Las pequeñas satisfacciones
Como un gesto de magnanimidad moderna, de vez en cuando conviene darle a la gente común pequeñas satisfacciones. No conviene a usted ni a su interlocutor perder el tiempo haciendo aclaratorias innecesarias por unas convicciones que este último no es capaz de entender. Tampoco él quiere que usted se haga el interesante contándole sobre su filosofía, que a la larga solo le aburrirá; conténtese con seguir el juego mientras medita sobre algún modo de salir con elegancia de la conversación.
Nadie ha escapado nunca a toparse alguna vez con uno de esos ancianitos que, si bien no creen saberlo todo, están seriamente convencidos de cuán oportunos y utilísimos resultan siempre sus consejos. Dada la situación, si le es imposible huir antes de que el personaje articule alguna sentencia, usted sonría y preste a escuchar lo que él tiene para decirle.
Sienta plena confianza de jugar al imbécil con el viejito y demuestre que usted está realmente interesado en su discurso. Él no saldrá corriendo a publicar en los diarios—o en su bitácora digital— que acaba de ganarle en sapiencia a alguien que creía era un gran hombre como usted. Luego de la cháchara, él solo tendrá una pequeña satisfacción que comentará en su casa o frente a una partida de iguales, en tanto que será muy poco el sacrificio que usted y su ego habrán hecho por alegrarle el momento.
—Carta al excelentísimo marqués de Richmond. IV.I.MMXII.