Roberto Merino
2015, Hueders · Goodreads
Cada cierto tiempo me empeño en conservar lo que, creo, es mi primer recuerdo de infancia: entrar a la pieza de mis papás, ellos están acostados, probablemente viendo tele o desayunando; me miran, se acaba el recuerdo. En mi mente todo es blanco: las paredes, las cortinas, el grueso cubrecama, el piyama de mis papás. Me da una poco de pena pensar que, debido a ello, al menos una parte del recuerdo no es como la realidad: dudo que mis papás hayan tenido una pieza completamente blanca en esa época, no había ni el dinero ni el espíritu Yoko Ono para hacer algo tan zen. Años después mi mamá comenzó a decorar sus departamentos con tonos más blancos o crema, que es de donde creo que de a poco saqué la paleta de colores de ese recuerdo.
Segundo recuerdo, o quizá octavo, o trigésimo séptimo, da lo mismo. Era de mañana, probablemente fin de semana. Aún acostado, en silencio, nadie me ha venido a ver. Estoy de lado, más o menos despierto, miro sin ninguna preocupación en el mundo un rayo de luz que entró a la pieza a través de la cortina blackout de la ventana. Veo danzar el polvo, que entonces me parece mágico. Todavía pienso que lo es, aunque ya casi nunca lo veo.
La primera parte de las columnas de Roberto Merino están llenos de momentos así, llamémoslos breves instantes de la infancia. O como él lo llama en un título: «Introducción al sueño infantil». Son momentos sorprendentemente universales, en parte porque yo también los recuerdo —y por tanto asumo que todos los recuerdan—, en parte porque están mirados desde las dos grandes costas de la vida: la de hijo y la de padre.
Tengo una relación de amor y odio con mis recuerdo: muchas veces siento que recuerdo menos de lo que debería, y que lo que recuerdo es nebuloso, imperfecto, producto de falta de atención crónica. Creo que en este caso Merino me hace sentir que no soy el único que recuerda cosas de esta manera, fragmentada, sin entender —ni entonces ni ahora— qué significan los sucesos que experimenté cuando niño.
La segunda parte de las columnas, dedicadas más a la adolescencia y a la escolaridad, las encontré menos interesantes. El año pasado tuve que editar un libro de columnas, y debo decir que es un trabajo muy repetitivo, lo cual este libro me confirma: los columnistas, seguramente presionados por la periodicidad implacable y la imposibilidad de pensar cosas originales durante todo el año, tienden a repetir una y otra vez las mismas ideas, frases y anécdotas en sus columnas. Un chiste oído a medias aquí, una conclusión genérica allá, una pregunta capciosa acullá. Por suerte en este caso no fue tan terrible, y creo que Merino o el editor hicieron un buen trabajo en esconderlas, pero de todos modos el libro se pone algo monótono en sus últimas páginas.
Antes de cerrar, debo mencionar que a mi edición ¡le faltan páginas! De la 17 a la 32, que el índice me dice suman siete columnas. Sospecho que las páginas corresponden exactamente a un cuadernillo, y que por lo tanto fue un error de imprenta más que una decisión de la editorial. Supongo que podría ir a la librería a alegar, pero ya ni recuerdo dónde lo compré (¿en la Antártica del Costanera Center?), y además ya lo rayé.