Historia de Popi, la paloma
Una tarde de febrero, mientras caminamos por una plaza con muchos árboles alrededor, vimos una palomita bebé que se arrastraba en el suelo. Hacía intentos desesperados por volar, pero apenas podía incorporarse, se le notaba una gran herida en una de sus alas. Inmediatamente, la levantamos y la llevamos a casa. La colocamos en una cajita junto a botellitas de agua caliente para que conservara el calor que debía tener. Intentamos darle de comer, pero era muy difícil dado que aún estaba asustada por lo que sucedió. La llevamos al veterinario, la revisó y nos dio recomendaciones para cuidar y poder sanar su ala herida. Por lo que pudo evaluar, nos dijo que sufrió una mordida y que le llevaría un buen tiempo sanar. En esos primeros días, conocimos una señora con experiencia en rescates que nos dio una enorme ayuda. Aprendimos a alimentarla y a cuidarla de la manera que necesitaba. Lo que en un primer momento parecía imposible por lo delicada que estaba, gracias a la ayuda, a la asistencia profesional y a la fuerza de Popi, nos fuimos convenciendo que podría salir adelante. Su ala dañada empezó a recuperarse de esa dolorosa herida. Comenzaba a andar por todos lados, comía con muchas ganas y se subía a todo lo que encontraba. Las cosas se complicaron cuando por un mal movimiento al practicar su vuelo, sufrió lo que el veterinario nos dijo que se llama “perforación de bolsa pulmonar”. Eso le provocó una enorme inflamación que afortunadamente con un breve tratamiento pudo recuperarse. Cada día, nos sorprendía más y más todo lo que Popi daba por poder volver al lugar que quería estar. Las semanas pasaban y todo fue para mejor. Lo que esa tarde de febrero eran unas poquitas plumas, se volvieron decenas que cubrían su fuerte cuerpo. Sus alas estaban listas para recorrer los cielos y ver de cerca el sol. Nuestra casa ya había cumplido su ciclo (se la conocía de memoria, necesitaba nuevos desafíos). Fueron dos meses llenos de aprendizajes y sonrisas que alejaron los temores que teníamos al principio. Con su suave piar, nos iba diciendo que confiáramos que todo iba a estar bien. Una mañana de abril volvimos a aquel lugar donde todo empezó. La tapa de la cajita se abrió y sus relucientes alas dijeron que ya era hora de volar. Despedimos a Popi con lágrimas de felicidad.
Como lo es hoy Popi, soñamos con que todos los animales sean libres.








