Algunas preguntas dejaron de surgir entre ambos durante el transcurso del segundo año; los pequeños gestos, miradas cómplices y las fugaces caricias que en ocasiones compartían bajo sus pupitres, fueron suficiente para suplirlas.
Gojo dejó de pedir permiso para adentrarse a la habitación de su compañero, sabiendo cual terminaría siendo la respuesta a su pregunta antes de que esta saliera por entre sus labios, y Geto dejó de preguntarle qué tenía pensado hacer cada tarde, consciente de que, fuera lo que fuera, terminarían por hacerlo juntos.
Los primeros rayos de sol que anunciaban un pronto atardecer empezaron a teñir el salón de tonos anaranjados. Frente a él, Yaga-sensei seguía hablando como si alguien realmente le estuviera escuchando, a su izquierda, Shoko parecía estar usando todas las fuerzas que le quedaban en mantener los párpados alzados y a su derecha, podía notar como Satoru ni siquiera se estaba esforzando en fingir estar atento a la clase. Desvió la mirada hacia este último, el intenso azul de sus ojos penetrando en los propios al instante de cruzarse.
Geto contuvo de forma inconsciente la respiración durante un segundo; a veces se preguntaba si llegaría el día en el que captar el mínimo destello de los ojos de su compañero causaría un efecto distinto en él. Por el momento, lo dudaba.
Con las gafas reposando en la punta de su nariz y el rostro apoyado en la superficie del pupitre, pudo observar como, bajo sus ojos, colgaban unas oscuras ojeras difíciles de no percibir. Geto trató de reprimir la sonrisa que empezó a formarse en sus labios, prudente de que nadie a su alrededor se percatara de la misma y sospechara del significado oculto tras sus miradas, producto del recuerdo de la noche anterior.
La anterior, y todas las que la precedieron.
Había perdido la cuenta ya de cuantas noches llevaba junto a su mejor amigo. Que Gojo se colara por la puerta de su habitación a altas horas de la madrugada, cuando la escuela estaba en completa oscuridad y silencio, se convirtió en un ritual para ambos. No le importaban las horas de sueño perdidas, el notable cansancio que arrastraban cada mañana a primera hora o la de veces que salían por la puerta de la misma habitación a medio vestir, corriendo por los pasillos con el teléfono móvil de alguno de los dos lleno de mensajes y llamadas de Shoko, avisándoles de que se habían quedado dormidos, de nuevo. Todo aquello era fácil de soportar solo con saber cómo terminaría el día.
Gojo deslizó una de sus manos bajo los pupitres, rozándole los nudillos con la yema de sus dedos. Poco después, terminó por entrelazar los dedos de ambos en un fuerte agarre. La calidez que emanaba de la unión de ambas manos era comparable a la del atardecer que los esperaba fuera del salón, un recordatorio de lo poco que faltaba para que llegara la noche. Un pequeño escalofrío recorrió su espalda de arriba a bajo ante la anticipación de ese momento.
Como si le hubiera leído la mente - si es que no podía ya a esas alturas - Gojo apretó con suavidad su mano. Con una amplia sonrisa, sin importar quien le viera, le entregó la confirmación de que su pequeño ritual seguía en pie para aquella misma noche.










