Control (2007) pinta a Ian Curtis con rigidez y corazón roto: un joven idealista atrapado entre el arte, la enfermedad y las obligaciones. La dirección de Anton Corbijn usa el blanco y negro no como adorno, sino como espejo del entorno industrial, sombrío, de Macclesfield y Manchester, y para reflejar la fragmentación interior de Curtis. Sam Riley encarna a Curtis de modo casi fotográfico – físicamente similar, gestualmente cercano –, captando tanto su mudez emocional como sus explosiones de tensión. El guion, basado en Touching from a Distance, revela la paradoja de un hombre dueño de visiones poéticas pero esclavo de su epilepsia, su culpa y sus relaciones rotas. La banda Joy Division aparece como un medio doloroso, nunca glorificado, para canalizar sus tormentas internas; se ve cómo la fama amplifica su aislamiento, sin redención. El sacrificio personal emerge como inevitable.