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- Coge esta pipa y saca a Don Gramo de este infierno, cachorro. - Le dijo, tendiéndole la pistola con cachas de nácar. Aquella pistola a la que cuidaba más que a sí mismo. Luego dejó caer la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos. Nukkle apenas pudo oír el susurro que escapó de los labios de DeSoto: "Roxie". Vació el cargador, cubriéndose a sí mismo y al Don, que se arrastraba tras él, buscando refugio tras un coche. Roxie. No le sonaba ninguna Roxie.
- Agáchese.- Don Gramo obedeció. Nukkle dio un culatazo a la ventanilla, reventándola, y le pasó la pistola a Gramo.- Cárguela.-. Metió la mano y abrió el coche, empujando al Don dentro. Él se metió detrás y se sentó tras el volante.- No se levante.- Echó un ojo rápido hacia DeSoto, que yacía inmóvil en un charco de sangre que se extendía bajo él. Los tiros de los Tuercadorada hacían saltar chispas al impactar en la carrocería. Cogió el revólver de Dexx y disparó otra salva, retrasando el avance del cártel rival mientras con la otra mano hurgaba bajo el salpicadero. Arrancó los cables de batería y arranque y los rozó entre sí como hacía con Traxx cuando eran críos hasta que el motor rugió. Había arrancado, pisando a fondo el acelerador, antes de incorporarse del todo, y se llevó por delante a uno de los Tuercadorada que ya estaba llegando a ellos. No miró atrás. Conducía como si les persiguiera la misma muerte.
- ¡Dexx!- Don Gramo se giró en el asiento, mirando por la luna trasera.
- Está muerto, Don. Ha ido lento y le han dado.- Miró por el retrovisor. A lo lejos venía un par de luces. Maldijo entre dientes.- Está muerto.
- Maldita sea, ¡joder! Le dije que no se metiera, sabía que pasaría algo. ¡Eres un gilipollas, Dexx!- A pesar de sus iracundas palabras, casi sollozaba.- Imbécil.
Nukkle giró con brusquedad, haciendo rechinar las ruedas, y tomó un camino secundario poco transitado. Había un granero a unos metros y aparcó detrás, apagando el motor y las luces, con el corazón en un puño.
- Guarde silencio, Don.- Habló bajo pero imperativamente. Como hacía DeSoto. No pasó un minuto antes de ver las luces de los coches que les perseguían aparecer por el camino y pasar de largo, perdiéndose en la oscuridad. Todavía pasó un buen rato hasta que se les tranquilizó el pulso y a Nukkle dejaron de temblarle las manos lo suficiente como para volver a conducir, esta vez rumbo a casa.
- ¿Quién sabía que veníamos?
- Nadie.- Don Gramo daba vueltas a uno de sus anillos, cabizbajo.- Tú, yo… y Dexx.
Nukkle negó con la cabeza, todavía mirando de vez en cuando al retrovisor, esperando ver aparecer tras ellos al enemigo en cualquier momento.
- No puede ser. Alguien más tenía que saberlo.
- Bueno, sí, mi esposa. Pero ella no… ella no ha sido. No puede haber dicho nada.
- ¿Y el gordo?
- ¿Gocho? Imposible, está muy vigilado.
- Entonces uno de los que le vigilan es un topo.
La tormenta desapareció tan repentinamente como había surgido, dejando la mar en calma, lamiendo suavemente el casco del navío. El agua salada bajaba, enrojecida por la sangre, por los escalones que llevaban a cubierta. Había sido una masacre. De una tripulación de treinta y dos hombres solo quedaban ocho, arrojados sin miramientos a la bodega. No les habían atado pero el acero que portaban los guardias les disuadía de cualquier intentona de rebelión. Nukkle se maldijo a sí mismo y también a su mala suerte. Se preguntó si al haber traicionado al legado de Don Gramo había desatado la ira del destino sobre él. Quitó la mano de su costado, donde la había colocado sin percatarse, dejando de rozar la marca del Cambalache bajo la camisa. A su alrededor, los otros prisioneros parecían también sumidos en sus propios y sombríos pensamientos. No le había dado tiempo a entablar amistad con ellos, de algunos no estaba seguro ni del nombre. Se sentía desarraigado y le jodía pensar que iba a morir rodeado de desconocidos y teniendo como sepulcro la inmensidad del océano inclemente. Buscó en aquellos rostros derrotados una chispa, una mirada cómplice, alguno que estuviese dispuesto a seguirle en la empresa suicida de escapar, ahora que estaban poco vigilados, pero los ojos de sus compañeros estaban clavados en las tablas de madera que conformaban el suelo.
En contraposición al denso silencio que rodeaba el grupo de cautivos, los piratas charlaban entre sí en voz baja. Estaba demasiado oscuro como para distinguirlos bien, pero sus siluetas se movían, relajadas, bromeando entre ellos, sin ápice de preocupación. Cada vez eran más, habían ido bajando a la bodega con el paso de los minutos. El momento de rebelarse había pasado y se había ido.
Se formó un leve revuelo cuando los asaltantes se apartaron a ambos lados del espacio, dejando un pasillo al pie de las escaleras. Pasos vigorosos resonaron, acompañando la figura que descendía con movimientos felinos, con una muñeca apoyada en la empuñadura del sable que pendía de su cintura.
- ¿Qué tenemos aquí, señor Mits?- Su voz unida a que se había acercado a uno de los precarios candiles que arrojó su débil luz sobre su rostro, revelaron que se trataba, de hecho, de una mujer.
- Cuero y telas. Son de buena calidad, Capitana.- El goblin de tez oscura apartó la tapa de una de las cajas, mostrando el género que llevaba el carguero.
-¿Capitana?- El desdén teñía la pregunta que surgió de los labios de uno de los supervivientes de la tripulación del Saeta. Nukkle se giró para ver quién hablaba. Era Vyrgil o Brenhil o algo así. Para sus adentros, él lo llamaba “el Cosechadora”, por lo irregular de sus dientes saltones. No era de los que le caían bien.- ¿Seguís a una mujer? ¿Qué sois, niños con su ma-
La bodega se iluminó de pronto, cegando a los presentes. Se oyó un chisporroteo y comenzó a oler a pelo quemado. Cuando Nukkle recuperó la vista, el Cosechadora seguía en el mismo lugar, sentado, apoyando la espalda contra una de las columnas, muerto. Estaba ardiendo desde dentro con un fuego perezoso y azulado que emergía tímidamente entre sus desagradables dientes y parte de su carne tenía el aspecto de haberse despegado de los huesos, colgando con flacidez. A su alrededor, la madera se había ennegrecido y humeaba ligeramente. El resto de los cautivos tenían una expresión desencajada e incrédula. La misma que Nukkle notaba en su propio rostro.
-¿Quiénes son estos?- La goblin se dirigió al mismo pirata mientras movía los dedos de su mano derecha, en los que aún destellaban diminutas chispas. Él se encogió de hombros.
-Prisioneros.
Ella se giró, quedando de cara a ellos, y apoyó un pie en la escalera, echándose hacia delante. El candil arrojaba sombras sobre su rostro, de nariz aguileña, y arrancaba destellos de sus ojos dorados que evaluaban a los cautivos.
-¿Alguno más de ustedes tiene problemas con obedecer a un capitán sin polla?- Negativas silenciosas.- No soy una tirana. Ustedes pueden escoger entre servirme o saltar por la borda. Pero si se decantan por lo primero, se plegarán a mis órdenes sin rechistar hasta que lleguemos a puerto. Después pueden hacer lo que les venga en gana, quedarse en mi tripulación o largarse, me da igual. Pero hasta entonces, aquí mando yo.
Mara se dejó caer, satisfecha, sobre el colchón, arqueando la espalda con un suspiro. Sonrió al notar el peso de Nukkle tumbándose boca a bajo a su lado, gruñendo quedamente. Estiró el brazo, con los ojos entornados por la somnolencia tras el sexo, y acarició con la yema de los dedos la piel de la espalda del goblin, recorriendo las líneas borrosas de un antiguo tatuaje hasta el hombro. Él hizo un ruidito de gusto y se reacomodó, poniendo los brazos bajo la cabeza, medio escondiendo la cara. La chamana le observó en silencio. Le gustaba la punta caída de sus orejas que, en su opinión, le daban un aire de cachorrito que desentonaba con el resto de su rostro anguloso y con el cuerpo nervudo y áspero, cruzado por tantas cicatrices que destacaban sobre la piel como relámpagos en una noche de tormenta. Se apoyó sobre el codo, inclinándose sobre él, y le besó la nuca. El goblin se revolvió ligeramente. – ¿Qué pasa? – Me haces cosquillas con el pelo.– Incluso su voz era ronca y rasposa. Cuando pensaba en Nukkle le venía a la mente la imagen de una lija. Se preguntó si alguna vez había sido suave. Continuó con su paseo por la espalda de su amante, trazando intrincados dibujos invisibles con el roce de sus uñas. Frunció el ceño al toparse, en el costado derecho, con una marca que sobresalía, pálida, con forma de media luna. – ¿Fuiste esclavo? – ¿Mhm? ¿Qué dices, nena? - Giró la cabeza para mirarla con un ojo. – No pasa nada, ¿eh? Rayo fue esclavo también. – Bueno pues yo no.– Le vino un rapto de inspiración.– Solo soy esclavo de tus besos.– Sonrió, canalla, atrapándola con el brazo para tumbarla de nuevo junto a él. Mara puso los ojos en blanco. – ¿Alguna vez te ha funcionado eso? – No sé, dímelo tú.– La atrajo hacia sí y Mara le besó, riendo.– Gané.– Su sonrisa se amplió, haciendo surgir arrugas en la comisura de sus ojos.– Y bien, ¿a qué viene eso de – bostezó– si he sido esclavo? – Tienes una marca a fuego aquí.– La tocó. – Pensé que era por eso. – Ah.. eso. No, es por…– Aguantó la frase inacabada unos segundos, mientras se le ensombrecía la expresión. – Es por otra cosa. – ¿No me lo vas a contar? – Algún día. Ahora sé buena y déjame dormir un rato, ¿eh? Mara asintió y bromeó tildándole de “viejo” antes de acurrucarse a su vera. Ella se durmió antes. A pesar de sus palabras, traer a colación la marca había inmerso a Nukkle en una vorágine de recuerdos que le mantuvieron en vela un largo rato.