Capitulo 2: Una mala Idea
“Tu hijo nos ha traído muchos problemas, Markhass. ¡A todos!”
Fue lo último que escuché decir del canciller del rey antes de que me torturaran y encerraran en la celda más profunda de Jodhar.
Llevo meses en esta caja de piedra y todavía no veo el sol ni a nadie salvo el guarda que viene a darme mis escasas raciones de comida y al que trata de sacarme información. Todavía siento los golpes y los cortes de la última vez, cada vez son más fuertes y profundos y no sé cuanto más podré resistir. Creo que aún me necesitan con vida, sino ya habrían acabado conmigo.
Traté de escuchar, ver, u oler algo que pueda ayudarme a escapar de este lugar, pero toda posibilidad es completamente nula. Nadie ha salido de aquí con vida, y si yo pudiese salir, me esperarían cientos de guardias fuera de la montaña una vez den la alarma.
Estaba casi dormido y agonizando cuando entonces escuché lo que si reconocía.
-Guardia. Descanse, su labor aquí a terminado. Será designado a la frontera Oeste. Hable con el Canciller y asegure su puesto. –Oí decirle a mi inquisidor-
Sabía perfectamente que eran mis últimos alientos de vida y acaté a mi destino. Me arrastré y arrodillé a metros de la puerta de hierro a esperar mi fin. Escuché al guardia irse y al que iba a matarme, unos minutos después vi entrar por la puerta que dejó abierta.
Hubo silencio, tanto dentro como fuera de la celda. Esperaba que hiciera su golpe de gracia y me decapitara. Pero estaba tardando demasiado. Así mismo me estaba torturando hasta que quebró el silencio.
- ¿Qué estás esperando Markhass?- Era la primera vez que decía mi nombre.
-¿No creerás que voy a matarte, o sí?- Dijo sutilmente con burla mientras daba vueltas alrededor de la celda mientras me tenía en blanco con su espada. -¡Contesta!- Salté exaltado hacía atrás chocando contra la pared mientras lo miraba a los ojos. –¡No lo sé!– Mi grito de voz quebrada no fue eco a comparación de su grito de ira que aún seguía retumbando en las paredes del pasillo. –¿Acaso quieres morir de ésta manera? ¿Traicionando a quienes te dimos todo? ¿A tu rey, a tu pueblo, a tu hogar? ¿¡A todos!?
-Ya te he dicho que no sé dónde está mi hijo-. Sabía dónde podía estar, pero no iba a dejar que lo encontraran. –¡Si vas a matarme, hazlo ahora! No obtendrás ninguna información de mis palabras, me encerraron nada mas todo pasó, no pude hablar con él o verlo escapar ¡Ni tan siquiera me dejaron ver el sello!-
Hubo silencio de nuevo hasta que el coronel Ergund enfundó su arma.
-No vas a morir hoy, ni vas a sentir mis puños, ni mi hoja cortar tu asquerosa piel. Créeme maldito traidor, que te mantendré con vida hasta que me supliques, por todos los Dioses que acabe con tu vida, así como lo hice con cada uno de tus seres queridos.
Me miró con cara de odio y respondí con una corta carcajada- No será necesario rezarle a tus Dioses, Ergund. -ReÍ de nuevo-
En ése momento se acercó a mí desenfundando su espada y con el dorso golpeó mi sien y me desmayé.
Desperté con el sonido del plato de madera que contenía mi ración siendo colocado por un guardia de reemplazo a metros de la puerta, como era de costumbre.
Cuando fui a agarrarlo con desesperación, para mi sorpresa, el guardia abrió su boca –No te atrevas a comerte eso- Miré incrédulo al guardia y éste cerró la puerta.
Lechuga podrida, raíces hidratadas de árbol muerto y estiércol de caballo enfermo, era el plato especial de hoy. No podía dejar de mirarlo y tomé la advertencia del guardia como una broma pesada y fui a por lo más apetecible del plato. Empecé a apretar las raíces para que salieran las pocas gotas de agua de adentro y fui tragando de a poco.
Fue solo tomar varias gotas hasta que empecé a sentir un ardor muy profundo en la garganta, era veneno. Instantáneamente arrojé las raíces hacia el plato y tosí de manera exagerada tratando de no respirar para poder sacar lo que quedaba del contenido de la raíz. El ardor no cesó pero pude deshacerme del veneno metiéndome los dedos por la garganta para vomitar.
Cuando recuperé aire y pude sentarme contra la pared, mantuve silencio durante mucho tiempo tratando de pensar, algo ahí no cuadraba. El coronel no me quería muerto, esto tenía que venir por otro lado, pero, ¿Y el guardia? El me advirtió que no comiese, pero aún así dejó el plato envenenado. ¿Qué se supone que debía hacer? Me sentía cada vez aún más débil y luchando por mantenerme despierto por temor a morir por el veneno, pero no pude aguantar más y cedí.
Sonaron las campanas de la superficie designando la mañana y me desperté de golpe, con dolor de cabeza pero el ardor de garganta ya no estaba ahí. Lo que si estaba a punto de llegar era el coronel, escuché la puerta del pasillo y los pasos de él llegando. Mi plato estaba intacto salvo la raíz con veneno, no podía dejar eso así o sino, no comería en toda la semana y los golpes ocuparían el lugar. Fui rápido y pensé en esconder la comida sentándome encima.
Cuando fui a agarrar la lechuga sentí algo duro debajo de las hojas podridas. No podía creer qué era lo que estaba viendo.