La confrontación.
/ Club LeSoire, Manhattan / / Diciembre, 2019 /
Al fondo de la oficina, Liesje y Sebastián conversaban acerca del nuevo circuito de cámaras instalado en el Club. Eran una pareja demasiado despareja empezando principalmente por la altura; él medía un metro noventa y Liesje a su lado quedaba siempre por debajo de su hombro, sin contar que los rasgos de su agente de seguridad eran brutales, ese hombre podía ser capaz de matarte con solo una mirada. Si bien, físicamente eran muy distintos, se querían como un padre quiere a su hija y ella lo adoraba como tal. Eran distintos incluso en la elección de métodos y técnicas para resolver los problemas. Él solía ir por “el buen camino” esperando paciente a que la ley o cualquier otra fuerza hiciera lo debido justo a su tiempo, pero ella prefería ser el karma personal de aquellos que se entrometieran en su vida, no le gustaba esperar en absoluto. Aun así, ambos eran expertos en trabajar en las sombras, en lograr sus objetivos siguiendo los tortuosos senderos del secreto, la intriga y justamente por eso, ella confiaba en él ciegamente. —Igualmente no necesitas estar pegada a esa pantalla toda la noche, si sucede algo, los chicos nos avisarán. Sebastián le arrebató el celular a Liesje, bloqueándolo y guardándolo en el bolsillo delantero de su pantalón. Luego de haberle explicado el mecanismo de las cámaras y como ella podía monitorearlo todo cuando quisiera, había visto en sus ojos la chispa de quien espera a que su presa cayera en su trampa. La vida, al menos para él, no funcionaba así. Los dedos de ella tamborileaban sobre la madera lustrada del apoyabrazos del sillón. No dijo una sola palabra. Debía centrarse en su trabajo, se dijo a si misma intentando, inútilmente, de enterrar al menos por un rato, los ojos de aquel desconocido que había irrumpido en su turno hacía un par de noches, sin siquiera haberse dado cuenta. Liesje tenía una compañía que dirigir y personas que dependían de su labor ahí dentro. Lo de aquella noche… había sido inesperado, un poco divertido y hasta en cierto punto, el misterio lograba ser excitante, pero no podía repetirse. Entonces, golpearon la puerta de su oficina y en su interior tuvo la certeza de que nuevamente se lo encontraría.
[…]
De camino a los salones de colores Sebastián intentó volver a interceptarla. Estaba cometiendo una locura, no conocía en absoluto a ese hombre y ¿simplemente iba a enfrentarlo? ¿Y si era una trampa? —Liesje… —No está en discusión, los quiero a todos afuera —respondió ella con firmeza sin aminorar ni por un momento su andar altanero y graciosamente furioso. Esa noche ella no bailaba, su ropa no era para nada llamativa especialmente por el hoodie negro que cubría gran parte de sus jeans, sus zapatillas blancas… detalles que la hacían lucir notablemente más pequeña de lo que en realidad era. Desde la noche del “incidente”, todos sus días libres de la semana, los había pasado dentro de LeSoire intentando encontrar alguna pista, lo que sea. No había rastro ni de su cliente y tampoco de su amigo. Puntualmente, era un grave problema de seguridad, sería incluso peor si su primo se enteraba del episodio y terminaba magnificando la situación, como siempre solía hacerlo. Pero, para ella, los finales abiertos no podían ganar las batallas, debía cerrar el círculo. Las puertas del salón azul las abrió de par en par. Era un sitio VIP con bailarines exclusivos que danzaban para un selecto grupo de personas. Esa noche, exactamente, un grupo bastante grande se quedó en silencio viéndola ingresar con algunos agentes de su seguridad, incluido Sebastián, a sus espaldas. —Damas y caballeros, me temo que deberán desalojar este salón. El silencio fue sepulcral, tensó el ambiente en un segundo. Algunos se miraban entre sí no entendiendo exactamente qué era lo que debían hacer y si esa “niña” estaba jugando una broma de mal gusto, pero entonces cayó una sombra sobre el semblante altivo de ella y comprendieron que estaba a punto de llevar sus palabras a la acción. Todos recogían sus tragos, algunos pasaban a su lado escoltados por las bailarinas que tampoco estaban entendiendo nada de la situación, pero acataban las ordenanzas de su superior sin preguntar nada. Mientras el salón azul se iba despejando, le fue muchísimo más sencillo encontrar lo que buscaba. Liesje frunció los labios, el fuego dentro suyo chisporreaba. La mirada de él fija en la suya, fue como una ráfaga de aire helado que encontró la forma de contrarrestar su ira y despertar, inclusive más, su curiosidad. No era un ser mágico, en efecto no eran muy difíciles de reconocer. No era su problema tampoco el descubrir qué hacía en su club -o si-, puesto a que esta vez, parecía tratar con un hombre distinto. A Schenck no le resultaban familiares ninguno de los dos sujetos; uno parecía pasar los cuarenta años y la yesca de su fuego difícilmente llegaba a los treinta. Pero estaban en su club, habían pasado desapercibidos, una vez más, por los parámetros de seguridad y ella necesitaba respuestas. —Caballeros, ustedes se quedan aquí. Cuando la puerta se cerró detrás de ella, se habían quedado solos los tres. Hizo un gesto amplio con su mano invitándolos a sentarse en cualquiera de los asientos que estaban disponibles. La castaña ocupó uno cerca de la puerta. Era consciente de que no podía retener a nadie contra su voluntad, así que, si alguno de ellos decía irse sin darle las explicaciones que necesitaba, no iba a poder impedírselos. —¿Quién de ustedes dos es el “inteligente” que logra ingresar al club sin anunciarse? Ante la pregunta de su nueva anfitriona, el mayor de los tres respondió casi en un susurro que, evidentemente, él sí se había anunciado y sus datos los había tomado un señor en la entrada. —Entonces me disculpo con usted y lo invito que siga divirtiéndose en cualquiera de los otros salones de este pasillo —respondió la bailarina con una sonrisa bastante fingida esperando paciente a que él se levantara y saliera de allí. Liesje era muy poco sutil tratando de ocultar la vibración que sentía justo ahora que se habían quedado solos. Se hizo al silencio en un intento por acomodar las siguientes palabras que saldrían de su boca con la débil luz de la esperanza encendida; dentro suyo y sin entender por qué, esperaba, por su bien –dudosamente, por el bien propio también- que él no se fuera… —Déjame felicitarte; lograste infiltrarte en el sistema no una sino dos veces —y mientras se lo decía, Liesje observaba a su huésped acusado con ojos sagaces —comienzo a pensar que, inclusive el nuevo circuito de cámaras que acabamos de instalar, son una mierda también.

















