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Esta gente que quiero
Mis amigas y amigos, a ellos me refiero.
Los que me aplauden desde la tribuna sea cual sea el pequeño o gran logro que alcance.
Los que me han escuchado abandonar y arrepentirme e ir y volver sobre mis castigados pasos unas cuantas veces. Y ahí están, cual red por si caigo de nuevo para volver a darme el envión.
Los que me abrazan con la mirada o me tocan las manos, la espalda, los brazos, los hombros, cuando me ven chiquitita.
Los que me hacen reir de mi misma y de ellos y de las cosas que elijo y de las que me pasan.
Ellas y ellos, los que están porque nacieron a la par, las que fueron a mi mismo colegio, los que estudiaron por placer el mismo idioma, los que bailan al mismo ritmo, los que viajaron a la vez y los que viven en mis destinos, las que queríamos ser lo mismo.
Acá, allá. Estas personas que se tomaron el tiempo de conocerme y después tomaron la decisión de quererme. Porque alguien me dijo hace poco que querer a alguien en tu vida es una decisión que se hace pensando, no solamente sintiendo. Y le creí.
Yo elegí quererlas y quererlos en algún momento de mi vida, por alguna razón, o por muchas. Y qué sabia he sido con mis elecciones.
Tengo amigas y amigos más grandes y más chicos. Los tengo de muchos idiomas y pasiones. Los tengo de ideologías similares y opuestas. Tengo a las que lloran conmigo, a las que me secan las lágrimas hasta el hartazgo y a las que las producen por la risa que me provocan. Tengo a los que me escuchan eternamente y a los que me interrumpen para ayudarme a ver mejor. Tengo amigas de grupos y de uno a uno. Tengo amigas y amigos.
La variedad es maravillosa.
Mis amigas son maravillosas.
Mis amigos son maravillosos.
Mi vida con esta gente es una fortuna.
Sin-sentir
Cada septiembre desde hace por lo menos tres años me pasa lo mismo: me agobio, hiperventilo y me desespero al pensar que "esto" es la vida. Despertarse, trabajar, comer, ver familia, amigos, cada tanto viajar, dormir, hacer deporte, competir, mirar deporte, bailar, escuchar música, jugar, criar, jubilarse, leer, mirar pelis, morir.
Todo lo que pasa entre el "despertarse" y el "morir" -la vida- es un entretenimiento constante para justificar las horas del día. Un entretenimiento para pasar las semanas, lunes, martes, miércoles, jueves, viernes... fin de semana, y otra vez.
Cada septiembre me pasa lo mismo, desde hace tres años por lo menos. Se me cierra el pecho y necesito desesperadamente pensar en otra cosa porque lo único que siento es que nada tiene sentido. Que todo es una gran excusa porque estamos vivos y hay que hacer algo... y a eso le llamamos Vida.
Hubo una época en la que estar viviendo me parecía lo más genial del mundo. Me sentía "feliz" -literalmente, feliz, sin vueltas- casi que desde que me levantaba hasta que me acostaba. Creo que se debía a que ya sabía que al año siguiente me iba a ir de viaje, sin ticket de regreso. Ese año me lo pasé de perlas. Hice, deshice, trabajé, bailé, viví diciendo que era lisa y llanamente "feliz".
Después se me pasó. ¿En el medio? La vida en Australia, tomar decisiones, volver, ir a Europa, volver. Visitar amigos en otras ciudades, volver. Conocer a un chico, enamorarme y dudar. Y ahi empecé a bajar... desconecté de esa felicidad. ¿El amor me hizo eso? Él seguro que no. ¿Me lo hice yo a mi? Probablemente sea asi.
¿Qué me pasa con eso, con esto? ¿De qué están hechos mis días? ¿Qué quiero para mi vida? ... he aquí el quid de la cuestión: no me pregunto "para mi vida", porque es un montón de tiempo (ojalá. ¿ojalá?) más bien la pregunta abarca "mi día". A lo sumo "mi fin de semana". Con un poco más de convicción, "mi mes"... con "mi año" me voy de mambo, pero a veces es verdad que también lo pienso. Después hiperventilo y vuelvo a contarme en días.
Hace por lo menos tres septiembres que me enloquezco buscando motivos que justifiquen estar vivos. Me parece un delirio pensarnos peleando, compitiendo, sufriendo, llorando, despertando y durmiendo, apurados porque un día nos vamos a morir. Es que... nos vamos a morir. Y entonces muramos y ya. Si total, lo que pase de acá a que llegue ese día no lo voy a recordar. Si hay otra vida, no voy a recordar esta. ¿Para qué sufrir? Nada de esto tiene sentido.
Claro que me sigo levantando cada día, claro que trabajo, que me rio, que bailo, que canto, que escucho música, visito amigos y familia, claro que viajo. Claro que vivo. Pero creeme, estoy justificando el tiempo. Ya que estoy, vivo.
Estaría increíble ser una iluminada que se dio cuenta de esto y decide vivir su vida relajada, caminando entre nubes, disfrutando de una burbuja en la que el mundo es un lugar maravilloso. Debe haber de esas mentes. A mi no me tocó. O no aprendí. ¿Para qué desesperar, si te vas a morir? ¿Para qué ahorrar años, si te vas a morir? ¿Para qué vivir, si te vas a morir? Da miedo, ¿no? Leerme, digo. Pues tranquilo, no me voy a matar. Estoy viva y voy a seguir justificando los días que tengo por delante haciendo las cosas que tenga ganas de hacer, y también las que no. Pero creeme que me cuesta mucho a veces.
Hoy, septiembre me cuesta. Otra vez.
Conociendo-me
Teniendo 34 anios, en la edad que digo tener desde que cumplí 33, me doy cuenta de muchas cosas sobre mi.
Ahora sé, sin renegar, que me gusta quedarme en mi casa y disfruto de no tener planes.
Que la comida no es central en mi vida. Como para no tener hambre. Me da bronca gastar plata en un restaurante, pero disfruto tremendamente de unas pizzas o hamburguesas con amigos en cualquier barcito. Y me encanta más que cualquier otra cosa.
Sé que necesito estar a corta distancia de mis hermanos, de mis papás, de mi sobrino y de mis sobrinas. De mis amigos y de sus hijos, con los que quiero jugar ya mismo.
Ahora aprendí a dejar de querer hacer cosas que me provocan demasiada ansiedad, con la creencia de que tengo que enfrentar todo lo que me causa miedo o dolor porque, sí, hay que atravesarlo y superarlo. Y sigo pensando que hay que hacerlo, pero no todo. No hay necesidad de siempre enfrentarse al caos que acaba generando insomnio y dolor de panza.
Me encanta estar de viaje. Me encanta no estar atada a un lugar, menos aún a un trabajo. Me encanta la responsabilidad elegida y no la impuesta. Pero la contra ultimamente me da tristeza. El estar lejos y la ausencia en muchos momentos importantes de las personas que quiero, duele. Profundamente. Y ya entendí que no me tengo que quedar viviendo afuera. Comprendí que puedo volver y que eso también está bien. Porque me haría bien y es un motivo lo suficientemente válido.
Amo Australia. Amaría volver a Gold Coast. Amaba mi vida allá, los últimos meses fueron gloriosos. Pero ya está. Sé que puedo volver, pero también sé que ahora necesito irme a mi casa. Y eso me da un poco de tranquilidad. Un poco digo porque cada vez que aparace una opción que me llevaría a Australia empiezo a dudar... y me odio por eso.
En fin. Creo que al fin de cuentas lo que necesitaba hacer era dejar este último mensaje en claro. En claro para mi, para mis ideas. Australia me pesa todavía un poco. Pero Argentina me pesa más. Hoy, al menos hoy, es asi.
flor-cita
Hoy mi hermano menor, pero anterior a mi, cumple 40 años.
Es el segundo acontecimiento importante de su vida en el que no estoy presente físicamente por estar en otro lado, lo suficientemente lejos como para no poder estar ahi con él, y con todos los demás, celebrando a lo grande.
Estoy muy enojada, además de estar muy triste.
Es la primera vez que priorizo el trabajo y el dinero por encima de mi sentimiento. Me voy de Malta una semana después de su cumpleaños, para pasar Navidad y Año Nuevo con los míos. No me fui antes para no pedir una semana más en el trabajo y para tener una semana más de ingresos. Y no puedo creer que tomé semejante decisión.
Creo que cuando lo hice no tenía noción de la magnitud que tomaría esto en mi día a día. Estuve muchos días muy ansiosa, muy nerviosa, muy angustiada, creyendo que tenía que tomar decisiones urgentes, necesarias, y convencida de que lo que más quiero es estar en Argentina. Y siento que todo lo hice desde el sentimiento de desesperación de saber que se acercaba este día y yo no iba a estar. Pero de eso me di cuenta ayer, cuando se me vino encima la fecha.
Siento mucha tristeza por momentos. Por otros lo quiero ver como "un día más". Y tiene sentido, claro. Pero es un día más de los miles que llevo no compartiendo, no estando, no abrazando, no mirando, no vibrando con ellos, con mi familia, con los míos.
Desde que me fui por primera vez, hace casi siete años, siempre digo "mi casa" cuando hablo de Argentina. Todos los lugares donde estuve no fueron más que momentáneos, porque en cada lugar sentí que estaba de paso. Porque mi casa es allá.
Pero cuando estuve "allá" hace unos meses, me la pasé pensando en cuándo me iba a ir y en cómo iba a ser mi nueva vida en otro lugar. Y eso me hizo pasarla mal. No disfruté como hubiera querido, porque me la pasé preocupada y pensando en los planes a futuro. Todo lo que me rodeaba me parecía ajeno, porque yo era la que no me estaba encontrando con nada ni con nadie.
Ahora que estoy trabajando de lo que amo, que me siento segura, cómoda y tranquila donde estoy, sé que voy a disfrutar un montón de mi visita. Hasta siento que va a ser corta. Pero sé que la necesito.
Solo me gustaría que esta sensación que tengo hoy haya venido para quedarse. Que esta Florencia pueda seguir sintiendo tranquilidad y amor al pensar en lo que quiere. Quiero que vuelva la Florencia que puede lograr lo que se proponga y que no encuentra obstáculos en el camino.
Me extraño. Pero sé que estoy por ahi... buscando volver a mi.

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Algo que ya sabemos.
Nos vamos a morir. Todos. No yo, vos, alguien. Todos.
Y posta todos lo sabemos, pasa que nos hacemos los boludos.
Es un tópico que suelo sacar cada vez más a la luz con la gente en alguna reunión casual donde siento que no va a sonar "tan" mal. Y me animé a ponérselo en palabras a mi psicólogo en mayo de 2022, mientras caminaba por la Alameda en Sevilla, teniendo una sesión por llamada de whatsapp.
Y el hombre se quedó calladito. "Mirá vos", me dijo después. Claro, pasa que yo no le dije simplemente que nos vamos a morir, sino más bien le dije que la vida, en sí, no tiene sentido. Que uno nace, aprende, se caga a golpes, camina, llora, se ríe, toma helado, crece, hace amigos, estudia, sigue estudiando, trabaja, sigue trabajando, se enoja, o no, se enamora, o no, forma una familia, o no, viaja, o no... y así podemos seguir toda la noche. Enumerando objetivos humanos. Y esto en el mejor de los casos, cuando te tocó nacer en una familia un poquito normal. Si naciste en Australia, por poner un ejemplo, es incluso mejor y más fácil porque lográs todo con mucho menos esfuerzo. Es decir, que se entienda, se justifica aún menos esto de estar vivo. Hasta puedo tomarlo como una "pérdida de tiempo". Lo que no sé es bien de qué tiempo... ¿Estaríamos siempre en el aire esperando caer en un vientre o dónde? Me faltan estudiar algunas teorías.
A lo que voy es a esto: pasamos por un montón de cosas, conocemos un montón de sentimientos. Podemos ser los más felices o los más desgraciados, pero eeeuuuuu TODOS NOS VAMOS A MORIR!!! ¿Entonces? Tratamos de hacer lo mejor que podemos con lo que tenemos, y de cumplir sueños, y alcanzar metas, y experimentar, y probar cosas, y vamos y venimos y dale que dale y .... BUM. Se terminó.
Y ahí quedó el niño huérfano, pero ¡ojo! que va a ser una persona muy fuerte -o con muchos problemas-, ya veremos. Y allá quedó la esposa triste y sola con hijos chiquitos/medianos/grandes. Y más allá la madre con un dolor insoportable en el vientre por lo que ya no le pertenece... ¿y entonces cómo lo explicamos? ¿cómo justificamos que la vida es maravillosa? Oooobvio que tiene sus grandes momentos y sí, lo es, es maravillosa. Yo acá no cuestiono esa parte. Mi confusión es otra: ¿Para qué vivimos tantos años y pasamos por tantas cosas, lindas y no, si todo se termina? ¿Para qué traer más niños a un mundo como este que nos toca? ¿Para sentirnos mejores nosotros y que esas criaturas aprendan y entiendan con los años que, en algún momento, los padres se van a ir para siempre? Y los hermanos, y los tíos, y los primos, y los amigos... y hasta ellos antes que el resto... capaz.
Yo sé que es tremendo leerme y que seguro piensen que soy una loca suicida. Les juro que nunca estuve más cuerda. Y que no, no me quitaría la vida porque no es lo que quiero. Porque tengo cinco sobrinos a los que quiero ver crecer lo más que pueda, todo lo que me de el cuerpo. Pero es que hasta eso es morboso: sabemos que hay gente a la que no vamos a conocer en su ancianidad. Ya estamos determinados a morir antes que ellos. Y a la par de nuestros amigos. Es tremendo. Sí, claro que lo es. Pero no deja de ser menos cierto.
Y no quiero que me consuelen porque no estoy sufiendo ni llorando. No necesito que me hablen de las maravillas de la vida: tengo a mis padres, a mis hermanos, a mis sobrinos, a mis tios, a mis primos, a mis amigos,a mi pareja; amo la música, bailar, cantar, los recitales, las películas, vivo donde quiero, trabajo de lo que quiero y, sí, hago, en líneas generales, lo que quiero.
Una cosa no quita la otra.
Yo no quiero morir.
No quiero dejar de ver a nadie ni de compartir con nadie. Quiero todo.
Mi psicólogo quiere hacerme entender que me falta "deseo". O algo así, no me acuerdo. Pero yo disiento. Para mi que no paro de sacar la sortija cargada de realidad y sigo dando vueltas en la calesita. Porque a mi esta idea no me la bajan ni cortando la música.
Y guarda eh! Que no vengo a hacer apología de vivir el momento y no quedarse con nada porque... bla. Ese no es el punto de este rollo. Tampoco es que sepa cuál es el punto. Solo quería sacármelo de adentro de la cabeza por si me llego a morir mañana.
Siempre empezando de nuevo. Parte II*
Venga, ¡pon algo! me sugiere el blog.
Si supiera que se me borró todo lo que ya había puesto.
Estaba hablando de Australia, de mis épocas de trabajo en los showgrounds de la costa este aussie y de cómo eran los días de trabajo. Toda la semana trabajando, sin francos, de lunes a lunes. Un día pedí que me lo dieran off para irme a la playa con las chicas... ah porque conocí a un montón de gente en ese trabajo.
Daniela fue la primera. Con ella compartimos unos mates la primera vez que nos vimos. Después fueron mayormente cervezas y risas. Alguna que otra técnica que me compartió de hand standing y cosas de acro copadas y viajecitos llenos de mar y alcohol.
A las semanas de haber empezado a trabajar la conocí a Sabri. Y ahi fuimos tres contra el resto. En otra ciudad se nos sumaron Ale y Mora, después llegaron Viky, Pau, Manu, y los hermanitos Victoria, Pilar y Facu. Así fuimos armando el grupo de argentinos con el que compartí los mejores momentos de mi 2016. Fue gracias a ellos que no abandoné a mitad de camino, y también es con ellos con quienes tengo los mejores recuerdos de ese año en Downunder.
Hicimos la misma ruta de viaje durante muchas semanas. Hasta que después de haber tenido dos semanas de vacaciones y haber conocido las Whitsundays con Daniela (y de haber estado de joda por Airlie Beach y otros pormenores que no se pueden andar contando asi nomás), decidí que quería dejar el show. Dani y Sabri también. Y lo dejamos. Townsville fue nuestro último show con las familias respectivas para las que trabajábamos. Tenemos el video de despedida de esos lugares en el que se nos ve demasiado contentas. Esas imágenes valen oro. Si cierro los ojos, nos recuerdo exactamente ahi, asi, bailando y riendo esperando el Uber.
Nos fuimos a un hostel de Townsville muy copado. Ahi pasaron también Mora, Ale y Vicky el fin de semana con nosotras. Ellas volvieron a trabajar, nosotras subimos hasta Cairns. Ahi fue cuando entramos a las showbags... sí, dentro del show, pero en algo completamente diferente que solo nos requería vender un producto. No había que armar ni que desarmar. Maravilloso.
En esa empresa comenzamos ahi, en Cairns, en el mes de julio, y yo particularmente me bajé de ese trabajo recién en noviembre. En el medio... pasaron cosas. Pasaron viajes, personas, reencuentros... todo lo lindo. Hasta que llegó noviembre.
Ay qué intriga no????? Buscá la Parte III* que si no la borro de nuevo, va a andar por acá pronto.
-"What if you fall?"
-"Oh, but, darling... what if you fly?"
Siempre empezando de nuevo. *Parte I*
Una vez me fui a Australia porque quería vivir en un país de habla inglesa y estaba cansada de trabajar de lo mismo.
Fue de un día para el otro. Miré a mi compañero de oficina y le dije: "Javito, me quiero ir a la mierda."
Habían pasado pocos días de mi regreso de las vacaciones en República Dominicana con mis amigas. Allí un trapecista me propuso quedarme, aprender el arte del trapecio y trabajar con ellos en el hotel donde me estaba hospedando. No sé si lo dijo en joda o en serio. La cuestión es que a mi me resultó un disparador directo al centro de mi cerebro. PUM! Surgió su efecto. Pues claro, la gente vive de muchas cosas diferentes en cualquier parte del mundo. El resto del mundo, más allá de Argentina, también es un posible lugar para trabajar. No son solo destinos de vacaciones. Cuando lo vi, mi vida cambió.
Y entonces me puse a averiguar por EEUU, y mi amigo viajero me aconsejó chusmear Australia. Y sin saber nada, ni lo más mínimo, me metí de lleno a investigar el país, la visa, la forma, el cómo y el cuándo. Era enero. En febrero empecé a juntar mis papeles. En julio presenté la documentación. En octubre compré un pasaje. En marzo me fui.
HOLA AUSTRALIA.
Decidida a trabajar de moza, como si lo hubiera hecho toda la vida, salí a patear las calles de Brisbane buscando un lugar donde empezar a mostrar mi poco conocimiento sobre atención al cliente. Y lo conseguí. A las dos semanas de haber llegado, estaba trabajando. Y a las cuatro semanas, me mudé a una habitación en la casa de quien era mi jefe, que convivía con otra chica y me dejó el lugar muy barato. Estaba en Disney (idiomáticamente hablando).
Tenía pocas horas de trabajo en un bar, había conocido a un francés en tinder y pasaba mucho rato con él, que se iba pronto de viaje. A mi hermano lo habían internado en Argentina por una miocarditis. Y ya me estaba replanteando qué hacer con mi vida. No me sentía cómoda, ni bien, ni contenta.
Y ahi apareció Sabrina, una argentina que ofreció trabajo en los showgrounds (parque de diversiones ambulante de Australia). Y después de consultarlo con mi almohada, y con mi hermana, y en un impulso adrenalínico, acepté el trabajo. Y me fui a Gympie. Un pueblo a unos 150 KM de Brisbane. Me fui con mi valijita y no teniendo ni la más mínima idea de dónde me estaba metiendo en realidad. CERO.
Trabajé el mismo día que llegué: tuve que lavar la camioneta de mis jefes (Brooke y Barney). Seguía sin saber de qué se trataba el trabajo.
Al día siguiente me pusieron a limpiar una estructura de fierros enorme: un ride -juego de esos de aventura, altura y miedo de los parques-. Seguía desconociendo cuál era mi función ahi. Pero hacía mucho calor, trabajaba muchas horas y moría de cansancio.
Alguno de esos días, quizá el tercero, no lo sé, empecé a poner en pie una carpa, unos estantes, muchos peluches... cuál sería mi trabajo? Ni puta idea. Pero por alguna razón tampoco preguntaba mucho.. cuando lo hice me dijeron "Ya vas a ver", me lo habían vendido como "laidback" y hasta el momento me parecía bastante piola.
HASTA QUE LLEGÓ EL DÍA D: Se abrieron las puertas del parque de diversiones. Empezó a entrar gente y a mi me dijeron que iba a estar a cargo de un juego: el de los patos. Lo pienso y me río. Los niños se acercaban con sus padres a querer sacar patitos de una pileta. Yo sumaba los puntos que hacían y en base a eso -y a lo que gastaban- les daba un peluche.
Había arrancado a las 8 AM, y a las tipo 11 AM viene mi jefa a cubrirme porque me tocaba el break del almuerzo. ¿El qué a las 11? ¿No será un poco temprano? Pero tenía que tomarlo. Mi próximo recreo iba a ser a las 5 PM, cuando cenara... pues el parque cierra sus puertas entre las 23 y las 00, dependiendo del día. Y lo hace con un hermoso show de fuegos artificiales. ¿Qué celebrarán, no?
Esto sigue porque recién empieza.
-Buscá la parte II-
VIENDO AUSTRALIA CON OJOS SUDAMERICANOS
Entrás en una burbuja futurista, y no sólo por las más/menos trece horas de diferencia horaria que Australia lleva por delante de Sudamérica.
Te bajás del avión y el transporte público que te lleva a la ciudad pasa a las 10.05 am. Si llegaste 10.06, probablemente lo hayas perdido. Pero si él llegó 10.04, espera un minuto entero, frenadito y sin chistar. El chofer te dice “Hola” cuando te subís, en general espera a que te sientes para seguir viaje y que no derrapes por el suelo, y te desea un buen día mientras te mira por el retrovisor cuando te bajás -después de haber tocado el timbre desde tu asiento-.
En la primera semana de mi primera visita a Australia, año 2016, me daba miedo ver a la gente usando sus celulares último modelo tamaño “no me entra en mi mano” en cualquier lado, o llevarlo en el bolsillo de atrás del pantalón, o tan livianamente en un restaurante, dejándolo reposar sobre la mesa, casi olvidado, en una esquina. Sentía miedo por ellos, claro... por sus vidas. Ni te digo cuando vi a esta chica sentarse en el tren, acomodar su mochila y sacar una laptop toda top y ponerse a trabajar. O al muchacho que, con un televisor led, 42″, recién salidito del horno, en su caja mega visible, subió al tren, se quedó paradito con su compra al lado suyo, y viajó unas cuantas estaciones, sin siquiera chequear que “todo estuviera bien alrededor”. Simplemente hizo lo que tenía que hacer: trasladó en tren su reciente compra de muchos dólares.
Fui al supermercado a comprar shampoo y acondicionador. Me topé con gente descalza bajando del auto, entrando al super, pagando y volviendo a salir. Mientras este estilo barefoot por la vida aplicaba casi en la cotidianeidad de muchos aussies veraniegos, en la otra esquina me encontraba con zapatos de taco aguja, polleras hiper apretadas, volados en las remeras, peinados de alto y una cantidad de maquillaje que no voy a llegar a usar en mi vida, todo en una misma persona: la mujer que trabaja en una oficina -la que sea, de lo que sea-. Hombres achupinados, barbas muy perfectas (muy, de verdad), camisas, no siempre corbata, pero sí siempre lentes de sol. Bueno, llegué a Queensland y fue la bienvenida al sol en la cara, al agujero de ozono y a la obsesión por el protector solar, con justa razón. De alguna manera me encontré a mi misma saliendo con lentes de sol a cualquier hora, por cualquier motivo, vistiendo cualquier outfit. Y también pude salir descalza en más de una oportunidad, no tan lejos como el supermercado pero me he dado alguna vuelta a lo aussie, despreocupada por pisar caca de perro, basura o veredas desarmadas... porque no hay ni lo uno ni lo otro.
Los aussies acostumbran a moverse mucho, desde chicos. Conocés a alguien y el lugar donde nació no es el lugar donde creció ni donde vive ahora ni donde están sus padres ni ninguno de sus hermanos: te dirán algo como... nací en Sydney pero cuando terminé el colegio me mudé a Gold Coast, después conseguí un trabajo en Perth y como me aburrí, me mudé a Melbourne; mis padres viven en Coff Harbour porque se jubilaron hace poco y tengo un hermano viviendo en Townsville. Blanco. Cuando yo les cuento que back home mi familia se junta tres veces por semana, abren los ojos y se espantan, literal. Entonces claro, volviendo al temita de conseguir a extraños para cuidar sus casas... a veces no tienen a nadie cercano y con quien tengan la confianza suficiente para pedir ese tipo de favores que, en mi caso, le pediría a cualquier hermano, a mis padres o a varios de mis amigos de toda la vida, que viven en la misma ciudad donde nacieron, se criaron, crecieron y trabajan (al menos en la mayoría de los casos, es así.)
¿Y por qué se mudan tanto? Yo creo que es por la oportunidad constante de rearmarte donde quieras, donde te guste y te sientas mejor. No hay miedo a dejar todo y volver a empezar, o al menos no el miedo que me correría a mi si lo hiciera en mi ciudad. Hay ofertas de trabajo, hay necesidad de mano de obra, de profesionales, de especialidades, hay oportunidades, es eso. No les preocupa dejar su vida armada en Brisbane para armar una nueva en Adelaide. Cambian de clima y de ambiente, pero todo lo demás es fácilmente reacomodable. Me acuerdo de que en el primer bar donde trabajé, la muchachita que me supervisaba (mi “jefa”) tenía 21 años. Ella había empezado a trabajar a los 16, que es cuando pueden empezar a hacerlo de manera legal, cobrando un sueldo en su cuenta bancaria, amparado por la ley y con todos los beneficios. Entonces por supuesto, a los 21 la mina tenía cinco años de experiencia en algo que a mi, a los 27, me estaba costando una barbaridad. Más allá de que no fuera el trabajo de mis sueños... era un trabajo que a los 16, en mi ciudad, no podría haber hecho legalmente. Esa chica de 21 años, a los 22 es manager y tiene la actitud que yo en esos 27 no tenía.
Y así puedo seguir for ever...

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No sé qué título poner.
Hace días que pienso en el tema "amistades". Hace años en verdad. Pero hace varios días que lo pienso desde otro lugar.
Siempre decimos que ni aún viajando solo estás solo. Que siempre vas conociendo gente que se convierte en tu familia viajera y que te nunca te terminás de acostumbrar a despedirte todo el tiempo de las personas.
Hay que ordenar las ideas:
Cuando estás viajando, inevitablemente conocés gente. Todo el tiempo. A menos que pretendas vivir en una burbuja, y ni así lo conseguirías, te lo aseguro.
Te acercás y conocés y te encariñas aún sabiendo que en algún momento eso se distancia. Pero no pensás en ese momento del futuro, vivís el presente: las salidas, los encuentros, las comidas, los mates, la playa, los viajes... etc. etc. etc.
Es que ya dejaste atrás a una banda que te conoce de toda la vida, ¿cómo no te vas a animar a despedirte después de quienes te acompañaron unos meses o un par de años? Y ahi vas, acercándote, encontrándote, encariñándote... creando lazos y construyendo amistades que pasan a ser los ladrillos de todo lo que hagas. Porque cuando te mudes, te van a acompañar ellos. Cuando te vayas de camping, va a ser con ellos, cuando organices una escapadita a alguna isla, ellos van a estar en el mismo ferry que vos. Compartís más cosas/experiencias de las que compartiste con tus amigos de toda la vida de aquel lugar que dejaste. No sé si son más o menos importantes unas que otras, pero la cosa es que estando en tu tierra natal, probablemente no se te haya ocurrido pasar una Navidad con tus amigos teniendo a tu familia cerca. O si necesitás que alguien te de una mano con una mudanza, no vas a llamar a tus hermanos para que te ayuden con la camioneta, te vas a hacer mil viajes en autos de amigos para traslador todo, como se pueda.
Acá ya no hay asadito de domingo en familia de padres, hermanos y sobrinos. Ahora esa familia son pibes y pibas que rondan tu edad y que también se lanzaron a la aventura, "solos".
Y el día de la Madre, y el del Padre y las Pascuas y todo eso que llevaba a que te juntaras en manada por allá, ahora hace que te juntes en manada por acá, pero con otros personajes en escena. Ni mejores ni peores, otros.
Sin embargo sí me pasan otras cosas: yo soy de una manera y mis amigos me conocen y me aceptan y hasta se la ven venir cuando pongo determinada cara o digo cierta cosita... acá con los nuevos integrantes de mi mundo me cuesta un poco más. Saben de mi pasado lo que yo quiero que sepan, conocen mi presente pero no pueden advertirse a mis respuestas por falta de ese pasado... y saben mis planes a futuro, lo que les digo, pero no saben si soy o no capaz de hacerlos. Y todo esto es a veces bueno y a veces no tanto. Porque extraño, carajo. Extraño a algunas personalidades de mi mundo de siempre. Extraño las miradas cómplices, las charlas eternas, los silencios que no incomodan. Se extraña lo conocido y lo cotidiano. Quiero mi zona de confort y la quiero ya. Esa es la sensación constante en muchos aspectos de mi vida. También en ese, en el de la amistad.
La plata llama a la plata
Es que es así.
Actores y actrices que reciben canjes PERMANENTES a cambio de publicidad. Ropa, productos de belleza, de perfumería, de limpieza, comida, pañales, autos, viajes, estadías, hospedaje, lo que se te ocurra.
Y si en lugar de darles a quienes ya tienen o se les hace fácil tener, le dieran a quienes tienen menos o no pueden acceder a eso? Claro, el temita de la publicidad se les vendría abajo. ¿Si? ¿Se les vendría abajo si entregan sus productos a gente que no sale en tele, radio o redes sociales? ¿Y si gracias a eso se pudiera hacer conocida a una persona, a una realidad, y ese ser empieza a ganar un poco de protagonismo y llega donde no pensó que podía llegar?
¿Y si se promocionara eso?
Lindo quilombo sería, ¿no?
¡Ojo! No hablo de facilitarles la vida y que vivan de canje, hablo de que reciban un regalito inesperado. Una sorpresita que les de ganas de ir por más. Un mimo. Un reconocimiento. Y de parte de estas empresas, un demostrar que también les importan otras cosas.
¿Está mal decir la verdad a los niños SIEMPRE?
-Tu abuelo se está muriendo por una enfermedad terminal y en unos días puede que dejes de verlo, para siempre.
-Mamá y papá se separan porque ya no quieren pasar tanto tiempo ni toda una vida juntos. O uno de los dos encontró el amor en alguien más.
-Tuvimos que sedar al perrito y así dejar que muera para que deje de sufrir por una enfermedad incurable y que lo estaba matando de a poco.
Qué se yo, ese tipo de cosas.
Yo sufrí la muerte de mi abuelo durante años. No podía hablar de mi abuelo, no podía pensar en mi abuelo, soñaba con él y me despertaba super angustiada. Y me llevó un montón de tiempo superarlo. Me costó superar el no haberme despedido, el no haber sabido qué estaba pasando, el ser la única de toda la familia que no tenía idea de que el abuelo estaba tan enfermo y a punto de morir. Yo tenía 10 años, y probablemente todos pensaron que lo mejor era dejarme al margen y “cuidarme”... ¿de qué? porque sufrir, sufrí. Porque yo también lo perdí y dejé de verlo y de compartir y de todo lo que los demás ya venían canalizando en algo. Yo lo vi un día, dormitando en su cama creyendo que tenía gripe, y a los dos días le pedí a mi madrina que me llevara a la pieza a verlo, muerto, sobre la cama. Con un pañuelo blanco que le sostenía la boca y su camiseta blanca de toda la vida... o por lo menos de los últimos diez años que yo lo viví. 10 años. No son nada. Porque de verdad... 10 años no me parecen nada ahora, y ese montoncito de números fue todo lo que me duró tener un abuelo. A los 25 años, en una sesión de terapia, pude largar todo lo que me ahogaba... y todavía no sé cómo hice, pero se me vino tanta información junta a la cabeza que salí de ahí adentro con la cara roja, los ojos hinchados y el cuerpo livianito y tembloroso.
¿Hubiera sido menos doloroso haber sabido desde siempre que mi abuelo tenía cáncer y se estaba muriendo? ¿O quizá hoy estaría escribiendo sobre la escasa necesidad de decir la verdad a los niños?
Obvio que toda mi angustia y mi duelo tienen un trasfondo mucho más complejo que el simple hecho de que no me hayan dicho la verdad. Pero parte de ahí: de haber sido la más chiquita y de haberme querido cuidar de algo tan natural e inevitable como la muerte de un amor mágico e irremplazable.
HOJA EN BLANCO.
Siempre pienso es escribir. Todos los días me gustaría hacerme un rato para sentarme en la compu y tocar las teclas creando algo que sale de la cabeza, o del cuore, va por los bracitos, llega a las manos, a los dedos, y pum! sale. Cada día off que tengo pienso en agarrar la compu y encarar para un cafecito, sentarme y ponerme a escribir. Pero me asaltan las excusas: A qué cafecito? En qué voy? Y pero si me quedo sin batería? Me da verguenza ir sola a sentarme a escribir y que alguien pueda entender lo que estoy haciendo y hasta lo lea de reojo. La otra es: ¿a quién le escribo? porque amo escribir, pero también siento que hay cosas que quiero compartir con gente, con quien quiera leerme, con miles que sé que pueden estar sintiendo lo mismo. Y verguenza otra vez.... porque si me lee quien no me conoce, ponele. Pero, ¿si me leen los que sí? Inevitable pensar que me van a juzgar. Inevitable no aprovechar a esa vocecita para no sentarme, como ahora. Inevitable que me desvele cada dos por tres por no estar haciendo lo que tengo ganas de hacer (otra vez).
A veces siento que si escribo ciertas cosas, cierta gente se va a asombrar, otra a desilusionar, otra a avergonzar y alguna que otra a alegrar. Porque a mi me gusta escribir sobre las cosas que siento, viste? Sobre lo que me va pasando por el cuerpo a medida que pasan los días, los momentos, las fechas, las anécdotas, las pandemias... la vida. Y se me va la propia adentro de algo para que no salga una parte medio impulsiva de Florencia. Medio ida. Medio eufórica. Medio intensa. Medio miedosa. Medio dispersa. Medio ridícula. Medio asi... como soy. Pero imaginate si Rosana Arbelo se quedara con las ganas de escribir música. ¡Imaginate! mi mundo sin sus canciones y la de tantos otros autores que me hacen cantar a los gritos, bailar desquiciada, erizar los pelitos, remontarme a momentos, recordar personas, revivir paisajes, uff... hasta llorar.
Captaste la comparación que me autotiré con Rosana, no? JA.
Cuestión, me parece que voy a dejarme de joder, a parar con las vueltecitas y a soltarme por acá. Delante de un pantalla, sea en casa o en un café. Quiero contar lo que pienso y lo que siento. Quiero liberar un montón de cosas que no puedo compartir con nadie más, para compartirlo con todos los que quieran leerlo. Quiero no tener más miedo ni verguenza. Quiero ser cien por ciento yo. Auténtica. Y me la voy a bancar.
Empiezo hoy.
Curiosidades Aussies: 2. No te conozco, ¡quedate en mi casa!
Cuando las familias quieren salir de paseo y no pueden/quieren llevarse a sus mascotas, las dejan en sus casas al cuidado de un extraño. Sí sí, al cuidado de un extraño, en general un backpacker que trata de ahorrar en alojamiento, vivir solo en una casa increíble por un par de días, a veces meses, y de paso cuidarte al perro, gato, canario, serpiente... o lo que sea que la persona deje a su cargo. A veces te piden que les cuides el jardín, otras ni siquiera eso. ¿A cambio de qué? de su tranquilidad mental porque saben que no dejan a sus pichis en manos de cualquiera (?). ¿Cómo hacen esto? Hay páginas en las que los dueños de casa publican una breve descripción de lo que necesitan y a su vez, en el mismo portal, los sitters hacen perfiles donde describen lo amorosos que son con los animales y lo mucho que les gustaría cuidar de su mascota y de su casa de dos pisos con pileta, sauna y jacuzzi. Si hay match -si ambas partes están de acuerdo- se lleva a cabo lo que se llama house sit o pet sit. ¿Ustedes creen que se ponen a pensar en la millonada de cosas que podrían pasarles a sus mascotas o casas al dejarlas al cuidado de un completo extraño? Al parecer no lo piensan, o quizá algunos sí... pero la realidad es que me parece algo maravilloso, descomunal, increíble: le abren las puertas de sus casas a extraños, les dan las llaves y las contraseñas, les prestan sus vidas por un rato y su única preocupación es que sus mascotas estén bien, sanas y salvas. Me vuela la cabeza esta tranquilidad. Cada vez que lo pienso entro en shock. Pero acaso, ¿no debería siempre estar todo bien porque cada cual tiene lo suyo y hay buena onda en el intercambio de favores y demás? Volvamos al trueque, dale.

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Curiosidades Aussies: 1. Perros
Los perros! claro, qué tema ese. . Si vas a tener un pichicho en tierras australianas, tenés que contar con una billetera un tanto abultada. El perrito sale con chip, obligatoriamente: le colocan un microchip con sus datos y los de su dueño: tu perro se pierde, un ser amigable lo llevará a una veterinaria donde lo escanearán, saltarán tus datos, te llamarán y ta taaaan! he’s back. Cuando son bebés, atendeme esto... los llevan en un cochecito!!!!! ¿Sabés la cantidad de veces que me asomé a ver a un bebé y me encontré con un peludito de cuatro patas? Yo, disculpenmé, pero tengo mis límites, y este es uno de ellos. Simplemente no lo concibo. Al igual que las limpiezas dentales que les hacen en las cuales dejan fortuna -porque la anestesia no es nada baratita-. Ni qué te digo de las mil opciones de juguetes, ropa, camas, correas, etc etc etc. Desde ya que hay muchos cafés y restaurantes pet friendly. Pero: no podés llevar a tu hijo peludo a cualquier plaza, ni a cualquier playa. Hay parques a los que podés ir y soltar a tu mascota, en la mayoría de ellos la tenés que dejar atada con correa y custodiarla. Existen lugares cercados dentro del mismo parque donde sí podés dejarlo en libertad, pero en el momento que lo sacás, lo tenés que atar porque sino fines apply -uno de los carteles más famosos, y que aplica (multas). Ah se me olvidaba un detasshh... nada de salir sin bolsita para levantar excrementos! siempre siempre siempre tenés que hacerte cargo de lo que tu perro deja en la calle/vereda/pasto. Pero si por esas casualidades olvidaste salir con una, en estos parques o playas hay un dispenser, no worries.
What if I fall? Oh, but my darling, what if you fly?
Erin Hanson