insurgentes.
Roberto Montenegro, la retrata como personaje de la corte española. Tomás Zurián considera a Nahui una de estas primeras feministas sin pancartas que con aquella sola fuerza de sus meros actos transforma su condición femenina y resulta justo ahí en donde él se preguntará:
‘Que si Nahui era loca no importa, ¿acaso no lo fue Juana la Loca, o Camille Claudel, Nietzche, Otto Weininger, Antonio Gaudí, Hugo van der Goes y Antonin Artaud?’ Nietzche dejó escrito ‘siempre habrá un poco de locura en el amor; siempre hay algo de razón en esta locura’.
A veces la locura regalará mejores frutos que la razón. Tal y como lo describe el escritor Alain Paul Mallard ‘una relación con tan enorme intensidad, entre esta volcana y el pintor vulcanólogo, era una cosa que tarde que temprano tendrá que rematar haciendo una erupción’.
Nahui se encela y se hace injuriosa, el convento de la Merced se llena de insultos y estos muros resuenan con celos, gritos hirientes, cóleras, pleitos, desgarramiento. ¡Qué extraño! Aquel odio más grande es ese de dos que se hubieran amado y que ahora, encenizados, se separan.
Nahui repetirá a quien quisiera escucharla que Atl ‘era un medicucho cabrón’. En alguna ocasión observe desde lo lejos, allá, sobre aquella Alameda a cierta mujer ya de avanzada edad misma que ya hubiera quedado en un abandono, sobre la que Juan Soriano me informaría:
‘La vieja a la que siguen los gatos es Nahui Olin; come en una cocina económica y esos albañiles en el autobús se apartan porque les mete mano’. En su libro, Mallard nos presentará a Nahui sin la gloria de la juventud. Sólo aquella ira de esos ojos verdes recordaba su grandeza.
¿Por qué empezar de atrás hacia adelante? La diosa del movimiento es sólo la pobre anciana rodeada por muchos gatos, vivos o muertos, aquellos felinos que se llegarían a encontrar con ella, yendo por este camino por La Alameda, donde le temieran como si ella fuera bruja.
Nahui vs Atl de atrás para adelante. Ese espejito devuelve rostro a la mujer bellísima, el libro engrosará esta leyenda. Nahui, Tina Modotti, Nellie Campobello ahora satanizadas, se les reconocerá tardíamente cuando hayan muerto como sucediera con tantas mejicanas valiosas.
Es que Méjico acostumbra ser injusto con sus mujeres.
EL MAR EN LOS OJOS DE NAHUI
Ramiro Arredondo-Hernández
fuente
Elena Poniatowska











