VIENDO AUSTRALIA CON OJOS SUDAMERICANOS
Entrás en una burbuja futurista, y no sólo por las más/menos trece horas de diferencia horaria que Australia lleva por delante de Sudamérica.
Te bajás del avión y el transporte público que te lleva a la ciudad pasa a las 10.05 am. Si llegaste 10.06, probablemente lo hayas perdido. Pero si él llegó 10.04, espera un minuto entero, frenadito y sin chistar. El chofer te dice “Hola” cuando te subís, en general espera a que te sientes para seguir viaje y que no derrapes por el suelo, y te desea un buen día mientras te mira por el retrovisor cuando te bajás -después de haber tocado el timbre desde tu asiento-.
En la primera semana de mi primera visita a Australia, año 2016, me daba miedo ver a la gente usando sus celulares último modelo tamaño “no me entra en mi mano” en cualquier lado, o llevarlo en el bolsillo de atrás del pantalón, o tan livianamente en un restaurante, dejándolo reposar sobre la mesa, casi olvidado, en una esquina. Sentía miedo por ellos, claro... por sus vidas. Ni te digo cuando vi a esta chica sentarse en el tren, acomodar su mochila y sacar una laptop toda top y ponerse a trabajar. O al muchacho que, con un televisor led, 42″, recién salidito del horno, en su caja mega visible, subió al tren, se quedó paradito con su compra al lado suyo, y viajó unas cuantas estaciones, sin siquiera chequear que “todo estuviera bien alrededor”. Simplemente hizo lo que tenía que hacer: trasladó en tren su reciente compra de muchos dólares.
Fui al supermercado a comprar shampoo y acondicionador. Me topé con gente descalza bajando del auto, entrando al super, pagando y volviendo a salir. Mientras este estilo barefoot por la vida aplicaba casi en la cotidianeidad de muchos aussies veraniegos, en la otra esquina me encontraba con zapatos de taco aguja, polleras hiper apretadas, volados en las remeras, peinados de alto y una cantidad de maquillaje que no voy a llegar a usar en mi vida, todo en una misma persona: la mujer que trabaja en una oficina -la que sea, de lo que sea-. Hombres achupinados, barbas muy perfectas (muy, de verdad), camisas, no siempre corbata, pero sí siempre lentes de sol. Bueno, llegué a Queensland y fue la bienvenida al sol en la cara, al agujero de ozono y a la obsesión por el protector solar, con justa razón. De alguna manera me encontré a mi misma saliendo con lentes de sol a cualquier hora, por cualquier motivo, vistiendo cualquier outfit. Y también pude salir descalza en más de una oportunidad, no tan lejos como el supermercado pero me he dado alguna vuelta a lo aussie, despreocupada por pisar caca de perro, basura o veredas desarmadas... porque no hay ni lo uno ni lo otro.
Los aussies acostumbran a moverse mucho, desde chicos. Conocés a alguien y el lugar donde nació no es el lugar donde creció ni donde vive ahora ni donde están sus padres ni ninguno de sus hermanos: te dirán algo como... nací en Sydney pero cuando terminé el colegio me mudé a Gold Coast, después conseguí un trabajo en Perth y como me aburrí, me mudé a Melbourne; mis padres viven en Coff Harbour porque se jubilaron hace poco y tengo un hermano viviendo en Townsville. Blanco. Cuando yo les cuento que back home mi familia se junta tres veces por semana, abren los ojos y se espantan, literal. Entonces claro, volviendo al temita de conseguir a extraños para cuidar sus casas... a veces no tienen a nadie cercano y con quien tengan la confianza suficiente para pedir ese tipo de favores que, en mi caso, le pediría a cualquier hermano, a mis padres o a varios de mis amigos de toda la vida, que viven en la misma ciudad donde nacieron, se criaron, crecieron y trabajan (al menos en la mayoría de los casos, es así.)
¿Y por qué se mudan tanto? Yo creo que es por la oportunidad constante de rearmarte donde quieras, donde te guste y te sientas mejor. No hay miedo a dejar todo y volver a empezar, o al menos no el miedo que me correría a mi si lo hiciera en mi ciudad. Hay ofertas de trabajo, hay necesidad de mano de obra, de profesionales, de especialidades, hay oportunidades, es eso. No les preocupa dejar su vida armada en Brisbane para armar una nueva en Adelaide. Cambian de clima y de ambiente, pero todo lo demás es fácilmente reacomodable. Me acuerdo de que en el primer bar donde trabajé, la muchachita que me supervisaba (mi “jefa”) tenía 21 años. Ella había empezado a trabajar a los 16, que es cuando pueden empezar a hacerlo de manera legal, cobrando un sueldo en su cuenta bancaria, amparado por la ley y con todos los beneficios. Entonces por supuesto, a los 21 la mina tenía cinco años de experiencia en algo que a mi, a los 27, me estaba costando una barbaridad. Más allá de que no fuera el trabajo de mis sueños... era un trabajo que a los 16, en mi ciudad, no podría haber hecho legalmente. Esa chica de 21 años, a los 22 es manager y tiene la actitud que yo en esos 27 no tenía.
Y así puedo seguir for ever...













