Canasta
Ilustración de: Dasom Suh / Foto: Mau Patrón
Hace unos dÃas recogà la segunda canasta de verduras de un proyecto de coperativa de alimentos de cercanÃa. La gran cantidad de hojas me enfrentó a uno de los más sencillos dilemas que he tenido. Tuve que cocinar, entrar a la cocina para usar la comida. Y no sabÃa si estaba cocinando porque tenÃa que hacerlo o porque querÃa hacerlo.
Si era porque tenÃa que hacerlo, eso impedirÃa que la comida se echara a perder y fuera sin consumir a la basura. Si decidÃa hacerlo, eso significaba qe estaba cuidando un aspecto más de mi cotidiaidad, un esfuerzo por comer mejor, estar en orden con lo que querÃa.
Romper con una tradición de decir no al tupper, pero iniciar una nueva historia de saber preparar lo que me mantiene vivo. Elegir me permite la libertad que no tendrÃa bajo la misma cadena de acciones. La canasta entro a mi casa como un dilema cómodo pero poderoso. Esa canasta ahÃ, desbaratada para ser acomodada en el refrà estaba ordenando mis dÃas sin que lo supiera.
La canasta no se detenÃa en mi dilema. Solo estaba ahÃ. Yo decidà ir por ella, suscribirme a la coperativa de alimentos y ponerla en mi camino para que me modificara el destino. Elegà un intermediario para que me dicatara la inebitabilidad de lo que realmente querÃa hacer.
Esas lÃmitantes de a poco se convirtieron en nudos frente a los cuales podÃa actuar. Me sacaron de la inmobilidad, de el orden sistemático y pasmódico que da la automaticidad de tener bien definidos los dÃas.
Cada hoja de lechuga, de acelga, cada lÃnea de calabaza o zanahoria cortadas a la juliana me permitÃan tomar acción sobre lo que querÃa hacer. Me recordaban que en cada corte sobre la tabla uno se va jugando la voluntad, como haciendo de funambulista sobre el filo del cuchillo. Si se va hacia alguno de los lados, todo bien. Si te quedas inmobil, el peso de la gravedad te divide por su filo.
Más sobre el proyecto comefloresÂ







