better pray for hell —adolph&evan.
Mierda. RecargĂł su espalda en la frĂa pared de los viejos muros de las mazmorras, Âżcuántos años tendrĂan? Quizás si prestase un poco más de atenciĂłn en clases, lo sabrĂa pero no le interesaba. No le interesaba nada acerca de aquel lugar, no, tenĂa mejores cosas en mente que esas cosas. Estaba desesperado, mucho, demasiado: antes de llegar ahĂ, parecĂa uno de esos animales en los circos mágicos. Ansiosos por salir de sus jaulas, pensando en desgarrar todo lo que encontrasen, pero sin poder hacerlo. QuĂ© lástima. TocĂł con las yemas de sus largos dedos su antebrazo, ahĂ donde estaba esa marca, esa cicatriz que decĂa tantas cosas; que demostraba una causa que nadie entendĂa, que los mostraba como incomprendidos. Incomprendidos, que graciosa palabra.
Pero no estaba ahĂ para ponerse filosĂłfico, eso lo podĂa hacer con copas de más, con cigarros de mandrágora no quĂ© se ponĂa imbĂ©cil. ImbĂ©cil al nivel ponerse a lanzar maldiciones diestra y siniestra, a lanzar tacos a cualquiera y ser un obsceno. Aunque, Âżno lo era siempre? Volviendo al tema, esperaba que Adolph llegase, necesitaba un poco de relajaciĂłn, esa que desde hacĂa un tiempo, experimentaban ellos dos. Torturarse, torturarse hasta agotarse. Unos cuantos crucios, otros tantos sectum; quizás esas prácticas eran las culpables de la poca sensatez en ambos. Pero si yo soy una persona totalmente cuerda, decĂa Evan. Y los que oĂan aquello, solĂan creerlo, los que lo conocĂan, se reĂan porque sabĂan que no era verdad, y Ă©l tambiĂ©n lo sabĂa. DejĂł que sus dedos trazaran el contorno del tatuaje, una y otra vez, recordando la nota.
Mulciber, ¿cuántos muggles se necesitan para hacer volar una escoba? No sé, ni me interesa. Ve a las mazmorras, no te olvides de traer tu siempre colorido animo —Siempre perfecto, Rosier.