La confesión de uno mismo (1/?)
La conversación más honesta que tendría sería a más de quince mil kilómetros de casa, al otro lado del Pacífico, con un extraño de un país que nunca visité y en un idioma diferente al mío.
Él hablaba sobre sus planes, sus objetivos su competitividad. Hablaba de su niñez, del éxito y de su afán. Esforzarse ahora en su juventud para disfrutar del dinero, de su familia y de su tiempo, en el futuro. Me enseñó sus planes, debidamente enlistados y programados en una pequeña pizarra: mes y año. Y sobre la gran mayoría, los tachones. Pude sentir la satisfacción que él había sentido al hacerlos.
Yo seguía su monólogo con interés. No interrumpí, no quería hacerlo. Por el contrario, lo alimentaba. Unas pocas preguntas eran suficientes para animarlo. También me concentraba para no perderlo. Creo que fue la primera persona que conocía con un ímpetu tan manifiesto e intacto, o al menos la primera que me mostró su ambición tan abiertamente y sin pena. Lo disfruté.
Sin embargo, mientras lo escuchaba, no podía evitar pensarlo.
En cualquier momento me tocaría a mí
Lo recuerdo diciendo "you probably think this is crazy" un par de veces. El miedo que tenemos a ser juzgados estaba ahí, en él y en mí por igual. Lo absurdo de todo esto es que ambos sabíamos que después de esa interacción nunca nos volveríamos a cruzar en la vida y aún así, nos importaba lo que el otro pensaría.
Hemos decidido ser esclavos de la impresión que causamos en otros, o mejor dicho, de la impresión que creemos que dejamos en otros.
Dió igual porque cuando comencé, ya no hubo qué me contuviera.