La exploración en tiempos oscuros, pt. 25. El último sitio nuevo. Chunchucmil, Yucatán
De nueva cuenta cruzamos varios pueblitos mientras nos dirigíamos a Chunchucmil, un sitio muy grande e importante que cuenta con una gran cantidad de grupos arquitectónicos, aunque carece de inscripciones.
Por las calles de cada poblado deambulaban personas visiblemente intoxicadas o con la resaca del día anterior, no parecía que en aquellos lugares la contingencia actual hubiera tenido alguna repercusión, todo transcurría igual que en años anteriores, prácticamente sin rastro de cubrebocas ni nada que indicara la presencia de una pandemia.
Llegamos hasta el sitio y entramos por una terracería. Podíamos ver grandes edificios entre la maleza, pero estaba tan tupida que parecía que sería un esfuerzo terrible llegar hasta cualquier estructura bajo el sol que caía a plomo.
Dejamos el jeep al pie de un montículo y caminamos siguiendo la misma terracería, sabíamos que había unos pequeños edificios que fueron excavados y que quizá podríamos encontrar, pero al final fue imposible. Yo me adelanté un poco y vi un enorme montículo al que se podía llegar por un área ligeramente libre de maleza. Caminamos por ahí y nos encontramos con un gran juego de pelota, sin embargo solamente pudimos ver algunas alineaciones de piedras en uno de los taludes. A un costado de la cancha se encontraba un montículo de gran tamaño y fue el siguiente punto al que nos dirigimos. Al parecer se trataba del grupo Chakah.
Fue grande la sorpresa cuando en la cima nos encontramos con los restos del templo superior, habían vestigios de muros de al menos dos habitaciones, y además de ello, un zopilote que voló me hizo ver que había una bóveda en pie. Era sumamente tosca y con un estilo antiguo, así que de inmediato quise entrar para ver lo que había ahí; tuve que retroceder luego de dar un par de pasos porque me encontré con un gran panal de avispas casi frente a mi cara, de milagro no me picó ninguna.
Ya no teníamos papel periódico para quemar el panal, pero eso no detuvo a Eduardo, que estaba decidido a entrar en la cámara. Se puso guantes, se cubrió la cara con la malla contra mosquitos y utilizó la regla de Ernesto para tirar el panal, con lo que tuvimos que salir corriendo para que no nos picaran. Aún quedaba una gran parte adherida al techo del estrecho pasillo de la bóveda, por lo que tuvo que hacer otro intento con un palo más grande que corté. Por último, intentó sacar las partes tiradas, pero al no poder hacerlo las cubrió lo mejor que pudo con tierra.
Entró a la cámara con un gran peligro de ser picado por los centenares de avispas que seguían revoloteando y comenzaban a construir un nuevo panal, sin embargo nada pasó y pudo llegar hasta el final de ese pasillo. Ahí se encontraba una pequeña cámara con una bóveda que parecía más antigua y más alta, con un muro destruido por el saqueo. Al final del hueco aparecía una luz que llegaba desde lo más alto del montículo. Yo me puse a buscar el hueco que dejaba pasar ese rayo de luz, lo encontré rápidamente, pero era tan pequeño que no alcanzaba a pasar ni mi mano.
Eduardo logró salir ileso de su arriesgada entrada y ninguno de los demás quisimos repetirla. Emprendimos el regreso, encontrando algunos vestigios de escalinata en la parte más baja de la estructura. Como el calor era muy intenso y la maleza demasiado cerrada decidimos que estábamos satisfechos con lo encontrado y regresamos al jeep.
Al parecer, nuestro vehículo se encontraba en la plaza principal del grupo Copo, antes de irnos echamos un vistazo al montículo que estaba junto a él y decidimos subir. Encontramos algunos restos de alineaciones y una vista que permitía apreciar numerosos montículos. Definitivamente nos faltó recorrer mucho más de este extenso sitio, pero es necesario volver en época de secas.