Sean Lennon
Friendly Fire
Capitol Records, 2006
320 kbps. | 76 MB aprox.
Cuando comenzamos con esta pequeña aventura que ya va acercándose a su inexorable final (lloren chicos lloren) se dijo -búsquenlo en el archivo- que se le iba a empezar a dar un poco más de bola al nada desdeñable mundo de la música producida en el lejano oriente, allá donde el sol sale cuando aquí aparece la luna y viceversa, ese sitio lleno de arroz, ojos rasgados y programas sobre robots (?). El justificativo de tal inclinación, más allá de que reina por acá el deseo como único criterio personal, también era uno cultural. Decíamos entonces que buena parte de la música más original y cosmopolita de los últimos tiempos se produjo en Japón, un sitio donde el anclaje invariable de la música occidental no está tan difundido dado que la base filosófica es una muy diferente a la que estamos acostumbrados. Esto le permite a los muchachos mirar con otros ojos -es buenísimo, dale (?)- y entender el arte que se hace en latitudes más cercanas a las nuestras apenas como una más de sus inspiraciones, y no como una matriz que predetermina los caminos a seguir estructurando las expresiones por más diversas que estas sean. Resulta interesante, entonces, rastrear los puntos en los que ambas tradiciones confluyen, dónde exactamente es que alguien que tiene influjos avenidos de las tradiciones de ambas civilizaciones del mundo moderno las entrecruza en su expresión artística; por supuesto, la base de operaciones de nuestros esfuerzos siempre es la música, y por eso es que debemos buscar un intérprete que sintetice estas nociones a través de las composiciones que le lega al mundo. En nuestra primera incursión por la música japonesa -o, mejor dicho, por la música que hacen los japoneses- visitamos un gran álbum, el bonito y estrambótico Stereo ★ Type A de las pibitas adorables de Cibo Matto. Por entonces, mencionamos tangencialmente al artista que hoy nos ocupa, un tipo -aunque usted no lo crea- capital para entender el cruce de sentidos y significaciones que se da cuando empezamos a pensar en las músicas de aquel lejano lugar y esas a las que estamos más acostumbrados, las que nos vienen de ambos lados del Atlántico y consumimos con mayor asiduidad. Por supuesto, es difícil afirmar que la música de Cibo Matto (o la de Cornelius, o la de Boredoms, por citar un par de ejemplos que compartimos con ustedes en distintos momentos) no guardan cierta similitud con la de artistas análogos de estas partes del mundo, pero como dijimos en aquel entonces, es el desparpajo y el espíritu juguetón lo que diferencia el acercamiento ponja de lo que ocurre por estos lares. Es como si todo pasara por esa cultura tan variopinta y enfocada en la innovación y la diferencia que tienen en Japón, una licuadora de estilos e influencias que casi por obligación debiera escupir un brebaje nuevo, diferente, y sobre todo desafiante. No hay complacencia en estos pibes (y pibas), sino todo lo contrario: sus obras se caracterizan por una ambición bien entendida por ir más allá de lo conocido, entremezclando expresiones aparentemente antagónicas en propuestas que procesan esa heterodoxia y la devuelven en forma de una música inquieta, movediza, que no le da respiro al oyente en sus devaneos laterales llenos de sonidos que nos dejan perplejos y nos desafían a seguirles el ritmo. Por acá abogamos fuertemente por la innovación, lo saben ustedes, y muchas veces eso significa pensar de forma abstracta superando los lugares comunes y las imposiciones, sin pensar demasiado en un resultado tangible y final sino en un progreso escalonado, como si la música fuese una superposición de capas y pequeños retoques que lograran expresar ya no una emoción sino una sensación tangible, algo palpable, un clima, una emoción. Tal trabajo delicado y detallista también es una cuestión cultural, amigos: de la tierra del origami, el bonsai y el reiki (?) nace una expresión musical delicada, tan deuda de una cultura milenaria como buscadora de su propia novedad. Por eso es que le dimos tanta bola a Japón como misión, y de ahí que hoy hablemos de uno de los responsables principales de difundir esa cultura en nuestro siempre ignorante mundo occidental.
Es fácil descartar la carrera de un tipo cuya principal característica es ser el hijo de. Jakob Dylan, estoy mirando hacia donde estás vos (?). Muchas razones nos pueden llevar a ejercer sin demasiada vergüenza esta forma de prejuicio, y algunas de ellas aplican a los primeros años de recorrido por la industria musical del muchacho cuya dibujada figura acompaña e ilustra estas palabras. Sean Taro Ono Lennon, tal su nombre completo, lleva en su documento dos pesadas herencias en forma de sus apellidos, tal vez dos de los más célebres que haya dado la historia de la música popular (de la cultura de masas, ya que estamos). Se trata del único hijo que tuvieron John Lennon y Yoko Ono, sí, digámoslo de una vez así nos lo sacamos de encima (digamos también que Elton John es su padrino, ya que estamos). Nació en New York mientras sus padres vivían allí, en el ‘75, y su avenimiento fue la principal razón para que John se volcara a su familia y empezara a abandonar progresivamente la música, al menos como participante activo de la industria. A Julian no lo quería mucho, parece (?). Sus primeros años los pasó en Tokio, una asociación de pertenencia que su madre le forjó desde muy pibe y lo marcó decisivamente para toda su vida. Ahí hizo el jardín de infantes, y poco tiempo después el casi infinito influjo monetario que manejaban sus padres le permitió educarse en el muy prestigioso internado Le Rosey, en el precioso enclave suizo de Rolle, muy cerquita del lago (y la ciudad de) Ginebra y los no menos bellos Alpes. Contamos esto como para aminorar el hecho de que los papás lo dejaron ahí un par de años para seguir con la suya (?). Una vez hubo terminado el ciclo allí, lo mandaron a otro lugar muy afamado, la Dalton School neoyorkina, y le garparon la universidad de Columbia hasta que el muy desagradecido la fue de hippie dejando la facultad para dedicarse a la música. Como siempre, su mamá lo apoyó de manera crítica, desafiándolo a formar una banda para acompañarla en su propio proyecto discográfico. El grupo, IMA, fue el trampolín para que Sean girara por el mundo y conociera escenarios y personalidades que fueron cementando en él una visión sofisticada y cosmopolita del universo musical, por supuesto fomentado por la experimentalidad sin fin que proponía Yoko. Un par de años después, Sean ya era parte de Cibo Matto, en gran medida por su relación amorosa con Yuka Honda pero también por su habilidad para tocar varios instrumentos y dar su visión creativa sobre los estilos y maneras más variopintas, lo que contribuyó bastante al particular pastiche de géneros que se volvió característica del dúo. Por esa época también salió su primer disco Into The Sun, en el que ya mostraba una inclinación cancionera tan innata como su ansia experimental y expansiva, las guitarras acústicas prístinas conviviendo con arreglos de cuerdas, distorsiones atronadoras, percusiones étnicas y sintetizadores en agradable menagerie; una exitosa fusión de sus orígenes en apariencia contrapuestos. De ahí en adelante todo se vuelve un poco nebuloso: después de contribuir con Stereo ★ Type A y justo cuando su carrera empezaba a despegar por derecho (y sonido) propio se separa de Honda y decide alejarse de la consideración pública, tal vez temeroso de estar siguiendo los mismos pasos que llevaron a su padre a terminar alienándose después de perder todo aquello que en algún momento lo inspiraba y hacía único. Durante casi un lustro poco se supo de la vida de Sean, que estaba más concentrado en vivir que en demostrarle a la gente que estaba vivo, tratando de pasar desapercibido en un mundo en el que todos sabían quién era ya desde su nacimiento. Pero fue justo esa vida común y normal la que, con sus tragedias habituales, le sirvió de agrio catalizador para volver a hacer música. Durante su hiato conoció a la seductora e inefable Bijou Phillips (hija ella de John Phillips de The Mamas & The Papas), una inestable partuzera que le dio vuelta la existencia: en un par de años se adueñó de su mundo sólo para destruirlo acostándose con Max LeRoy, uno de los mejores amigos que Lennon tenía desde la infancia. Esto no es todo, amigos: justo cuando ya estaba superando el maremoto de esa relación maldita, preparándose para perdonar a su compadre y dejar atrás sus diferencias, LeRoy se pegó bruto palo en una moto y pasó a la inmortalidad. Semejante línea de tragedias le inspiró a Sean un álbum mucho más directo y narcótico que su antecesor, que ya acusaba ocho años para 2006, cuando Capitol sacó al mercado Friendly Fire. A lo largo de los minutos queda claro que las fuerzas dionisíacas y apolíneas que se baten a duelo en el centro de este disco que envuelve en una cancionística simple y melodiosa no son otras que el amor y el desamor, en una guerra nunca resuelta que sólo deja heridos allí por donde pasa.
Ni más ni menos que la agónica batalla que no puede dejar de librarse en cada uno de nosotros, sin importar lo ricos y famosos que seamos (o no).