NOCTILUCAS. NEÓN VERDE LIMA
Las luciérnagas son un prodigio de la evolución, o un milagro de Dios, o un regalo de la Naturaleza. El hombre debería aprender de ellas. A producir luz fría sin derroche en innecesarios acaloramientos; pero sobre todo a llamar la atención del amado produciendo estrellas, iluminando la noche oscura del alma. Esa noche en la que, parafraseando sarcásticamente al místico, dice Lucia Berlin que las licorerías y los bares están cerrados.
Este de la foto se está dando un baño después de haber cumplido con el cortejo que podéis ver completo aquí, en el escalón refrescante y marmóreo de mi porche veraniego. El macho parece llevar un casco de viajero celestial pero la hembra no es más hermosa que un gusano con cinturones, ¡salvo cuando se enciende!
Se trata de la luciérnaga mediterránea, Nyctophila reicheii. La larva se alimenta de caracoles que absorbe después de inyectarles unas enzimas que los predigieren. En este video podéis verla aplicándose a ello en el trapecio de una caña.
En su relato “Toda luna, todo año” (Manual para mujeres de la limpieza, Alfaguara, 2016), Lucia Berlin describe un paisaje mejicano insólito:
“A lo largo de la playa, desde el pueblo de Zihuatanejo [Estado de Guerrero, región Costa Grande], un débil resplandor y una danza de diminutos destellos verdosos. Luciérnagas, neón verde lima. Las muchachas del pueblo se las prendían en el pelo cuando paseaban al anochecer, en grupos de dos o tres. Algunas de las chicas se entreveraban los insectos por el pelo, otras las colocaban como diademas de esmeraldas”
Insectos usados por las humildes como joyas, engalanadas para gustar y gustarse, mientras suena el “¡Mambo” ¡Que rico el mambo!”.
En su magnífica novela Tartessos, Jesús Maeso de la Torre describe el templo de Noctiluca, la diosa que luce de noche, pero también el templo de la Luz Matutina, templo del Lucero que se hallaba posiblemente entre Sanlúcar de Barrameda y el cortijo de Évora, en aquel Cádiz medio fenicio junto al que Hércules sostenía las columnas del mundo. Allí se rendía culto a una deidad lunar que alentaba la fecundidad, diosa Madre, creadora luminosa. Allí la encantadora sibila alumbraba a los devotos con enigmas.