El Efecto Matsumoto
Gral.Roca 26 de Septiembre de 2016
Sucedían intensos días en los que el apetito anda desamparado y estirándose a cada rincón. Y entre aquellos con quienes equiparamos las distancias de nuestras aciagas billeteras con sus últimas monedas, andábamos picando la sensatez de las calles juntando de cada rancho provisión suficiente pal guiso vegano.
Andábamos acompañados por el camarada Matsumoto que en la deriva de su silencio instaba a nuestra labia a proferir los supuestos de su pensamiento. Los caminos para nosotros no eran muy complicados, pero a cada territorio que andábamos era inevitable el enfrentamiento perruno. Las diferencias se hacían ver y como un rebaño de ovejas furibundas, entonadas de crispación se le iban al hilo al Matsu.
Las situaciones seguían encontrando el debate, pero solo hasta que la continuidad del mundo se quebrantó en un cruce de calles. Los ladridos entumecieron la sien, en tanto que al dar vuelta en un vistazo los vehículos nos separaban de nuestro camarada Matsumoto, quien con una mirada imperturbable y la prestancia de cuyos dioses perros manejaba la situación de una veintena de perros encolerizados que de a uno se acercaban, establecían comunicación y agachados se volvían a su punto de partida.
El suspiro fue largo y porque tal vez la cúpula de nuestra reclusión nos hace frágiles ante la pérfida corazonada que en nuestro imaginario puso en peligro tanto amor.
No fue hace mucho que cargábamos con el peso de su ausencia. Pasaron muchos días sin que siga nuestras huellas y entre el cumulo de humo que fuimos condensando en los pulmones la mañana del martes, las ideas nos escupían brumosos gajos de agua en los ojos que de a ratos se volcaban en ilusorias ideas sonoras. Todo a la sospecha de su memoria, por esa mala querencia de que ningún alma se esconda algún día de nosotros.
La semana fue dura. Esa mañana engendro la carencia de los paisajes, la luna se hizo inmensa pero insuficiente, las flores no se volvían más primavera, las miradas triviales del andar caían y el sueño insobornable erraba sus caminos.
El viernes las penas de la tarde se tumbaban desorientadas en las mesas de la Facultad del Comahue esperando el evento y en tanto las horas no se dejaban pasar, los arboles dóciles reposaban escuchando el canto de nuestras voces. En la desinencia del canto, posé mirando el abismo de las multitudes que ocupaban el paso y entre tanta soledad incontinente asomó el indiscutible pelaje del camarada Matsumoto.










